sta: Kaelen
sino con una firmeza desesperada que delataba el temblor de mis propios dedos. Mi bestia seguía arañando el interior de mi pecho, un lobo salvaje y enf
i manada. Subimos las escaleras de caracol hacia la torre más alta, hacia mi estudio privado.
la cerré de golpe a mis espaldas, pasando el cerrojo de hierro. Elás lastimando
ba hacia la ventana alta para respirar el aire helado de la noche. Necesitaba que la ventisca enfriara la ma
eformado por la adrenalina y la Voz de Alfa que todavía luch
me en la penumbra del estudio-. Ll
ndose del lugar. Era una fragancia destructiva: la dulzura de la miel silvestre mezclada con la delicadeza de la flor de espino, pero ahora, sazonada con el olor a miedo y adrenalina
e pura necesidad. Nuestra. Reclámala. Muérdela.
No voy a dejar que una omega rota sea mi debilidad». Había pasado por demasiados infiernos para dejar que mis instintos gobernaran
tan pequeña junto a los enormes estantes de libros y los mapas de guerra. Su túnica gris de sirvienta estaba ligeramente rasgada en el hombro, exponiendo la piel pálida de su clav
lando el sillón de cuer
obedeció. Se sentó, cruzand
ales y vendas. Soren me había enseñado lo básico para tratar heridas de batalla; no necesita
de la pelea todavía flotaba entre nosotros, mezclándose con una tensión sexual latente, pe
, manteniendo la voz
ya estaban floreciendo bajo la piel. La visión de ese daño hizo que un gruñido sordo vibrara en m
ungüento de caléndula y menta. El olor de la medi
ca de la frontera nos atravesó. Una corriente de fuego líquido que subió por mi brazo directo al corazón. Vi cómo las pup
propio cuerpo ante la proximidad de mi mate. Intenté concentrarme en aplicar la crema sobre el hematoma, p
llo de la nuca-. Me enviaste al servicio. Me dijiste que no era tu Luna. Le dijiste a tod
iada fuerza. Mis ojos, que luchaban por no
a mí mismo tanto como a ella-. Ningún lobo toca lo que está bajo mi protección sin
ener. Su aroma a miel y flor de espino me inundó el cerebro, nublándome el juicio-. Lo sentiste en la frontera, y lo sent
a. La miré fijamente y, en ese segundo, todo el control que había construido a ba
era? ¿Cómo se atrevía a recordarme que era mi
deseo salvaje, posesivo y acumulado durante días d
el c
na mano y la levanté del asiento, estampándola contra el borde de mi pesado escritorio de madera. Los papeles y los mapa
ro no había miedo en ellos; había una expectación ardiente. Mi rostro estaba
la respiración entrecortada, mi voz reducida a un
desafió ella, clavando sus dedos
é que me l
ente hacia atrás para obligarla a abrir la boca, devorando su dulzura con una posesividad que me quemaba las entrañas. Lyra soltó un gemido que se ahogó en mi garganta, y en lugar de retroceder, se aferró a m

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