o caer una llovizna constante sobre los rascacielos de Manhattan. Elena permanecía sentada en el borde del escritorio de caoba, sintie
e, ajustó el nudo de su corbata de seda negra y se acomodó la chaqueta del traje como si nada hubiera ocurrido. La frialdad con la que
girarse, observando el reflejo
y el centro de su cuerpo palpitaba con un eco sordo de placer y sometimiento. Bajó del escritorio con cuidado, sintiendo las piernas débi
la tela fría acariciara su piel desnuda. Intentó subirse la cremallera trasera, per
el carril metálico. En lugar de subirlo de inmediato, sus nudillos rozaron lentamente la hilera de su espina dorsal,
él, pegando su pecho
uego de aquel auto, Gerard -respondió ella,
nándola de nuevo en la fachada de Vanessa Vance. Luego, la tomó del brazo y la condujo no hacia la salida, sino h
e cuero negro, un iPad de última gener
ipal y cruzando una pierna con elegancia aristocrática-. Es mom
estido y cruzando las piernas para ocultar las marcas
uedado claras sobre el escritorio -
verdadero costo de tu resurrección se paga día a día. Tu venganza no es un juego de niños, y si voy
a la abrió. Dentro había una lista detallada de horarios, direcciones de corr
e no existe fuera de mi radar. Cada llamada que hagas, cada reunión que programes y cada centavo que muevas pasará p
bilidades, Gerard. No necesi
tir de hoy, vives en la residencia que he asignado para ti en el Upper East Side. Un equipo de mi seguridad personal te vigilará
a cambiando una prisión por otra, pero esta vez la jaula era de o
ella, cambiando de tema para
re la mesa-. Descargarás la información financiera que extraigas de la firma de Jul
e sus rodillas y reduciendo la distancia entre ambos. Su
ometido. Si cometes un error, si me mientes o si intentas jugarme sucio... la penalización será físic
tiva de día y tu sumisa de noche? -l
gió él con una sonrisa calculadora-. De día serás la implacable y elegante Vanessa Vance, la inversio
agua de Valenti Enterprises. Eran los libros contables originales de la empresa de su p
instintivamente para tocar los papeles, pero Gerard cerró
uedo hacer por ti? -murmuró él, incliná
se c
Qu
con firmeza-. Quítate los zapatos, ponte de rodillas entre mis piernas y pídeme
de aquel penthouse. Pero al mirar la carpeta negra, recordó la imagen de Julián en la
bre la alfombra de seda, quedando exactamente entre las piernas de
-susurró con la voz entrecortada por
el mentón de Elena y apretó con la fuerza justa para
u primera entrega de infor

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