sta: Kaelen
osi
uno de mis nervios. La descarga eléctrica que recorrió mi columna al tocar la piel de su rostro
sia de dominación, se erizó en mi interior, rascando contra mis costillas
temblorosos de Lyra Vance, la realidad me
l silencio en su linaje era ensordecedor. No había un eco de poder en su aura, no había el orgullo de una hembra capaz de aullar junto a s
o, y que tuvo que arrastrarse fuera del infierno a base de dientes y garras para reclamar el tr
espesa ahogó el ca
tud fue tan drástico que la vi dar un pequeño respingo de sorpresa. La tensión en el air
, con una voz tan helada que cong
pesadas esposas cayeron sobre la hojarasca con un chasquido metálico. Lyra se llevó las manos al pecho, sobándose las muñecas, dándole la espalda sin volver a m
rro cauteloso, habiendo notado sin duda la alteración en
mirada asesina que lo
s insinúa algo sobre lo que acaba de pasar
la Luna. No aceptaría a una hemb
Vista:
rruaje de carga olía a cuero viejo, hierro y polvo, pero lo que realmente me oprimía el pe
hecho sentir un monstruo durante años, se había agitado dentro de mí. Había sentido su calor, su desesperación por responder al llamado de
Era un castillo imponente, labrado en roca negra y encajado en la ladera de la montaña com
ie de la gran escalinata de piedra. Se erguía como un titá
las sirvientas que esperaba en la entrada-. Instálala en las habitac
eran frías, pequeñas y estaban destinadas a los trabajadores sin rango. Para cualquier tri
inaba hacia él, deteniéndome a dos pasos de distancia.
na omega defectuosa en su mismo pasillo? -provoqué
ia entre nosotros, acorralándome con su inmensa sombra. Su aliento cálido me rozó la frente, trayend
mis pies-. No sé qué juego cree que está jugando la Diosa Luna, pero te dejaré algo muy claro: tú no ere
bios quedaron a milímetros de mi ore
o me busques. No me hables si no te dirijo la palabra. Y sobre todas las cosas... no vuelvas a intent
omo un puñetazo en el estómago,
fa -susurré con la poca
antes de dar media vuelta y subir las escaleras a grande
gar a los aposentos de servicio. La habitación era austera: una cama pequeña de madera,
s en la penumbra, dejé caer los hombros y me dejé lle
punzante en mi corazón. Sin embargo, en medio del silencio hel
ire que me rodeaba, el olor de K
nó mis pulmones; se filtró por mis venas como un elixir ardiente. A pesar de su rechazo, a pesar de sus amenazas crueles, un
a. Y en lo más profundo de mi mente, en el rincón donde habita
elen me odiara, mi cuerpo ya había come

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