img Mi cuñado, mi unico refugio  /  Capítulo 4 Las reglas de la casa | 40.00%
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Historia

Capítulo 4 Las reglas de la casa

Palabras:1516    |    Actualizado en: 26/10/2026

ó petrificada en el centro de la sala, con el corazón martillándole contra las costillas a un ritmo

sobre la barra de la cocina. Se pegó a la pared lateral del pasillo, aguantando la respiración mientras la manija giraba des

desgastado y ceño fruncido, cruzó el umbral sosteniendo un manoj

teniéndose en seco al ver a Renata acorralada contra la

ría el cuerpo. La mujer la examinó de arriba abajo con desprecio evidente, deteniendo

cular Renata, secándose el sudor frío

la mesa de madera-. Soy doña Marta, la dueña del inmueble. Dile a tu "amigo" que vino el cobrador del agua y que ya tiene dos meses de retraso con el alqui

regrese -respondió Renata, intentando mantener la voz fir

callejón de abajo preguntando por la novia del tipo que metieron a la cárcel. No quiero delincuentes ni patrullas en mi

contra el piso de mosaico frío, y cerró la puerta de un

momento anterior dio paso a una pesadez aplastante. No solo estaban siendo perseguidos por la gente de Don

pisaba el lugar para desplomarse a dormir unas horas antes de volver a la calle. En la pequeña alacena de la cocina solo había un paquete de arroz medio

los dos únicos vasos que había en el fregadero y ordenó las maletas en el rincón del cuarto pequeño. Necesitaba mantenerse

persiana rota de la sala. Renata caminaba en círculos, mirando el reloj de pared que avanzaba con un tictac exaspera

udillos de la mano izquierda rojos e hinchados. Entró cerrando la puerta con doble vuelta de llave y tiró sobre

do tres pasos hacia él-. Vino la dueña del departamento. D

ándola sobre el espaldar del sillón. Su voz sonaba cansada, más rasposa que de costumb

obre la mesa. No era un sobre bancario. Tenía los bordes gastados

ró ella, sintiendo que el nudo en su estómago regresaba

avó las manos con un pedazo de jabón neutro. El agua que caía por el desagüe se tiñó d

lverse a mirarla-. Héctor aceptó congelar los intereses y dejarte en paz. A

ja los cobros de piso, la mercancía robada y la gente armada de este di

poca luz que entraba por la ventana. Sus ojos oscuros l

é en la calle -dijo él, con una voz baja pero que retumbó con fuerza en la pequeña sala-. A partir de hoy las

ió ella, sosteniéndole la

os centímetros de ella. El olor a sudor, tab

o afuera ni de dónde sale el dinero. Y tercera... -Gael hizo una pausa, mirando la bolsa de comida y luego el papel del laboratorio que cont

sde la cárcel? -pregun

no fijo de la pared. Sin dudar un segundo, jaloneó el cable de la

ntenció Gael, dándole la espalda para caminar hacia el baño-. Come alg

sucio sobre la mesa. La realidad la golpeaba sin piedad: ya no era la chica obediente que dependía de las decisiones de sus padres o de las promesas de su novio

haqueta de cuero que Gael había dejado sobre el sillón, algo pesado r

uelo descansaba una pistola escuadra de nueve milí

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