Aria suspiró, acomodándose la mochila desgastada sobre el hombro mientras cruzaba la puerta trasera de salida. Lo único que quería en ese momento era llegar a su departamento, darse una ducha con agua hirviendo y caer rendida en la cama sin pensar en el examen de anatomía de la semana siguiente.
La ciudad estaba helada. El aire de la noche quemaba al respirar y la humedad de la lluvia reciente hacía que el asfalto brillara bajo las pocas luces amarillentas de los postes de alumbrado público. El camino más rápido a su parada de autobús pasaba por detrás de la zona industrial, un tramo estrecho de callejones oscuros flanqueados por paredes de ladrillo viejo y contenedores de basura. No era el lugar más seguro a esa hora, pero a Aria le pesaban demasiado las piernas como para dar el rodeo de tres cuadras por la avenida principal.
Ajustó el cierre de su chaqueta de mezclilla y apresuró el paso.
Fue justo al pasar frente al cruce con el callejón más angosto cuando lo escuchó.
Al principio pensó que era el viento chocando contra las láminas de metal. Pero luego el sonido se repitió: un gruñido bajo, gutural y rasposo, seguido por un jadeo pesado que resonó contra las paredes húmedas. Era un eco sordo, cargado de dolor puro.
Aria se congeló en seco. Su instinto le gritó que echara a correr, que no se metiera en problemas y siguiera su camino. La ciudad no perdonaba a los curiosos. Sin embargo, su vocación de enfermera y ese terco impulso de ayudar que siempre la metía en líos fueron más fuertes.
Echó una mirada rápida hacia ambos lados de la calle. Estaba completamente sola.
-¿Hola? -llamó con voz firme pero cautelosa, dando un paso hacia la penumbra del callejón-. ¿Hay alguien ahí? ¿Necesita ayuda?
La única respuesta fue un movimiento brusco entre las sombras, acompañado por el chasquido metálico de un contenedor de basura siendo golpeado.
Aria sacó el teléfono de su bolsillo y encendió la linterna. El haz de luz blanca cortó la oscuridad, iluminando charcos de agua sucia, cajas de cartón deshaciéndose por la humedad y... sangre. Había manchas oscuras y espesas salpicadas por todo el piso de concreto, trazando un camino hasta el fondo del callejón sin salida.
El corazón de Aria empezó a martillearle contra las costillas. Siguió la rastro de sangre con la luz hasta que esta chocó contra una masa enorme tendida entre dos contenedores.
Aria ahogó un grito y dio un paso atrás, casi tropezando con sus propios pies.
No era un hombre. Ni siquiera era un perro callejero.
Tendido sobre el pavimento frío había un lobo gigantesco. Era un animal imponente, de una envergadura que no parecía lógica ni natural; si se ponía de pie, fácilmente le llegaría al pecho. Su pelaje era completamente negro, denso y tupido, aunque en ese momento estaba enredado, sucio de barro y bañado en una cantidad alarmante de sangre fresca.
-Madre mía... -murmuró Aria, apretando el teléfono con fuerza.
El animal levantó la cabeza muy despacio, como si el simple movimiento le exigiera un esfuerzo sobrehumano. Sus ojos se fijaron directamente en ella. Aria se quedó sin aliento. No eran los ojos salvajes o amarillentos de un depredador común; eran de un color plata brillante, intensos, casi hipnóticos, que reflejaban la luz de la linterna con una inteligencia helada que la estremeció hasta los huesos.
El lobo dejó ir un chasquido de dientes, intentando ponerse de pie para alejarla, pero sus patas delanteras le fallaron y volvió a caer de costado con un gemido sordo.
Aria se quedó inmóvil un segundo, analizando la situación. La parte racional de su cerebro le decía que era una locura acercarse a un animal salvaje de ese tamaño. Pero al ver cómo el pecho del lobo subía y bajaba con dificultad, y al notar la enorme herida que le atravesaba el costado izquierdo, el miedo empezó a ceder ante la compasión. Estaba desangrándose. Si se daba la vuelta y se iba, ese animal no sobreviviría a la noche.
-Tranquilo... tranquilo -dijo en voz baja, usando el mismo tono pausado y suave que empleaba con los pacientes asustados en la clínica-. No voy a hacerte daño. Déjame ver.
Avanzó despacio, despacio, bajando la intensidad de la luz para no encandilarlo. El lobo la siguió con la mirada en todo momento, manteniendo las orejas echadas hacia atrás y dejando ver sus enormes colmillos en una amenaza silenciosa. Sin embargo, estaba demasiado débil para atacar.
Aria se arrodilló a medio metro de distancia, sobre el concreto mojado, ignorando cómo el agua fría le empapaba los pantalones de gabardina. Acomodó la linterna del teléfono sobre una caja para iluminar la zona lesionada y examinó la herida.
Lo que vio la dejó perpleja. El desgarrón en el costado del animal era profundo y feo, pero lo más extraño no era el corte en sí, sino el aspecto de la carne. Alrededor de la herida, la piel lucía negra y quemada, como si lo hubieran atravesado con un hierro al rojo vivo, y un humo leve y extraño parecía brotar de los bordes. Olía a azufre y a metal oxidado.
-¿Pero qué diablos te hicieron? -susurró para sí misma.
Rápidamente, se quitó la mochila y empezó a revolver en el interior. Como estudiante de medicina y enfermera de turno nocturno, siempre cargaba consigo un botiquín básico de emergencias: gasas esterilizadas, guantes de nitrilo, tijeras de curación, un antiséptico concentrado y un par de vendas elásticas.