ella misma. Adrián. Dos sílabas que, pronunciadas en el epicentro de aquel santuario
ntos más privados de Marta, la figura de aquel hombre estaba intrínsecamente ligada a su título, a su autoridad, a la distancia kilométrica que separaba el puesto de un director general del de una
el estirándose hasta volverse blanca. Durante unos segundos interminables, no se movió. El único sonido en la enorme oficina era el leve y constante zu
giró sobre sus talones para enfrentarla por completo. La sombra que cruzó su rostro era indescifrable, una mezcla v
tan bajo que Marta tuvo que esforzarse para escucharlo, pero que llevaba
a. Que pidiera disculpas por el desliz, que agachara la cabeza, recogiera la maldita carpeta de la mesa y saliera corrien
etrocedió. No a
del cuello, golpeando contra la piel, pero forzó a sus músculos a mantenerse firmes. Su mirada se anc
nombre de pila, saboreando la transgresión de cruzar la línea-. Puedes mentirles a los inversores,
a voz de Marta era algo inaudito. Nadie le hablaba así. Nadie lo miraba así. En su mundo, él dictaba las
a el escritorio. Comenzó a caminar hacia ella. Sus pasos sobre la gruesa alfombra
tando aferrarse a la coraza de jefe que se le estaba resquebrajando a pedazos-. Estás en mi oficina. Eres mi empleada. Y esa a
que rebotó en los ventanales de cristal y que hizo que Adriá
insolencia a no dejarme intimidar frente a los clientes? ¿O llamas insolencia al hecho de que me negué a bajar la
e ellos, brutalmente honesta. Adrián cerró los ojos por una fracción de segundo, como s
clinar el rostro hacia arriba para mantener el contacto visual. Su altura la dominaba, su presencia amenazaba con a
ándolo de un sarcasmo venenoso que sabía que a él le irritaría aún más-. O acaso va
curecieron hasta parecer dos pozos negro
tocarla, la apoyó en el respaldo del sillón de cuero que estaba a escasos centímetros de la cadera de Marta, atrapándola de forma indirecta-.
esperaba que ella apartara la mirada. Se lo estaba exigiendo con cada fibra de su ser, con la tensión de sus
el calor que irradiaba el pecho de Adrián a través de su traje. Podía ver la vena que l
rta hizo lo impensable. Di
tímetros de tocarse. Con ese simple movimiento, invirtió el poder en la habitación. Ya no era
él con una mezcla de fuego y desafío absoluto-. Me exiges respeto en la oficina, pero me acorralas a medianoche con excusas bar
e un gruñido de frustración y un suspiro de derrota. La
a súplica disfrazada de mando. Era la última barrera de contención antes del p
ola de poder, puro y embriagador, recorría su espina dorsal. Sonrió
e -susur

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