Luciano ajustó el botón de su saco a medida, un Armani de corte impecable en tono azul noche, mientras pasaba la yema del dedo por el cristal pulido del ventanal. A sus treinta y cuatro años, ostentaba la vicepresidencia ejecutiva del Grupo Inmobiliario Castelli. No por herencia directa ni por el favor sentimental de su familia, sino porque en los últimos siete años había duplicado los activos de la compañía a fuerza de una disciplina implacable y una mente quirúrgica que no admitía espacio para la duda ni la nostalgia.
-Los números del tercer trimestre están listos, Luciano. -La voz de Renato Treviño rompió el silencio de la amplia oficina de pisos de mármol y acabados en nogal.
Renato, socio minoritario y director de operaciones de la firma, caminó hacia el escritorio portando una carpeta de cuero oscuro. Tenía una sonrisa confiada, la misma que usaba para convencer a los bancos de otorgar líneas de crédito multimillonarias.
-El margen de ganancia en el desarrollo residencial del sector norte subió un cuatro por ciento respecto al trimestre anterior -continuó Renato, apoyando los documentos sobre la mesa de cristal-. Pero el verdadero premio es el proyecto Altos del Horizonte. Si cerramos la adquisición del terreno adyacente antes del viernes, las acciones de la firma van a romper su techo histórico.
Luciano ni siquiera se giró de inmediato. Permaneció unos segundos observando el horizonte iluminado de la ciudad antes de dar media vuelta con pasos lentos y calculados. Tomó la carpeta, la abrió y repasó las cifras en silencio. Su mirada gris, rápida y analítica, descendió por la hoja de cálculo deteniéndose en los costos de adquisición y compensación.
-Hay un desfase en el presupuesto de ejecución de la fase dos, Renato -dijo Luciano con un tono bajo, neutro y desprovisto de emoción-. Los costos de demolición y preparación de suelo están sobrevalorados en un catorce por ciento. Y las contingencias por reubicación aparecen marcadas en cero.
Renato soltó una breve risa, restándole importancia con un gesto de la mano mientras se acomodaba en uno de los sillones de cuero.
-Son detalles logísticos mínimos, socio. La constructora contratada se encarga de dejar el terreno limpio. No tenemos por qué enredarnos en los pormenores de cómo despejan la zona. Lo importante es que para el próximo mes el terreno esté nivelado y listo para que las excavadoras empiecen a cimentar las torres de lujo.
Luciano cerró la carpeta de golpe, provocando un sonido seco que resonó en el amplio despacho. Apoyó las manos sobre el escritorio y miró fijamente a Renato.
-En esta empresa nada es un "detalle mínimo" cuando compromete los estados financieros o la responsabilidad legal de la firma -sentenció Luciano con frialdad-. Si una hoja de cálculo no cuadra al centavo, la auditoría interna la rebota. Y tú sabes muy bien que yo no firmo una sola orden de compra si no está respaldada por documentos auditados.
-Luciano, por favor. No seas más papista que el Papa -respondió Renato, aunque una ligera rigidez cruzó su mandíbula por un instante antes de recuperar la soltura-. Llevamos años trabajando juntos. Has construido este imperio sobre la base de la eficiencia. ¿Desde cuándo te preocupa la filigrana técnica de un contrato de limpieza de terrenos?
-Desde que mi apellido está en la entrada del edificio -contestó Luciano sin pestañear-. La eficiencia no es descuido, Renato. Es control absoluto.
Luciano se acercó a su silla directiva, tomó su estilográfica de oro y anotó una marca al margen del expediente.
-Quiero el desglose completo de los costos de desarrollo para la reunión de directiva de mañana a primera hora. Incluyendo las partidas de pago a proveedores y las licencias de demolición. No voy a aprobar la fase de expansión hasta revisar cada factura.
Renato sostuvo la mirada de Luciano durante un par de segundos. Una sombra indescifrable cruzó la cara de su socio, pero rápidamente fue sustituida por una inclinación de cabeza casi sumisa.
-Como digas, vicepresidente. Mañana a primera hora tendrás todo en tu mesa.
Cuando Renato salió de la oficina cerrando la puerta tras de sí, Luciano volvió a quedar a solas con el eco de sus propios pasos. Se sirvió un vaso de agua en la credenza de cristal, caminó nuevamente hacia el ventanal y observó la silueta oscura que se extendía en la periferia de la ciudad: La Cantera, un denso asentamiento informal cuyos faroles titilantes apenas destacaban en la noche.
Para la junta directiva, aquello era solo un obstáculo topográfico en los planos de desarrollo. Para Luciano, no era más que una variable en una ecuación de inversión que requería resolución. Ninguno de los dos imaginaba que, en cuestión de días, ese abismo de cemento y miseria dejaría de ser un punto distante en el mapa para convertirse en el único terreno donde la vida de Luciano Castelli valdría algo.