an en el barro espeso y oscuro del bosque, chocando contra raíces retorcidas y piedras afiladas que desgarraban mi piel. Ya no sentía el frío paralizante de la tor
tía como si un cordón invisible que me conectaba a la vida y a la e
e transformaron gradualmente en árboles centenarios, enormes y retorcidos. Sus ramas carentes de hojas parecían garras oscuras extendiéndose hacia el cielo tormentoso, lis
s, había cruzado la frontera maldita. Estaba de pie
as tierras oscuras. Se decía con convicción que el Rey Alfa, Kaelen, gobernaba con puño de hierro y una sed de sangre insaciable. Sus guerreros eran som
rechazada, acababa de entrar corri
es, rodando sin control por un pequeño terraplén hasta chocar violentamente contra el tronco espinoso de un árbol caído. El duro impacto me sacó el aire de los pulmones de golp
fuera un final rápido y limpio. Ser devorada por bestias salvajes era un destino mucho mejor que vivir el resto de mi inmortalidad como la des
peluznante cortó el ensorde
alrededor. Abrí los ojos de golpe, con el corazón bombeando pura adrenalina. A través de la espesa cortina de niebla y llu
s de pesadilla, bestias descomunales del tamaño de osos, con pelajes negros y grises irregulares que se camuflaban
strándome patéticamente sobre el fango hasta que mi espalda chocó contra la áspera corteza del árbol. Los gigantescos lobos cerraron el círculo letal
entir los feroces colmillos desgarrando mi frágil carne en cualquie
ataque desgarr
ta. Y junto con esa ráfaga helada, un aroma completamente nuevo y desconocido
en par. La respiración se me
o de leña crepitante, a madera de sándalo oscuro y al reconfortante e irresistible aroma del chocolate amargo recién fundido. Era una mezcla oscu
las leyendas más antiguas y empolvadas se hablaba de algo casi imposible, un raro mito que nadie cuerdo creía real: el don sagrado de la segunda oportunidad. Un segundo co
pañ
usurro de esperanza, fue un rugido enso
entes posturas agresivas desaparecieron por completo como si hubieran sido golpeados; bajaron las orejas, metieron las grue
rofundas de los enormes ár
laje era del color de la obsidiana más pura, tragándose la poca luz plateada de la luna que lograba filtrarse entre las nubes tormentosas. Sus ojos no eran del común color do
tural y aterrador que hizo temblar la tierra misma bajo mis dedos heridos. El sonido no amenazaba con lastimarme; era una clar
gigantesca bestia se transformó en un hombre en cuestión de escasos segundos, sin mostrar e
ial. Su cabello oscuro caía en ondas desordenadas sobre su frente y su rostro era una obra de arte severa y tallada en mármol, de mandíbula tensa y facciones dura
de sangre de las peores pesadillas del c
sus temibles guerreros postrados a su alrededor. Yo seguía paralizada en el suelo, temblando violentamente de frío,
nte asfixiante y cálidamente protectora al mismo tiempo. Levantó una mano inmensa, cuyos nudillos estaban cubiertos de viejas cicatrices descoloridas,
ruesos, una deliciosa descarga eléctrica recorrió cada centímetro de mi cuerpo herido, se
nuevo. Sus inescrutables ojos plateados recorrieron mi cuerpo tembloroso, deteniéndose en mis rodillas ensangrentadas, mis manos raspadas y mis pies severamente heridos. Un
extremo, el frío glacial y la montaña rusa de emociones del día finalmente cobraron su alto precio. El bosque
la que se alza a una pequeña pluma. Me apretó contra su pecho duro como una roca y ardiente como el fuego. El exquisito aro
tormenta, antes de hundirme feliz y exhausta en la reconfortante oscurida

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