"Mmm... Carl... lo sé... De verdad me equivoqué... más despacio... sé más gentil...".
Sobre la cama del hospital yacía una mujer de exquisita belleza, con facciones serenas e intactas incluso en la profunda quietud. A su lado, un hombre y una mujer, con la ropa desordenada y las extremidades entrelazadas, se entregaban al adulterio con un descarado desprecio por el decoro.
Incluso mientras abrazaba a Paulina Ward, Carl Hughes le dedicó solo una mirada fugaz e indiferente a la mujer que había estado inconsciente durante tres largos años. Esa era su esposa, Ashlyn Marsh. Ella parecía no haber cambiado: radiantemente hermosa, eternamente silenciosa, intocable por el paso del tiempo.
Por razones arraigadas en su propia codicia y ambición, Carl deseaba fervientemente que Ashlyn permaneciera dormida para siempre: una eterna bella durmiente que nunca despertaría.
Lo que ninguno de los dos podría haber previsto era que, a lo largo de esos tres agonizantes años, el cuerpo de Ashlyn había estado prisionero en el sueño mientras su mente permanecía dolorosa e ineludiblemente alerta.
No podía abrir los ojos, pero escuchaba cada sonido en la habitación. Y todo le parecía de una crueldad indescriptible.
Cada acto, cada traición susurrada que cometió esa pareja desvergonzada a lo largo de esos interminables meses y años, fue una tortura para sus oídos. Había soportado tres años de implacable tormento psicológico.
Solo en este estado de impotencia Ashlyn comprendió finalmente la amarga verdad de que el hombre por el que había dejado todo atrás, incluso a su propia familia, no era más que un mentiroso consumado, una criatura de engaño y depravación.
Desde el principio, él la había engañado en cada oportunidad.
Carl y Paulina comenzaron a gemir más fuerte; sus movimientos rítmicos y el persistente crujido de la cama alimentaban un incendio de rabia en su interior. Anhelaba levantarse, confrontarlos y matarlos a ambos en ese mismo momento.
Tal vez el torrente de sus emociones surgió más allá de lo soportable, y un dedo, privado de su control durante mucho tiempo tras años de inmovilidad, se agitó con el temblor más leve y casi imperceptible.
Paulina lo notó.
"Carl", jadeó la amante, con la voz teñida de una repentina inquietud. "Te juro que acabo de ver el dedo de Ashlyn moviéndose. Ella... ella no está despertando, ¿verdad?".
"Cálmate, cariño", respondió Carl sin aliento, inclinándose para silenciar a Paulina con un beso. "No hay ninguna posibilidad de eso".
Ante esa declaración, la curiosidad de Paulina solo aumentó. "¿Por qué estás tan seguro?".
"Porque durante los últimos tres años", confesó Carl entre respiraciones agitadas. "He estado añadiendo una droga extranjera especial a sus infusiones, una que asegura que permanezca inconsciente por el resto de su vida".
Esa era la fuente de la inquebrantable confianza de Carl de que su esposa nunca despertaría.
"Ya que estamos en el tema", continuó descuidadamente. "Bien podría contarte el resto. Hace tres años, ese accidente automovilístico no fue ningún accidente. Yo lo orquesté. Necesitaba a Ashlyn incapacitada para que, como su esposo legal, pudiera tomar el control de sus acciones".
La amargura parpadeó en su rostro.
"Si Ashlyn no hubiera ejercido una influencia tan formidable en la empresa, me habría asegurado de que muriera ese día. En cambio, he pasado estos tres años interpretando el papel del esposo devoto, siempre junto a su cama, para que la junta directiva y el personal aceptaran gradualmente mi autoridad. Pero esta farsa se ha prolongado mucho más de lo que debería".
Creyendo que Ashlyn carecía por completo de consciencia, Carl expresó sin dudarlo sus pensamientos más oscuros y sin reservas.
Después de todo, estaba seguro de que su mujer no podía escucharlo y de que dormiría eternamente.
Sin que Carl lo supiera, sus palabras solo avivaron las llamas de la agitación interna de Ashlyn, llevando su angustia a su punto de quiebre.
Así que todo había sido obra suya.
Tres años antes, Ashlyn había aceptado con alegría la invitación de Carl para celebrar su cuarto aniversario de bodas, solo para sufrir un accidente casi fatal.
Siempre había asumido que fue un trágico percance. Nunca había sospechado que él tuviera algo que ver con ello.
Con razón ella había salido gravemente herida mientras Carl, sentado a su lado en el mismo auto de lujo, escapó sin un solo rasguño.
