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hos pedazos y los hombros contracturados después de un turno de doce horas continuas en la clínica comunitaria. Entre cambiar vendajes, tomar la p
a de salida. Lo único que quería en ese momento era llegar a su departamento, darse una ducha con
alumbrado público. El camino más rápido a su parada de autobús pasaba por detrás de la zona industrial, un tramo estrecho de callejones oscuros flanqueados por paredes de ladrillo
u chaqueta de mezclil
l cruce con el callejón más
go el sonido se repitió: un gruñido bajo, gutural y rasposo, seguido por un jadeo pblemas y siguiera su camino. La ciudad no perdonaba a los curiosos. Sin embargo, su vocació
ia ambos lados de la calle
a, dando un paso hacia la penumbra del cal
re las sombras, acompañado por el chasquido met
ando charcos de agua sucia, cajas de cartón deshaciéndose por la humedad y... sangre. Había manchas oscuras
las. Siguió la rastro de sangre con la luz hasta que esta
un paso atrás, casi tropez
Ni siquiera era
a lógica ni natural; si se ponía de pie, fácilmente le llegaría al pecho. Su pelaje era completamente negro, denso
ró Aria, apretando e
amente en ella. Aria se quedó sin aliento. No eran los ojos salvajes o amarillentos de un depredador común; eran de un color plata bri
erse de pie para alejarla, pero sus patas delanteras le
vaje de ese tamaño. Pero al ver cómo el pecho del lobo subía y bajaba con dificultad, y al notar la enorme herida que le atravesaba el costado i
o tono pausado y suave que empleaba con los pacientes asu
guió con la mirada en todo momento, manteniendo las orejas echadas hacia atrás y dejando ver s
o cómo el agua fría le empapaba los pantalones de gabardina. Acomodó la linterna
te en sí, sino el aspecto de la carne. Alrededor de la herida, la piel lucía negra y quemada, como si lo hubieran atravete hicieron? -sus
fermera de turno nocturno, siempre cargaba consigo un botiquín básico de emergencias: gasas esteriliz

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