lé
ría habe
ue pensé al abrir los
me quién era y cuáles eran mis límites. Cada respiración era un esfuerzo consci
La luz que entraba por la ventana era pálida, grisácea. Afuera, la casa ya estaba despierta. Esc
e me
e necesitaban... o aún no habían d
no en la pared hasta que el temblor en mis piernas se calmó. Estaba acostumbrada. Siempre había viv
mañana había
e, persistente, lat
lo
dió. Recordé el calor de su aliento, el peso de su mirada, la forma en que
l estómago. Tomé el pequeño frasco de ungüento -había quedad
silencio habitual, pero est
vez que el dolor se intensificaba. Varias veces tuve que apoyarme e
murmuré para mí mism
r qué lo nec
donde lo había dejado, el
aba
uellas profundas, pero no había rastro del enorme cue
do apretarme
surré- quizás y
s de sangre seca, menos de las que esperaba. Eso era buena señal.
del viento entre los árboles. El bosque estaba vivo a mi alrededor: e
ces lo
o. No un mov
prese
n los brazos. No de mi
aja, sin saber por qué estaba tan
encio s
o de ungüento en el suelo, a la vista. Luego me aparté unos pas
largos
ue apenas una sombra mov
de. O
fuerza, pero no me levanté. N
te -susurré-
tinguir su silueta. Su andar era lento, medido. Aún estaba herid
s metros de distan
añadí, señalando el fr
se a
ampoco
e su re
de no me sentía rota. De cómo mi cuerpo siempre fallaba, pero aun así seguía caminando
endo la distancia, pero sin perderme de vista. Su prese
cuando escuc
as
sé al i
guerreros de la manada resonó
debía estar allí. Si me encontraban sola en
na ruta para huir, pero el mareo me golpeó
bo se
haci
a el
currió
so. Era una amenaza pura. Sentí el suelo vibrar bajo mis manos cuando el eno
escuché al guerre
o, más cerca
jo otra voz-.
n, apresurados, perdi
óvil, el cora
interponiéndose entre el lugar por donde habían venido y y
usurré, con la
. Sus ojos dorados se encontraron con los m
certeza
, alguien me había protegid
o, comprendí algo que me hizo estremecer: tal ve

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