bjeto era aceptar la magnitud del
a pequeña. Llevaba el torso desnudo, dejando al descubierto una red de cicatrices viejas en los costados y la espalda, vestigios de
so tranquilo, se acercó, tomó la chaqueta, metió la mano en el bolsillo interior y guardó la pistol
e -dijo él con voz neutra, sirviéndose un vaso de
casa donde las reglas eran obedecer y callar. Mi papá decidía todo, Julián prometía cosas que nunca
vaso. No hubo tono de burla en s
a barra-. Aquí nadie te va a pedir que calles ni que obedezcas por capricho, pero si quieres sobrevivir a Don Héctor, tienes qu
queta. Antes de cruzar la puerta, dejó sobre la mesa una copia l
inal -advirtió, revisando el pasillo exterior antes de salir-. Si escuchas algo
Renata escuchó sus pisadas firmes descendiendo por los esc
lgo de energía al cuerpo, pero su mente no dejaba de dar vueltas. Pensó en sus padres, en la frialdad con la que su padre le había cerrado la puerta en la cara; pensó en Julián, encerrado en una celda, probablemente ech
en la cama de la pequeña habitación, pero cada crujido del edificio antiguo la hacía dar un brinco. Se levantó, caminó en
e el reloj marcó las cuatr
acó de un duermevela ansioso.
humedad y alcohol derramado. Venía despeinado y al cerrar la puerta apoyó la espalda
nata, poniéndose de
la calle que filtraba por la persiana le permitió ver el estado en el que venía: su camiseta negra estaba desgarrada en e
-raspó él con una voz
orando su tono y acercándose
olo una cortad
interrumpió ella, tomándolo con cuidado del bra
Renata encendía la pequeña luz amarilla de la barra. Buscó en el baño el botiquín básico
os nudillos desde el índice hasta el meñique, producto de haber golpeado a alguien o haber roto una ventana. Le temblaron las manos,
s y apretó el borde de la mesa con la otra mano. Renata aplicó la gasa con delicadeza pero con fir
a, mirándola fijamente a través de las pestaña
el taller -contestó ella en voz baja, sin soltarle la
. Estaban a escasos centímetros de distancia; el calor de la respiración de él le rozaba las mejil
erminar mat
que entender algo, Renata. El dinero que traje hoy y el que voy a traer mañana está manchado. Con ese dinero voy a pagar la clínica del
sma le había puesto y luego lo miró a los ojos. Ya no sentía el impulso de salir co
er esto juntos. Si tú pones el cuerpo en la calle, yo voy a administrar est
estuviera viendo a una persona completamente distinta a la ch
ometo -co
os que subían la escalera a toda prisa. Gael se puso de pie de un salto, ignorando el dolor de la mano, y su brazo sano f

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