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la imagen de Julián, firme en la orilla del precipicio, observando cómo las llamas devoraban el metal. Él no bajó a buscarla. No llamó
aba contra el cuero ardiente del asiento: que el amor era un erro
con un rostro perfecto, una voz que nadie reconocía y una sed de destrucción que solo se apagaría con la ruina absoluta de quienes la tr
so 40. A través de los ventanales de techo a suelo, la ciudad de Nuev
de seda negra. Gerard ni siquiera se había levantado de su sillón de piel. La observaba con esa mira
l hielo-. La logística es impecable. Los vacíos legales que encontraste en sus cuentas insulares demuestran que conoces sus entrañas. Pero los recursos que
él, Gerard -respondió ella, manteniendo la voz firme y desprovista de emoción-
y rodeó el escritorio con pasos felinos hasta quedar a escasos centímetros de ella. El calor que emanaba de su cuerpo
Sé exactamente quién eres desde que cruzaste la puerta de mi club la semana pasada. Sé qué significan esas pequeñas cicatrices ocultas en l
pero no retrocedió ni un solo milímetro. Mantuvo la mirada fija en los ojos os
bes que no tengo nada q
rriba-. El trato es simple: yo financio tu venganza, te abro las puertas de la alta sociedad y te entrego la cabeza de Julián en una bandeja de plata. A cambio, me
Elena sintió una sacudida de electricidad recorrerle la espina dorsal. Era una humillación, una trampa de sometimiento...
tamente la cremallera trasera de su vestido. El tejido desprendido dejó
e por sus caderas y caer amontonado a sus pies. Se quedó en ropa interior de en
dió en voz baj
nante y sofocante. Su lengua se abrió paso sin pedir permiso, reclamando cada rincón de su boca con una posesión directa. Las manos de Gerard descendieron con fuerza por sus hombros hasta sus caderas, levantá
ón entrecortada mientras sus manos desgarraban el encaje negro de s
ara rozar el límite entre el dolor y el placer, sacándole un jadeo agudo que retumbó en la habitación. Mientras su boca devoraba su pecho, una de las manos de Gerard bajó entre sus muslos, apretando
rnas de Elena temblaran violentamente sobre la madera. Ella se sujetó con desesperación a las solapas del saco de Gerard, clavándole las uñas a través
Separó las piernas de Elena al límite y, sin usar ningún tipo de lubricante ni darle tiempo a respirar, se alin
scritorio. Gerard no se detuvo; tomó sus muslos con fuerza, abriéndola aún más, y comenzó a embestirla con una violencia calculadora y
clavando las uñas en sus glúteos mientras la levantaba l
u propia mente. La fricción constante en su punto más sensible c
nternas de Elena comenzaron a contraerse violentamente alrededor de su miembro, atrapándolo en una serie de espasmos salvajes. El clímax la gol
dio tres estocadas finales, rápidas y profundas, antes de gruñir y derramarse
rard se retiró despacio, dejando correr un hilo de su semen por la entrepierna de Elena. Acomodó su ropa con una calma escalofri
ándose la corbata-. Mañana a las ocho te

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