hasta el altar de piedra erigido en el corazón del bosque sagrado, y depositar allí una ofrenda - el fruto de su primerísima cacería co
os el cuerpo aún caliente de un jabalí que había rastreado durante tres días. Conocía el camino de m
decía que ya nadie sabía leerlas, ni siquiera los más viejos del pueblo. Arán depositó el jabalí al pie de la piedra, como correspondía, y luego recitó
quien recita una fórmula que ya no le concierne del todo. A ca
con palabras, solo con señales, a veces con nada en absoluto. Pero aquella mañana, cuando Arán se disp
parecía casi plateado bajo la luz pálida del amanecer. No huía, no gruñía -
desde siempre, que el dios de la caza tomaba a veces esa forma para observar a quienes venían a
lquier hombre sensato. En cambio, Arán sostuvo aquella mirada,
jo que solo el claro pudo oírlo. Nunca Te he pedid
aquellas palabras, y luego se desvaneció entre lo
ticular, solo la certeza tranquila de que algo, aquel día, había tomado nota de él. Eligió verlo como
a buscarlo desde los pueblos vecinos cuando una bestia acosaba el ganado, cuando un lobo se aventuraba demasiado cerca de las
eza, una noche en que se celebraba en el pueblo una cacería particularmente peligrosa que Arán
en, copa en mano, la mirada algo turbia por la bebida. Pero dime, muchacho:
z, la que reservaba ya a quien osar
tiva sigue siendo un don desperdiciado. El mío, lo hice fructificar
se convierten en leyendas, y otros que se convierten en advertencias que se cuentan a los niños
volverse - sin ver, una vez más, la mirada inquieta que el viejo posaba en él, ni tampoco, más lejana aún, la de una l

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