el sedán blindado sobre el asfalto mojado de la Quinta Avenida. Elena permanecía erguida en el asiento trasero, alisando la seda carmesí del vestido con dedos fríos.
la dominación de Gerard en el vestidor
ino a su penthouse privado. El espacio, dominado por líneas minimalistas, mármol oscuro y
uitándose la chaqueta del esmoquin mientras caminaba hacia su despacho privado al fondo de
puerta de madera maciza del despacho se cer
cuentas insulares de Julián y los registros del antiguo fraude a Valenti Enterprises en la red privada de su estudio. Aunque él le había entregado información bajo sus
escalza hacia el despacho. La puerta no estaba con llave. El aroma a tabaco, cuero y madera llenaba la estancia en pen
nidad de almacenamiento encriptada que llevaba oculta bajo la sisa de su vestido. La interfaz de seguridad de Gerard era un laberinto complejo, pero su formac
aer en la trampa, Vanessa -resonó una voz he
un pantalón de estar de algodón gris, descalzo y con el torso desnudo aún salpicado por gotas de agua. No
silenciosos. Antes de que pudiera ponerse de pie, la mano de él se cerró alrededor de su garganta con una presión firme, aprision
inclinándose sobre ella hasta que su aliento cálido rozó sus labios-. Las reglas eran si
ontrar aire bajo la presión de sus dedos-. No puedo esper
ó él con voz grave y vibrante-. Y cuando un activo inten
da carmesí del vestido desde el escote hasta la cintura, dejando caer los restos de la prenda al suelo. Elena
ándola boca abajo a través de sus muslos. La frialdad del cuero contra su vientre y la posición de absoluto
en la firma del contrato -dijo Gerard contra su nuca, suje
e retumbó en las paredes de la oficina. Elena ahogó un grito, apretando los dientes contra el br
a -comenzó Gerard, administrando una segund
de hierro. La tercera y la cuarta palmada cayeron de manera rítmica e implacable, alternando lados, haciendo que su piel ardiera en un fuego progresivo. La humil
ira de encaje para comprobar su reacción. La encontró empapada, un testimonio
que te posea -se mofó él con voz ronca, acariciando la zona
ionó detrás de ella y la penetró de una sola embestida seca y profunda por la e
mbro la llenó por completo, desatando una fricción salvaje que rozaba el límite entre la sumisión y el éxtasis. Gerard comenzó a e
da palabra con un impacto más profundo que sacudía el cuerpo de Elena-.
las uñas en la piel del sillón, perdiénd
lpe, un colapso expansivo que la hizo estremecerse violentamente sobre las piernas de Gerard mientras gemía su nombre sin freno. Gerard sostuvo la em
sillón y la puso de pie sobre la alfombra. Elena, con las pie
to del escritorio, la guardó en s
erpo desnudo con frialdad implacable-. Ahora ve a tu habita

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