s cuando el bosque le
hizo la cosa aún más insoportable: Kaerón resbaló sobre una piedra cubierta de musgo, al borde de un barranco que había cruzado mil veces, y se rompió la pierna tan mal que el hueso perforó l
na última palabra grandiosa - solo, en un momento, su mano que busc
r quienes han cazado en las tierras del dios toda su vida sin traicionarlo jamás. Arán, por su parte, no lloró de
e retenía - no lágrimas, sino una pregunta, gritada a los
a territorio del dios. Toda su vida te honró. Jamás te tomó más de lo
ncio marcó a Arán más profundamente de lo que cualquier palabra habría podido hacerlo. Pues si no había nadie para responder a la fidelidad de un hombre
que nadie en el pueblo supiera co
Arán se convirtió, de la noche a la mañana, en el sostén de la casa - un papel que asumió sin quejarse
le había prohibido antaño cruzar. Los demás cazadores del pueblo comenzaron a mirarlo de otro modo - ya no con el orgullo admirad
regresaba de una cacería más allá del río sagrado - un territorio
uería ser paternal pero que sonaba sobre todo inquieto. Tu padre
ar, una liebre todavía c
como un perro, en su cama, mientras el dios al que tanto honraba miraba hacia otro lado
a y mirada demasiado dura para su edad, y sintió, sin poder nombrarlo con precisión, que
s lo
aquel talento ya no venía acompañado de la prudencia que había hecho la reputación de los suyos. Cazaba como quien responde a un desafío que no ha planteado él mismo - como si, con cada bestia abatida, con cada territorio u
ía. Había perdido a un esposo fiel. Temía, sin osar confesárselo del todo, perder pronto a su hijo por o

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