en el estómago al cruzar las monumentales rejas de hierro forjado. Gracias al adelanto de veinticinco mil dólares y a la cobertura médica inmediata del Grupo Santoro, su abuel
real, pero el precio que Camila deb
ol de la residencia. El chofer, un hombre mayor y de pocas palabras llama
ro -dijo Ramiro con un tono
e cargaba su tableta modificada y un par de cables USB, observaba el jardín inmenso a través de la ventana. Sus ojos grises, idénticos a los del dueño d
? -preguntó Mateo, arqueando una
modaba el cuello de la camisa-. Recuerda lo que acordamos: este lugar es muy grande y el dueño
lando discretamente con el dedo una de las cámaras domo de la entrada-. Las lentes so
veces la inteligencia de Mateo la asustaba. El niño había aprendido solo a leer código antes de c
de hackear cosas
o resignado, aunque sus ojos
contemporáneo y un silencio casi sepulcral que delataba la ausencia de calidez humana. Una mu
entó con una reverencia cortés-. El señor Santoro dejó instrucciones precisas.
casa de manera sutil pero clara. El ala oeste estaba estrictamente reservada para el despacho priv
ento anterior. Había una recámara principal para ella, un cuarto de juegos conectado
nta directiva -informó Martina antes de retirarse-. Si necesitan algo, p
ario. Pasó las siguientes horas desempacando sus pocas pertenencias y ayudando a Mateo a instalar sus her
bsoluta. Camila se encontraba en la cocina preparándose un té,
l pequeño genio, la curiosi
su tableta había detectado. Caminó en silencio por los pasillos oscuros, maravillado por la arquitectura de
l despacho privado de Alejandro Santoro era un santuario de tecnología: pantallas de alta definición empotradas en la pared mostrando gráficos
era el equivalente a
mente al puerto USB de la consola central del escritorio. Sus pequeños dedos comenzaron a moverse a una velocidad asombrosa sobre
ante aburrido -susurró Mateo para sí mismo, frunciendo el
en mi escritorio? -una voz de truen
y el saco en la mano. Su rostro, habitualmente inexpresivo, mostraba una mezcla de sorpresa
on una calma pasmosa, clavando sus ojos
el pecho. No era solo el color de los ojos; era la forma exacta de las cejas, la línea severa de la mandíbula en miniatura y esa mirada des
olviendo la vista a su tableta-. Cualquiera con un exploit básico de Linu
do en un laberinto de preguntas que su

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