Libros y Cuentos de Yin Yan Ni
Mi Corazón de Piedra: Ni Una Mirada Atrás
El funeral de mi hija fue un espectáculo grotesco, empañado por el aire pesado de la hipocresía de la familia de mi marido. Mi esposo, Alejandro, ni siquiera me miraba; en cambio, consolaba a Carmen, la viuda de su hermano, que lloraba delicadamente sobre su hombro, visiblemente embarazada. Pero el horror no terminó ahí: en ese mismo santuario de luto, Alejandro anunció que el hijo de Carmen era la "nueva bendición" de la familia, mientras yo me ahogaba en el dolor. Lo sabía entonces: mi hija, muerta por un plato de setas venenosas que Carmen le había dado, era ahora solo un preludio para el hijo bastardo que crecía en su vientre. Sentí una fría desesperación: me había quitado el anillo de bodas, y el leve tintineo al caer fue un trueno solo para mí, mientras todos celebraban la atrocidad; mi mundo se detuvo, esperando el golpe final. Ese golpe llegó cuando, tras forzarme a cocinar para su amante, Alejandro exigió que le diera mi útero para un trasplante que salvaría a su hijo, revelando que había asesinado a nuestros gemelos conmigo. La humillación, el dolor y la absoluta malicia de sus acciones encendieron una llama oscura dentro de mí, una promesa silenciosa de venganza. Fui abandonada en una bodega en llamas, pero emergí de las cenizas sabiendo que mi plan apenas comenzaba, y que Alejandro pagaría cada lágrima y cada injusticia. Años después, se arrodilló ante mí, un hombre roto y arrepentido, ofreciéndome de nuevo el mundo; pero yo, Sofía, ya había encontrado mi verdadero amor y mi libertad. El anillo de diamantes voló por el aire, un pequeño destello que caía al mar y arrastraba consigo los últimos vestigios del hombre que había sido mi tormento.
Se Acabó Para Siempre
Llevábamos cinco años juntos, una diseñadora y un torero a punto de casarse. Nuestra vida juntos, un sueño andaluz, estaba planeada hasta el último detalle, incluso la boda. Pero en una caseta privada, con el flamenco de fondo, la novillera Sofía, su sombra, lo soltó: "Estoy embarazada... y el padre es Javier". Él no negó nada, solo me pidió aplazar la boda para apoyar a 'su hijo'. El mundo se me vino encima al ver cómo me descartaba por un "accidente". En mi desesperación, cuando el teléfono sonó y era el discreto Mateo declarando su amor y pidiéndome matrimonio, respondí un rotundo "Sí". Al día siguiente, al intentar devolverle su capote olvidado, Javier y Sofía me humillaron, pidiéndome que cosiera su traje como una sirvienta mientras él me despreciaba por ser una "rica que solo sabe coser". Sentí la rabia quemarme el alma: "Se acabó, Javier, para siempre". En la Romería del Rocío, Sofía, celosa, me empujó, fingió un aborto y Javier me dio una bofetada delante de todos. Mateo me rescató de la vergüenza, prometiendo que se lo cobraría. En nuestra boda, Javier irrumpiendo, pidiendo perdón y queriendo "volver a antes". Ahí Mateo reveló que años atrás ya le había dado una paliza por reírse de mí. Javier fue arrastrado, su carrera destruida por mi padre. Sofía, obligada a casarse con él por su propio padre, terminó perdiendo al bebé y se obsesionó conmigo. Cuando Javier intentó huir, Sofía lo persiguió en coche, provocando un accidente fatal para ella y que él quedara discapacitado. Nosotros, Elena y Mateo, ¿qué hicimos? Construimos un imperio de arte y amor. Ahora triunfamos en Tokio, con nuestra "Alma Gitana", mirando las luces y construyendo nuestro propio fuego.
Amor de una Bruja
Yo, Sofía, una humilde curandera de Oaxaca, salvé a la familia de Ricardo de la ruina, entrelazando mi don y mi propia vida con la suya para hacer florecer su vasta hacienda y su imperio tequilero. Fue entonces, con la llegada de su amante Isabela y sus venenosos susurros sobre un "amuleto milagroso", cuando Ricardo, cegado por el engaño, decidió que nuestro propio hijo, el pequeño Mateo, no era más que un objeto para sus oscuros deseos. Sin la menor compasión, le arrancaron las costillas a mi Mateo, dejando que sus desgarradores gritos se perdieran en la hacienda antes de que muriera desangrado, para luego profanar sus cenizas esparciéndolas sin respeto para que los perros las devoraran, y finalmente, él mismo rompió mis manos, negando mi poder y mi existencia. Paralizada por el dolor y la devastación, solo pude observar la inconcebible crueldad de quien juró amarme, mientras mi alma gritaba en silencio por la injusticia de un sacrificio tan puro en aras de una mentira tan vil. Pero en ese mismo instante, los campos de agave bendecidos por mi don se marchitaron, arrastrando al imperio de Ricardo a la ruina, y yo, con mis manos rotas y mi corazón quebrado, me retiré a mis montañas, dejando que el destino, implacable, cobrara su deuda, convirtiéndome en la silenciosa testigo de su merecido final.
