bo murmullos residuales, ni el sonido de papeles deslizándose sobre la pesada madera de caoba. Era
ente quién ocupaba la cabecera de la mesa, aunque durante toda la reunión había permanecido inmerso en la penumbra que proyectaba la iluminación estratégica de la in
oseía la gravedad, la frialdad y el peso de un monarca antiguo. Su rostro parecía esculpido en granito pálido: mandíbula afilada, pómulos altos y una nariz recta que le daba un perfil arist
sabella no fue su porte intimidante ni
ala hubiera descendido diez grados de golpe, erizándole la piel bajo su blusa de algodón. No era la mirada de un jefe superior evaluando a un empleado de bajo nivel; era la mirada intensa y depredadora
-ordenó Ma
rítono suave, profundo y casi aterciopelado, pero vibraba con una
orde de la pequeña mesa auxiliar, enderezó los hombros y caminó a través de la gruesa y silenciosa alfombra hasta detenerse a un par de metros de la cabecera. Sentía la hostilidad y el estupor
ar una eternidad. Evaluó con detenimiento su postura defensiva pero inquebrantable, la falta de maquillaje excesivo, el traje barato de tiend
ando cada sílaba en su boca como si estuviera descifra
manteniendo el tono neutro, fr
de un mes. Conoce la estricta jerarquía corporativa. Sabe que las secretarias de actas suplentes no tienen voz, ni siquiera existencia real en esta sala. Sabe que hum
sta tibia, cualquier disculpa o muestra de sumisión la condenaría de inmedi
a proteger los intereses financieros de esta corporación mediante el análisis riguroso de datos. Si me hubiera quedado sentada y guardado silencio, habría sido cómplice silenciosa de un
gesto microscópico, pero la mente analítica de Isabella lo registró al instante. En un ecosistema cerrado donde todos le decían a Maximiliano exa
cia Roberto Vargas. El vicepresidente estaba sudando copiosamente;
do sueldos obscenos de seis cifras durante tres meses enteros para evaluar el Proyecto Aura. Y resulta que una analista junior del pi
aseguro que... -Vargas tartamudeó miserablemente, encogiéndose en su i
tarse en alzar la voz-. Tu liquidación estará esperándot
la, pero nadie movió un solo músculo para defenderlo. El titán ha
bra sobre la mesa ovalada, imponiendo un dominio físico absoluto sobre el resto de los presen
últimos dos años. Si encuentro otro de estos "descuidos", Vargas no será el único que busque empleo mañana por la mañana -anunció a la mesa, antes de dirigir su penet
r escapar cuanto antes de aquella atmósfera opresiva y tóxica. Vargas pasó arrastrando los pies junto a Isabella
vacía, y las pesadas puertas dobles de caoba se cer
o de una tensión eléctrica abrumadora. Maximiliano la observaba fijamente desde el otro extremo de la larguísima mesa, y por primera vez desde que cruzó las puertas del edificio, Isabella

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