Vista:
e lobo llenaba el aire, acompañado por el estruendo de jarras de madera chocando y risas brutales. Era la hora de la
o consistía en reponer las jarras de vino y limpiar las bandejas de madera. Mantenía la vista baja, vistiendo un túnica sen
En cambio, sus ojos grises y tormentosos escudriñaban cada rincón del lugar, rozando mi figura cada vez que yo cruzaba el salón. A pesar de sus estrictas órdenes de no hablarle ni acercarme,
llenar una jarra vacía. Fue entonces cuando una sombra enor
lor sin voz de Luna de Sangre -dijo
más toscas y crueles. Tenía el cabello rubio sucio recogido en una trenza guerrera y unos ojos amarillentos que me miraban no solo con desprecio, sino con una lascivia
r -dije con la voz más firme que pude
ándome contra una de las gruesas columnas de piedra del salón. La madera
afilados-. Un tributo de paz debería ser más atenta con los guerreros de al
o la jarra de bronce contra mi
rmullos en el salón comenzaron a apagarse. La tensión se extendió como fuego en hierba seca-. ¿Vas
a humillación me quemó las mejillas, pero la rabia que había estado guardando duranta jarra y le arrojé el vino so
Las risas en el salón se cortaron en seco. El s
rso de la mano lentamente. Su expresión bromist
rra insolen
el brazo con una fuerza aplastante. El dolor fue instantáneo; sentí que sus dedos iban a fracturarme el hueso. Inten
Con su otra mano, me tomó del cabello en la nuca y me obligó a incl
u aliento a carne y alcohol me rozó la piel-. Te dejó en el servicio, pero te mir
a como pegarle a una pared de roca. Valerius hundió la nariz en el espacio entre mi hombro y mi cuello, respirando hondo d
s en voz alta, seguro de su impunidad-. Tal vez el Al
terminar
rro el aire del Gran Salón. Las cristaleras de las ventanas altas vibraron y la presión e
la distancia entre la me
alud de nieve. El estruendo fue ensordecedor cuando el cuerpo de Valerius salió volando hacia atrá
hogó un gri
Alfa había tomado el control por completo: sus ojos eran de un dorado incandescente, los vasos sanguíneos d
os costillas con un crujido seco, y cerró su mano enorme alrededor de la ga
lviéndose morada mientras sus garras inte
contra la columna, temblando, tocándome el cuello donde todavía sentía el asco del aliento d
ta, madera quemada y furia de Alfa inundó cada rincón del salón, tan denso
e las profundidades de su pecho, un rugido de la Voz de Alfa que hizo que todos los presentes agac
o. Los ojos dorados de Kaelen se desviaron un segundo hacia mí, verificando que e
a palabra con una promesa de muerte implacable- y t
olentamente contra las losas del suelo, dejándolo in
uno de los guerreros que habían presenciado la escena, desafiando a cualquiera a mover un solo músculo. Nadie se atrevió. Fi

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