Libros y Cuentos de Zhao Da Da Ha
Las Cenizas de un Amor Prohibido
Mi vida era un puñetazo directo al éxito. Ricardo "El Halcón" Ramírez, el exboxeador legendario de los barrios, había dejado atrás el ring pero no los negocios, acumulando fortuna y una prometida: Sofía. Todo se vino abajo con una llamada anónima, un susurro nervioso del Flaco: "Alguien vendió su información, sus rutinas, sus casas de seguridad... a los cárteles rivales". El frío me recorrió la espalda, no por el aire, sino por la traición. Y luego, el golpe final: escuché su voz, la de Sofía, la mujer que amaba, riéndose con su hermanastro Mateo, admitiendo que ella misma me había vendido. ¿El precio? Doscientos pesos. Menos que una cena. Mi vida, mi honor, reducido a eso. ¿Cómo pudo? ¿La mujer por la que dejé a mi viejo entrenador, por la que fui ciego, sordo y estúpido de amor? ¿Ella me había vendido como a un perro? El dolor era insoportable, pero la rabia, ah, la rabia era un fuego purificador. Ahora era un fantasma, muerto para el mundo, pero con una misión clara: no sería un perro, sino un lobo. Y volvería a morder la mano que me desechó. Que el show apenas comenzara.
La Heredera Que No Pudieron Enterrar
Introducción Me desperté en mi propia cama, el sol de La Rioja se filtraba suavemente por las persianas de mi habitación. Por un momento, el familiar aroma a madera vieja de la bodega llenó el aire, y todo pareció extrañamente normal. Pero entonces, un escalofrío glaciar me recorrió, no del frío, sino de un recuerdo que me heló hasta el alma. Era la vívida pesadilla de estar atrapada en un cuerpo diminuto y peludo, ladrando desesperadamente sin que nadie entendiera mis gritos. El recuerdo pavoroso de ver mi propio rostro, o el cuerpo que una vez fue mío, sonriendo mientras el veterinario inyectaba la letal dosis en una fría y maloliente perrera. Vi a Carmen, la esposa de mi hermanastro, habitar mi cuerpo, celebrando mi muerte con una copa de nuestro mejor reserva. A su lado, mis cómplices: mi prometido, Javier, y mi hermanastro Mateo. Habían intercambiado nuestras almas, todo por la herencia y la bodega familiar que mi padre me había destinado. Fui traicionada por los que más amaba, robada de mi vida y condenada a la agonía de un animal doméstico. La injusticia me quemaba, la crueldad de su plan era simplemente inconcebible. Miré mis manos, eran mis propias manos, no las patas de un cachorro. Toqué mi piel, era la mía, no el pelaje blanco y rizado de un Bichón Frisé. Había renacido. Estaba de vuelta. En el día de mi compromiso, el día exacto en que todo había comenzado. Esta vez, armada con la desgarradora memoria de mi muerte y una sed insaciable de justicia, ellos no tendrían escapatoria.
