Libros y Cuentos de Huo Wu Er
Justicia y Pasión: El Resurgir de Sofía
El último timbre del examen de admisión sonó, marcando el fin de mi maratón como maestra de matemáticas, Sofía Morales. Me desplomé en mi silla, agotada pero satisfecha, hasta que una llamada del director interrumpió mi paz con un tono urgente y sombrío. "Recibí una queja muy seria esta tarde," me dijo, "un grupo de padres te está acusando de dar clases particulares ilegales y pedir regalos a cambio de favores académicos." La acusación me dejó helada, pues era absurda. Pero luego, el nombre de Brenda Guzmán apareció, y con él, un escalofrío: su madre lideraba esta campaña, justo después de que la hija no asistió a mi repaso gratuito y extrañamente "sabía" qué estudiar para el examen. La fría rabia me invadió: "Es por el examen, ¿verdad? Sus hijos salieron mal y necesitan un chivo expiatorio." No solo me agredieron físicamente, sino que reescribieron la historia para hacerme quedar como la villana, la "maestra histérica" que se autolesionó. La injusticia me quemaba por dentro, ¿cómo podían unos padres frustrados destruir mi reputación con base en mentiras descaradas? Mi historial impecable no importaba, la verdad se retorcía bajo el peso del egoísmo y la irresponsabilidad ajena. Cuando la policía llegó a mi casa vandalizada, con la ventana rota y el corazón destrozado, el director me suspendió indefinidamente para "calmar las aguas". Y luego, la estocada final: "Si no renuncias, Elena Guzmán se asegurará de que tu licencia para enseñar sea revocada permanentemente." Acorralada y traicionada, con mi vida y mi pasión pendiendo de un hilo, una decisión helada se formó en mi mente: esto era una cacería de brujas, y yo no iba a ser la víctima. No solo iba a limpiar mi nombre; iba a luchar por la verdad y la justicia.
El Sueño Robado y Mi Venganza
"El Sueño" era mi vida. Junto a Ricardo, construimos un imperio de la nada, un futuro que estábamos a punto de sellar en el altar. Mi vestido de novia, mi obra maestra, representaba quince años de amor y dedicación. Pero en un instante, todo se desvaneció. Valeria, su ex, entró a mi taller, seguida por la hostil mirada de la madre de Ricardo. Vi cómo su mano, con una crueldad helada, derramaba vino tinto sobre mi vestido, manchando no solo la seda, sino cada fibra de mi corazón. "Ricardo siempre me amó a mí", espetó Valeria, mientras mi mundo se derrumbaba y él bajaba la cabeza, cobarde. Luego, la madre de Ricardo sentenció: "Valeria es la mujer que te corresponde, no esta arribista". Me acusaron, me despojaron de mi empresa, de mi identidad. Me obligaron a convertirme en la asistente de Valeria, en mi propio reino. "Diseña un nuevo vestido, uno digno de mí", se burló ella. Sola, con el corazón destrozado, me aferré a la única reliquia que me quedaba: el amuleto de mi abuela. Fui al cementerio, buscando consuelo, buscando una señal. Entonces, sus voces, las mismas que me habían humillado, me alcanzaron. Valeria, con una sonrisa cruel, me arrebató el amuleto y lo estampó en el suelo, rompiendo el último lazo con mi legado. Pero justo en ese momento, una silueta elegante emergió de las sombras. "Yo no lo llamaría inútil, querida", resonó la voz potente de mi abuela. Mi abuela, Elena de la Torre, la leyenda, la que creí retirada. Había estado observando, esperando. "Han cometido un grave error", sentenció, y su voz ya no era la de una anciana, sino la de una reina. ¿El imperio que me robaron será recuperado? ¿O el precio será aún mayor de lo que imaginaron?
