Libros y Cuentos de Isla Hunter
La Novia Abandonada: Mi Revancha
El día de mi boda, estaba radiante, vestida con el traje blanco que había soñado desde niña. Pero mi prometido, Ricardo, no estaba. Tampoco mi familia. Ni mi madre, Elena, ni mi padre, Jorge, ni mi hermano Mateo. Mientras esperaba, sola en una iglesia casi vacía, mi mundo se desmoronó con una foto en Instagram: toda mi familia sonriendo en el aeropuerto, recibiendo a Valentina, mi hermana adoptiva, y Ricardo con ellos, radiante. Me sentí como un mueble olvidado, una decoración prescindible en sus vidas. El teléfono de Ricardo sonó, y escuché la voz alegre de Valentina de fondo: "¡Ay, qué emoción! ¡No puedo creer que esté de vuelta!" . Luego, él, con una voz evasiva y culpable, me dijo: "Surgió algo. Valentina llegó de sorpresa. Tú eres fuerte, Sofía, tú entiendes". ¿Entender que me dejaste plantada en el altar por ella? Mi padre, Jorge, incluso me dio una bofetada por atreverme a decir la verdad: Valentina es una manipuladora y no tiene asma. Nadie me defendió. Lo que no sabían es que su traición no me iba a destruir. Al contrario, me iba a liberar. Cogí mi maleta, decidida a dejar atrás un pasado que nunca me valoró, para construir mi propio futuro lejos de ellos, como la única chef que realmente importaba: Chef Sofía.
Estéril Es Tu Mentira
El aroma a mole de olla recién hecho llenaba "Corazón de Maíz", mi restaurante con estrella Michelin. Esa noche, el éxito era más dulce por el secreto en mi bolsillo: dos boletos a París para celebrar cinco años con Sofía, mi esposa, a quien creía "estéril" por un diagnóstico devastador. Llegué a su apartamento parisino con un ramo de peonías, soñando con su cara de sorpresa. Pero la sorpresa fue mía: Sofía estaba ahí, con una máscara de pánico y un vientre ¡de seis meses de embarazo! "¿Armando? ¿Qué... qué haces aquí?", susurró, y mi mundo se derrumbó con el ruidoso golpe de las flores al caer. "¿Estás embarazada? ¿Mi esposa estéril?", espeté, pateando las flores en el pasillo mientras ella confirmaba lo impensable. "Nunca fui estéril. Falsifiqué el diagnóstico. No quería hijos, mi carrera despegaba." Cada palabra era un puñal. Y el bebé no era mío. Era de un tal Ricardo Mendoza, un torero, un exnovio. "¿Altruismo? ¡Estás loca! ¡Estás gestando el hijo de otro!", intenté gritarle, pero la rabia me ahogaba. Su argumento de "acto noble" me revolvió las entrañas, mientras mi cerebro intentaba procesar la monumental traición de los últimos cinco años. "O te deshaces de ese niño ahora, o nos divorciamos. Elige", solté, y su pánico se hizo evidente. De repente, un ruido metálico en la puerta: una llave, y apareció Ricardo, el torero, besando su vientre y luego sus labios. "¿Qué haces aquí, Robles? ¿Viniste a prepararnos la cena?", me dijo, con arrogancia, como si yo no existiera. La furia me cegó. "¡Voy a matarte, hijo de puta!", grité, y en ese instante, Sofía me empujó, ¡protegiéndolo a él! Mi puño se estrelló contra su mandíbula. El caos estalló. Él, el "enfermo terminal", me amenazó con hundirme. Justo cuando estaba a punto de golpearlo de nuevo, la policía irrumpió. Ricardo y Sofía, actuando como víctimas, me arrojaron a la cárcel. "Él es mi esposo, pero Ricardo y yo estamos juntos. Armando se volvió loco", declaró Sofía, y me convertí en el villano de su historia. En la celda, una idea se forjó: el verdadero poder no era el dinero ni la fama, sino quienes los controlaban. Había una pieza clave que ellos no esperaban. "No voy a pagarle ni un centavo", le dije al detective. Estaba harto de ser el perdedor. "Lo siento, Armando. Todo se salió de control", me dijo Sofía al día siguiente, pálida y arrepentida. "¿Se salió de control? ¿O simplemente siguió el guion que ustedes escribieron?", le espeté. Pero luego, una sonrisa fría: "Necesitamos hablar. Los tres. En un lugar neutral. Mañana." Ricardo, con aire de magnate, me ofreció un cheque con ceros infinitos para que desapareciera. Lo rompí en pedazos. "Qué generoso para un hombre que se está muriendo", le dije. "Nos falta una persona. La más importante, la que realmente tiene el poder aquí. La que paga por tus cigarros cubanos, Ricardo." Y justo entonces, la puerta de la suite se abrió, revelando a Isabella Vargas, la esposa de Ricardo, "La Viuda Negra".
La Cocinera del Capo
Mi padre, un jugador empedernido, me vendió a Máximo Castillo, el temido líder del cártel, para saldar sus deudas. Mi vida se convirtió en una pesadilla, atrapada en su mansión como su chef personal. Mi única esperanza era ahorrar cada centavo para comprar mi libertad y escapar de este infierno. Pero entonces, apareció Sasha Ramírez, una nueva sirvienta que se autoproclamó la "protagonista" de esta historia. Desde el primer momento, me miró con un desprecio insoportable, arrojó mis escasas pertenencias y tomó mi cama, llamándome "cobarde". Cada día, Sasha intentaba seducir a Máximo con artimañas ridículas, lo que solo le valía su ignorancia o desdén. Su ira creció, y una noche, me quemó la mano con agua hirviendo, advirtiéndome que lo próxima vez sería peor. Lo peor vendría cuando, en un desesperado intento por acercarse a Máximo, Sasha lo incriminó en un crimen que no cometí. Máximo supo de inmediato que yo era inocente, pero la mirada de Sasha, llena de odio y desesperación, me hizo temblar. Con el tiempo, mi vida se entrelazó peligrosamente con la de Máximo, convirtiéndome en su sombra. ¿Sería yo capaz de sobrevivir a este mundo de violencia y celos, o terminaría siendo otra víctima de las fantasías de Sasha y la brutalidad de Máximo?
Mi Sol Se Puso: El Legado de Iván
Mi vida siempre fue ella, Scarlett. Desde que mis padres murieron, mi tutora fue mi único sol, la amaba con devoción. Pero un día, mi mundo se hizo añicos cuando anunció su compromiso con un hombre al que apenas conocía. Máximo, su prometido, no solo me robó el amor de Scarlett, sino que tramó un plan para destruirme. Falsificó mi historial médico, hizo que un doctor corrupto declarara que estaba perfectamente sano, que todos mis síntomas eran un "trastorno alimenticio" para llamar la atención. Scarlett, influenciada por sus mentiras, me desterró de su hacienda, llamando a mi amor una "obsesión enferma" y a mi enfermedad una farsa. No me creyó, la mujer a la que le di mi alma entera me vio como un mentiroso, un farsante, un "estorbo". Humillado, con mi corazón verdadero fallando, tomé una decisión. El día de su boda, en el Día de Muertos, mientras ella celebraba su "felicidad", mi cuerpo se entregaría a la ciencia, mis cenizas se esparcirían en esta tierra de agave. Sería mi último adiós, mi ausencia eterna, su legado.
