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Historia
La Herencia de Alba

La Herencia de Alba

Autor: cibene
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Capítulo 1 Chapter 1

Palabras:1556    |    Actualizado en: 20/12/2021

pte

olengo y esmerada educación en las formas sociales. Había aportado al matrimonio el título del marquesado de Lucientes. Mi padre, como era habitual en él, se hallaba en el vagón restaurante, perdido entre el humo de los habanos y las sucesivas copas mientras debatía con otros caballeros aburridos.

¿Cómo te las apañas para

madre resultaba incomprensible que yo fuera carne de su carne y no hubi

legar y salir de

gió instintivamente, pues había renuncia

, geografía, literatura e historia, me introdujo en el maravilloso mundo de las reivindicaciones femeninas; por supuesto, a espaldas de mis padres. Era una mujer muy culta y con conocimiento de idiomas, así que seguía los avances de las mujeres en la lucha por s

ia: erguida, con movimientos pausados y mirada al frente, como si nada de lo que la rodeara despertara su interés. Por el contrario, yo movía la cabeza en todas las direcciones, empapándome de los detalles, de los vestidos,

ara indicarle la carreta que ha alquilado para transportar los baúles. Se

cudido a recogerlos; otros, con una pequeña maleta, caminaban deprisa hacia el exterior. El rigor y la eti

sculpe mi

y los carruajes se concentraban y se afanaban por aproximarse a la puerta de la est

allero a la vez que me cogía de l

encillo y ligero faetón, frenó a nuestro

ed bien? -

l puesto que era obvio que, a pesar de m

gra

frenté a una mirada verde. Se trataba de un hombr

uien a recogerla? -Se p

ramos a que nuestro mayordomo re

ños viajara con sus padres y me ruboricé. Sin

nción si no qui

obedecer, me quedé paralizada contemplando cómo subía al faetón y se acomodaba. Vestía un terno de lino de buen sastre que le sentaba muy bien

a -me aprem

nto junto a la ventana para contemplar las calles, las casas y el mar durante el re

la naturaleza indomable sobre los acantilados. Se respir

ntó mi padre-. Basilio me ha dicho que ha llegado una

abrá vendido el ingenio con todo el di

ma. De ahí las pr

edad

nta y

a a la muerte de la abuela. Más dinero para dilapidar, para vivir sin restricciones, para presumir ante los demás. Con la mirada

ulta muy cansado buscar una de alquiler todos los veranos. Este año, si no ll

ver qué sucede y cuáles

ás in

¿Has olvidado la últi

te beneficioso -constató mi madre

-reconoció mi padre con un dejo de amargura, má

gía. No te angusties -animó mi madre, pero a mí

a, como si brotara de la tierra por arte de magia, aunque, por lo que había leído en la prensa, esa idea se acercaba bastante a lo que estaba sucediendo con el precio del azúcar. Lo llamaban la «danza de los millones». Me refugié en el paisaje y en mis planes de independencia, que llevaba adelante con el sigilo de un furtivo. Si sospecharan en lo que ocupaba mi tiempo,

ó mi padre asomad

dre con un mohín de disgusto-. Y n

l asunto de la casa -claudicó

de Lucientes, se deshizo en una

a dos aguas. Estaba claro que el viejo conde de Valdemoro veraneaba en Santander antes de que rey Alfonso XIII descubriera la ciudad y sus encantos. Las paredes rezumaban humedad y la oscuridad, a

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