el eco del segundero del costoso reloj de pared. La propuesta de Alejandro Santoro flotaba
o lado del escritorio de caoba. Alejandro no se había movido un milímetro; mantenía la barbilla apoyada en los dedos de sus manos entrelazadas, observándola con l
ta que un susurro-. Señor Santoro, esto tiene que ser una broma de mal gusto para pro
elada, casi imperceptible, y s
rrastrando cada palabra con una confianza aplastante-. Le estoy ofreciendo un negocio. El más lucrati
l magnate, la imagen de la pantalla del monitor cardíaco de su abuela parpadeó en su mente. Pasado mañana al mediodía. Cinco mil dólares o la cirugía se cancel
mirada tormentosa del CEO-. Apenas me conoce. Hay cientos de mujeres en la alta sociedad que darían
distancia entre ambos se redujo, y Camila volvió a percibir ese aroma a sándalo y
rientos que harían del divorcio un infierno mediático. Mi abuelo, en su infinita necesidad de controlar mi vida incluso desde la tumba, estipuló en su testamento que para asumir el control total de las ac
ises recorriendo el rostro de Camila,
stén de su abuela enferma. No tiene el poder ni el dinero para intentar chantajearme, y su orgullo me dice
to transaccional, pero el recuerdo de Mateo la detuvo. Mateo, su pequeño genio de cuatro años que merecía una vida mejor que la de un depart
enderezando la espalda. La vulnerabilidad en sus
ra imperado sobre las emociones. Abrió un cajón del escritorio y extrajo un do
as Lomas, ya que mis tíos tienen espías y la junta directiva vigilará que el matrimonio sea real ante el ojo público. Ante el mundo, nos conocimo
osas. Los números impresos en las cláusula
ación? -consig
inmediato de veinticinco mil dólares depositados en su cuenta en la próxima hora, una vez que firme el acuerdo de confidencialidad
or. Una vida segura para Mateo. El precio era su libertad por
, cerrando el documento y mirándo
na ceja, diverti
escu
go y no pienso dejarlo solo ni un solo día. Si me mudo a su casa, mi hijo viene conmigo
era, un detalle que a él le importaba poco mientras el niño no causara problemas mediáticos. U
cio personal. No tengo tiempo, paciencia ni interés en jugar a la familia feliz detrás de puertas cerradas. Esto es un negocio, señorita Mendoza.
ro para salvar a los suyos. Ninguno de los dos sabía que el destino ya se estaba riendo de sus reglas. Ninguno de los dos imaginaba que el niño de cuatr
grafo de oro que Al
dijo, y estampó su firma en el pap

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