Lo más amargamente irónico de todo era que, en sus últimos momentos de consciencia antes de que el coma la reclamara, le había suplicado a su amiga más querida, Paulina, que cuidara de Carl si algo le pasaba a ella.
Y vaya que lo había cuidado. De hecho, lo había hecho tan bien que acabó directo en su propia cama.
Esto era imperdonable.
Con cada recuerdo de los inmensos sacrificios que había hecho por el bien de Carl, Ashlyn sentía una nueva punzada de dolor en el corazón.
¿Cómo había caído tan bajo? ¿Cómo se había permitido ser tan completamente engañada?
Alguna vez había sido la legítima heredera del Sindicato Deidad, un imperio en las sombras tan formidable que pocos se atrevían siquiera a susurrar su nombre.
Profundamente apreciada por sus padres e idolatrada por sus cinco hermanos mayores, había sido criada como si fuera una princesa en su propio reino.
Excepcionalmente talentosa y ferozmente capaz, había sido preparada meticulosamente por su padre, el líder indiscutible del Sindicato, para heredar su manto, desafiando la tradición al pasárselo a una hija, en vez de a un hijo.
Sus hermanos, sin rastro de resentimiento, habían prometido su lealtad inquebrantable, jurando apoyar su reinado sin cuestionamientos.
Sin embargo, por el bien de Carl Hughes, había renunciado a su amada familia. Había cortado todos los lazos, abandonado su legado y lo había seguido por todo el mundo hasta Giphis. Allí, sin nada más que su propia brillantez y determinación, había construido una empresa próspera desde cero y, por sí sola, había elevado a toda la familia Hughes de la miseria a la prosperidad.
¿Y cómo había pagado la familia Hughes su devoción ilimitada?
Convencidos de que era una huérfana sin parientes que la defendieran, la habían atormentado sin descanso. La madre de Carl, en particular, la había tratado como poco más que una sirvienta, dándole órdenes con la arrogancia casual que uno reservaría para el personal contratado.
En el pasado, Ashlyn lo había soportado todo sin quejarse.
Solo ahora, atrapada en la agonía de la traición, veía lo profundamente equivocada que había estado.
En ese instante, el teléfono de Carl hizo añicos la atmósfera cargada. Con un destello de molestia, se desenredó de Paulina y lo agarró. Al vislumbrar el nombre de la persona que llamaba, su expresión se iluminó al instante y respondió sin demora.
"Maravillosas noticias, Paulina: ¡el banquete está a punto de comenzar!". Tres minutos después, Carl terminó la llamada y se apresuró a volver con su amante. Su expresión era de un regocijo triunfal.
"¿Así que los altos ejecutivos finalmente han aceptado tu propuesta?", preguntó Paulina, con una emoción que superaba incluso a la de Carl.
"Sí. La vieja guardia ha cedido por fin. Esta noche, anunciarán formalmente que asumiré el puesto de Ashlyn. Todos esos años de fingir ser el esposo devoto por fin han dado frutos". Carl apenas podía contener su euforia.
Después de todo, esos mismos ejecutivos alguna vez habían sido ferozmente leales solo a Ashlyn.
"Felicidades, mi amor", ronroneó Paulina, acurrucándose en su abrazo. "¿Y qué hay de mí?".
"No temas", le aseguró Carl, deslizando un brazo posesivamente alrededor de su cintura y atrayéndola para darle un beso prolongado. "Nunca olvido mis promesas. Una vez que mi autoridad sea incuestionable, me casaré contigo".
Un destello frío afiló su mirada. "Y cuando llegue ese día, Ashlyn no tendrá más motivos para respirar".
"¡Carl, te amo más allá de las palabras!", exclamó Paulina, radiante de alegría.
Por fin, su paciencia había sido recompensada.
Tomados de la mano, los asquerosos salieron de la habitación como unos enamorados victoriosos, completamente convencidos de su inminente triunfo.
Nadie notó el profundo cambio que se desarrollaba dentro de la silenciosa habitación del hospital.
La forma inmóvil de Ashlyn comenzó a temblar violentamente, como si el odio mismo corriera por sus venas como fuego fundido. Su consciencia, prisionera durante mucho tiempo, se volvió afilada como una navaja, perforando el velo de oscuridad con una claridad implacable.
La sensibilidad regresó gradualmente a las extremidades que habían permanecido inactivas durante años.
Por fin, en la fría soledad de esa estéril habitación de hospital, los ojos de Ashlyn se abrieron de golpe. Tenían un aterrador y sobrenatural destello rojo.
Por fin había despertado.