la cima del mundo de Dante Blackwood. Apenas se reconoció. A las ocho de la mañana, un equipo de cuatro estilistas, enviados como un batallón táctico, había inv
señado para resaltar una supuesta fragilidad: mejillas pálidas, labios en un tono rosa empolvado, y sombras que hacían sus ojos más grand
ilencio sepulcral del despacho privado de Dante, este nivel vibraba con
a Rojas. El comité
rse por kilómetros dominaba el espacio. Alrededor de ella, siete hombres y dos mujeres en trajes grises y negros la observaron entrar. La hostilidad en la sala
de la mesa, el
s escanearon el trabajo de sus estilistas con una precisión despiadada, deteniéndose un segundo de más en la curva de su cuello a
nó él, señalando la si
nte gacha, sintiendo el escrutinio de los nue
matrimoniales públicas y el acuerdo de confidencialidad nivel platino de Industrias Blackwood. El señor Blackwood ya ha firmado. Su
aña de jerga legal diseñada para des
áfica negra, pesada, con un plumín de oro b
ijo él, e
l peso del imperio que la aplastaba. Al apoyar la mano sobre el borde del grueso papel pergamino, hizo
scandaloso, floreció en su piel y cayó directamente sobre la línea de puntos, manch
to. Los abogados contuvieron la respira
y luego a la mancha carmesí en el contrato. Por un segundo, el aire pareció congela
ió el exceso de sangre del dedo de Siena, ejerciendo una presión deliberada que le envió un latigazo de electricidad po
a, ¿no lo cree, mi querida Siena? -murmuró Dante, su voz lo suficie
. La dejó allí, una pequeña manch
él, soltando su
uma y firmó. Tinta negra y sangr
antes de abandonar la sala en fila india, como soldados tras recibir sus ór
l cerrarse resonó como l
e detuvo a centímetros de su silla, invadiendo su espacio personal h
ván
tico; fue una presa de hierro. Sus dedos se clavaron en la tela de seda y en la carne debajo, empujándol
a. Su aliento cálido contrastaba con la frialdad de sus palabras-, está la junta directiva en pl
lda, asegurándose de que entendie
o excederán las tres palabras. Me mirará con devoción. Caminará medio paso detrás de mí. Si la toco, no se encogerá. Si la beso, me devolverá el beso. Si alguien la insulta,
mente estaba fría. Sigue el juego, se dijo a sí misma. Deja que se
ligero temblor en la voz y bajando la
a espalda de Siena hasta la nuca, sus largos dedos enredándose p
a presentar a la futura s
iatamente, el flash de una cámara estalló, seguido de un murmullo ensordecedor. Decenas de direct
. Siena forzó la sonrisa más dócil, frágil y enamorada que pudo conjurar, mientras escaneaba rápidamente la multitud. Detrás de los flashes y los ros
bía sido derramada, y el tablero d

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