img La Séptima Luna del Alfa Maldito  /  Capítulo 3 Tres | 1.20%
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Historia

Capítulo 3 Tres

Palabras:1208    |    Actualizado en: 09/09/2026

vista d

fue el aroma de las r

techo ornamentado con molduras intrincadas.

demonio

ación dio vueltas a mi alrededor; el sed

n la casa de la Manada Frostridge. Todo rezumaba riqueza: cortinas d

jo en el espejo de cuerpo

reglado como

uillaje destacaba mis mejores rasgos. Mis ojos parecían má

mi figura a la perfección. Era tan elegante

ía he

ia preparada pa

bonita. No podían enviarle mercanc

ido una representación pública, una forma de demostrar que trataba a sus dos hijas por igual.

quedaba c

una sentenc

o a prepararlo todo en cuanto qued

la puerta c

e el otro lado-. La selección del Alfa Seba

e atenazó

urriendo

ida con un uniforme negro, me esperaba en el pa

da. Enviar al Alfa Sebastian a una vergüenza

rostro, pero conservé la serenidad y la seg

claba con la elegancia del viejo mundo. Pasamos junto a ventanales que se extendían desde el suelo hasta el techo y daba

ertas dobles, el

an so

ensami

la vez, estrellándose contra mi

do esto. Voy a casarme con un

mo máximo y después, el divorcio. Aunque dieciocho millones de dólares

lijan a esa perra sin loba

La manada necesita esta alianza. Te

ar de abejas hubiera construido un nido dentro de mi cráneo. El zumbido crecía sin ce

a se me

e inclinó ba

no caer, pero los pensamientos c

ared? ¿Va a desmay

la encargada a

gó amortiguada, como si estuviera

e resp

ban a llenarse. La oscuridad comenzó a invadir los bor

ordené. So

oces no se

fuertes, más furios

inta mujeres. Todas vestían con una elegancia impecable; tod

e la sala de recepción s

y los hombros se le sacudían con cada sollozo. Cuando pasó junto a mí,

ha mirado como si fuera basura. Como si no fuera nada. Dio

es aparecieron tras ella, ambas llorando y proyectando su

mons

. Como los de un depredador que de

bastante inteligente. Nunca seré

reté las sienes con las palmas,

pod

asiado reciente, dem

gada me sostuvo por el codo-

y parpadeé para disipar las ma

ban la entrada. Me observaban con

instintos. Corre m

edad estaba más protegida que una prisión. A

adre que me había

abía robado al novio y s

ía adó

ndría a

ce lo únic

lla y crucé aquellas puertas como si

í, el aire resultaba sofocante y parecí

ces l

centro de la estancia, en un sofá de

o, dominaba to

ba una autoridad capaz de obligar a cua

altos. Nariz recta. Ra

s oj

antes. Intenso

ron en l

l mundo qued

ritos y zumbidos que me desgarraba la

percibía nada procedente de él salvo

a experimentado desde el despert

rovenía del hombre con más

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