o del amplio vestidor de la residencia privada que Gerard le había asignado en el Upper East Side. El espacio
ierdo y la base de su nuca. A través del cristal, observó fijamente las delgadas líneas pálidas que cruzaban su piel: las marcas del fuego, los rastros indelebles de las cirugías reconstructivas qu
ón concebida para la ruina de Julián. Sin embargo, por dentro, la vibración del sometimiento de la noche anterior todavía resonaba en sus huesos. La marca lí
ente a su propia imagen -resonó una vo
nida de un depredador en su propio territorio. Llevaba un esmoquin de corte impecable, sin la chaqueta, con las mang
e ella y mirando su reflejo en el espejo-. Julián estará ahí. Caminará por el salón creyendo que el
a de Elena. Su postura se tensó de inmediato y la duda e
irada a través del cristal-. Sé exactamente cómo sonreírle y
de Elena-. Pero veo miedo en tus ojos, Vanessa. Temes que al tenerlo c
soy
éstra
e Elena y atrapando sus brazos a los costados. Elena intentó erguirse, pero Gerard pegó su pecho contra la espalda desnuda de ella, aprisionándola firmemente c
endía sin contemplaciones por el vientre de Elena-. Mira lo que eres ahora. Eres mi criatura.
permiso. La encontró húmeda, una reacción traicionera de su cuerpo que respondió de inmediato a la sola presencia
ulgar directamente sobre su clítoris con una exigencia firme y rítmica-. G
e su respiración agitada empañó el cristal frente a su cara. Intentó girar el rostro, pero Gerard la tomó del mentón
aldad-. Quiero que veas cómo la elegante Van
gido. Separó las piernas de Elena con la rodilla, acomodándose detrás de ella, y de una sola estocada
o con una firmeza que aplastó cualquier vestigio de duda emocional. Gerard no le dio tiempo a aclimatarse; sujetó sus caderas con fuerza, c
acían que los pechos de Elena se aplastaran rítmicamente contra el espejo-. Siente
de la vergüenza, la violencia contenida de la situación y la adicción física que el tacto de Gerard despertaba en ella la arrastró rápidamente hacia el lí
rando el paso, penetrándola con violencia antes de t
la determinación helada que los unía. En ese segundo, el clímax la alcanzó con la fuerza de un rayo, contrayendo
ar cuatro estocadas finales, brutales y profundas, antes de em
lena. Despacio, se retiró, dejando que el líquido cálido resbalara por la entrepierna de la mujer. Acomodó su ropa con la habitual comp
ejo, cubriendo el cuerpo
que ahora lo miraba con ojos encendidos-. El color ocultará cualquier rastro de l

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