El Precio de Hacer Trampas
En mi vida pasada, el día que gané el Concurso Nacional de Arte Flamenco fue también el día de mi muerte. Obtuve mi contrato soñado con el Ballet Nacional, un honor que pocas bailaoras lograban a mi edad. Mis compañeros, gracias a las "predicciones" que yo les di, también aseguraron puestos envidiables. Me llamaron su "salvadora", brindamos con champaña y celebramos juntos. Pero al día siguiente, Scarlett Castillo, la misma a quien había ayudado, convocó a la prensa. Con lágrimas falsas, me acusó de fraude: "Su madre, la jueza principal, le filtró las pruebas". Uno a uno, mis supuestos amigos, incluido Roy Lawrence, el hombre que yo amaba, testificaron en mi contra. Mi premio fue revocado, mi madre, una leyenda del flamenco, fue vetada y su reputación, destrozada. La vergüenza y la traición me aplastaron, convertida en la "tramposa" que había manchado un arte sagrado. No pude soportarlo, así que puse fin a mi vida. Pero luego, desperté. El ruido ensordecedor de la academia, el olor a madera, el taconeo furioso. Estaba de vuelta. "¡Lina Salazar!" La voz chillona de Scarlett. La misma escena, el mismo momento crucial. Esta vez, no solo recordaba las pruebas con un 100% de certeza, sino que también recordaba cada rostro de quienes me traicionaron. Una sonrisa fría se dibujó en mis labios. Querían las pruebas. "¿Quieren saber las pruebas?", pregunté. "Sí, Lina", respondió Scarlett, victoriosa. "Por supuesto", dije. "Pero no de la manera que esperan". Mi venganza acababa de empezar.
No Soy Tu Banco de Órganos
Iván Castillo, heredero de la ganadería Salazar, prometido de la hermosa Luciana y leyenda taurina en ciernes, vivía una vida perfecta, el orgullo de sus padres adoptivos. Pero su mundo se hizo añicos el día que apareció Máximo Salazar, el hijo biológico "perdido" de la familia. De repente, la familia que lo adoraba empezó a verlo como un "usurpador", exigiéndole un riñón para el "delicado" Máximo, acusándolo de robarles todo y tratándolo como un mero banco de órganos. Su prometida, Luciana, le ofreció casarse con él... si donaba. Don Ricardo le escupió que solo lo salvó por su sangre compatible, que su vida les pertenecía. ¿Cómo pudo el amor de veinte años convertirse en un desprecio tan vil y absoluto de la noche a la mañana? Fue en la mesa de operaciones, mientras su cuerpo fallaba y Luciana ordenaba "¡sigan, él puede soportarlo, salven a Máximo!", que Iván Castillo murió, no sin antes escuchar una voz fría: "Misión fallida. Iniciando transferencia a nuevo anfitrión. Nueva misión: Venganza y una nueva vida".
Parientes Viles de Carmen
Después de un año cuidando a mi nieto, lejos de mi Triana y de Mateo, regresé a casa en Sevilla anhelando la paz. Mi sobrina Sofía, con aparente gratitud, me entregó 2000 euros de despedida. Sentía que, al fin, la tranquilidad me abrazaría en mi hogar. Pero esa paz se desvaneció al instante con una llamada. La voz de Javier, marido de Sofía, tronó acusándome brutalmente de robarles el dinero. "¡Era una farsa! ¡Devuélvelo!", gritó sin vergüenza. El silencio cómplice de Sofía, al fondo, fue una puñalada en el alma. Mi año de sacrificio se torció en desprecio y difamación. Corté sus privilegios económicos, bloqueando la tarjeta que soportaba su vida en Madrid. Sofía irrumpió en mi clase de flamenco, humillándome públicamente y atacándome para robar. La crueldad culminó con Javier deseando la muerte a mi Mateo, usando su grave enfermedad cardíaca. ¿Cómo podían ser tan viles? ¿Después de todo lo que les di, solo veían dinero y querían la muerte de mi amor? La rabia helada y la incredulidad me invadieron. Cuando Javier retuvo las pastillas de Mateo, dejándolo agonizando, tuve que ceder, entregando todo. Pero mientras huían, confiados en su triunfo, mi voluntad se forjó. "Policía Nacional", dije con voz inquebrantable al teléfono. "Quiero denunciar un robo con violencia... tengo la grabación de todo." Porque La Carmen estaba de vuelta, y esta vez, la justicia flamenca iba a bailar.
