La realidad, sin embargo, olía a perfume caro mezclado con el sudor frío de dos personas que preferirían estar en cualquier otro rincón del planeta.
En el centro de la mesa reposaba el documento. No era una simple acta de matrimonio, sino un mamotreto de más de cien páginas amarrado con una cinta azul marino que los abogados de ambas partes habían revisado con lupa hasta la madrugada anterior. Las letras negras y tupidas dejaban claro que durante los próximos dos años ni el apellido Silva ni el apellido Del Valle darían un solo paso sin contar con la aprobación del otro.
Damián Silva acomodó el puño de su camisa de vestir sin perder la postura. Tenía la espalda recta, la mirada fija en el frente y esa cara de palo que utilizaba cada vez que le tocaba cerrar un negocio difícil. A sus treinta años, Damián no creía en las coincidencias ni en los cuentos de hadas. Para él, la vida se resumía en números que cuadraban o números que dejaban pérdidas, y en ese instante, el matrimonio era la única jugada que evitaba que la empresa de su familia se fuera directo al despeñadero.
A su lado, separada apenas por una silla vacía que nadie se atrevió a ocupar, estaba Renata Del Valle.
Renata no miraba a las cámaras ni a los abogados que susurraban a sus espaldas. Tenía los ojos puestos en la pluma estilográfica de plata que descansaba a pocos centímetros de su mano derecha. Llevaba un traje de chaqueta blanco, impecable, de esos que gritan seguridad sin necesidad de levantar la voz. Quienes la conocían de lejos pensaban que era una mujer distante, pero la verdad era que Renata simplemente no tenía tiempo para rodeos. Había sudado la camiseta para ganarse un puesto en la directiva de su familia, aguantando indirectas y zancadillas, como para dejar que un contrato firmado a la fuerza le arruinara la carrera.
-Señor Silva, señora Del Valle... si son tan amables -murmuró el abogado principal, un hombre mayor de patillas canas que sudaba a mares bajo la luz de los reflectores.
Damián tomó la pluma primero. La tomó con la firmeza de quien firma un cheque de rutina. No dudó un solo segundo. Trazó su firma con un garabato rápido, seco, casi agresivo, y deslizó la carpeta hacia el lado de Renata sin llegar a tocarle los dedos.
-Todo tuyo -dijo en un susurro rasposo, tan bajo que solo ella pudo escucharlo entre el murmullo de la sala.
Renata giró la cara lentamente y lo miró por primera vez en toda la tarde. Sus miradas se cruzaron como dos espadas de lata en un juego de niños que de repente se había vuelto demasiado serio. No había rabia desbordada en sus ojos, sino algo peor: un cálculo helado.
-No te apures, Silva. Sé exactamente dónde poner el gancho -respondió ella con una sonrisa torcida que no le llegó a los ojos.
Tomó la misma pluma, apoyó la punta firme sobre el papel y estampó su firma justo debajo de la de él. En cuanto la tinta negra tocó la última hoja, el abogado cerró el documento de un golpe seco, marcando el final de la vida independiente de ambos y el inicio de una condena compartida.
Los flashes estallaron en cadena. El ruido de los obturadores de las cámaras sonó como un tiroteo contenido.
-¡Una foto juntos, por favor! ¡Un apretón de manos para la portada! -gritó un fotógrafo desde la primera fila, levantando el brazo para hacerse notar.
Damián se puso de pie de un salto, abotonándose el saco de un solo movimiento. Renata hizo lo propio, arreglándose la solapa de la chaqueta. Se colocaron frente al estrado, uno al lado del otro, tan cerca que Renata pudo notar el olor a madera y carbón del perfume de Damián, y él sintió la rigidez en los hombros de ella.
-Sonríe, socio -murmuró Renata entre dientes, manteniendo una sonrisa perfecta para los lentes que parpadeaban frente a ellos-. Mañana salimos en la sección de negocios y si pones esa cara de entierro las acciones van a caer otro tres por ciento.
-Sonrío cuando hay algo de qué alegrarme, Del Valle -repuso Damián sin mover un solo músculo de la cara, aunque apretó la mandíbula-. Limítate a mirar a la cámara del centro y no me pises los zapatos.
-Si te piso es a propósito -contestó ella rozando su codo contra el de él en un gesto que, desde afuera, parecía una muestra de cariño, pero que llevaba la fuerza suficiente para dejar las cosas claras.
Los reporteros tomaban fotos sin parar, encantados con la imagen de la pareja del año. Nadie en ese salón, ni los periodistas ni los propios abogados que habían redactado las cláusulas, tenía la menor idea de lo que acababa de arrancar. Pensaban que se trataba de una boda conveniente entre dos jóvenes de buena familia. No sabían que, al apagar las luces y cerrar las puertas de la prensa, los dos recién casados iban a subir al mismo carro para encerrarse en el mismo departamento, dispuestos a sacarse las chispas desde el primer minuto.