vista d
fue el aroma de las r
techo ornamentado con molduras intrincadas.
demonio
ación dio vueltas a mi alrededor; el sed
n la casa de la Manada Frostridge. Todo rezumaba riqueza: cortinas d
jo en el espejo de cuerpo
reglado como
uillaje destacaba mis mejores rasgos. Mis ojos parecían má
mi figura a la perfección. Era tan elegante
ía he
ia preparada pa
bonita. No podían enviarle mercanc
ido una representación pública, una forma de demostrar que trataba a sus dos hijas por igual.
quedaba c
una sentenc
o a prepararlo todo en cuanto qued
la puerta c
e el otro lado-. La selección del Alfa Seba
e atenazó
urriendo
ida con un uniforme negro, me esperaba en el pa
da. Enviar al Alfa Sebastian a una vergüenza
rostro, pero conservé la serenidad y la seg
claba con la elegancia del viejo mundo. Pasamos junto a ventanales que se extendían desde el suelo hasta el techo y daba
ertas dobles, el
an so
ensami
la vez, estrellándose contra mi
do esto. Voy a casarme con un
mo máximo y después, el divorcio. Aunque dieciocho millones de dólares
lijan a esa perra sin loba
La manada necesita esta alianza. Te
ar de abejas hubiera construido un nido dentro de mi cráneo. El zumbido crecía sin ce
a se me
e inclinó ba
no caer, pero los pensamientos c
ared? ¿Va a desmay
la encargada a
gó amortiguada, como si estuviera
e resp
ban a llenarse. La oscuridad comenzó a invadir los bor
ordené. So
oces no se
fuertes, más furios
inta mujeres. Todas vestían con una elegancia impecable; tod
e la sala de recepción s
y los hombros se le sacudían con cada sollozo. Cuando pasó junto a mí,
ha mirado como si fuera basura. Como si no fuera nada. Dio
es aparecieron tras ella, ambas llorando y proyectando su
mons
. Como los de un depredador que de
bastante inteligente. Nunca seré
reté las sienes con las palmas,
pod
asiado reciente, dem
gada me sostuvo por el codo-
y parpadeé para disipar las ma
ban la entrada. Me observaban con
instintos. Corre m
edad estaba más protegida que una prisión. A
adre que me había
abía robado al novio y s
ía adó
ndría a
ce lo únic
lla y crucé aquellas puertas como si
í, el aire resultaba sofocante y parecí
ces l
centro de la estancia, en un sofá de
o, dominaba to
ba una autoridad capaz de obligar a cua
altos. Nariz recta. Ra
s oj
antes. Intenso
ron en l
l mundo qued
ritos y zumbidos que me desgarraba la
percibía nada procedente de él salvo
a experimentado desde el despert
rovenía del hombre con más
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