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Contrato de amor: Un juego de seducción

Contrato de amor: Un juego de seducción

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Jaded, una joven mujer de 26 años y estudiante de música, quien vive perdidamente enamorada de Evan, decide confesarle su amor a aquel mejor amigo de su universidad. Sin embargo, lo que nunca esperaría es ser rechazada de la peor manera, en aquel lugar que ella consideraba especial para los dos. No obstante, el destino le tendría preparado un sorpresivo tropiezo..., un sorpresivo tropiezo con el arquitecto más codiciado de la ciudad de Los Ángeles, Hope Steven, un guapo, alto y multimillonario heredero, quien, después de descubrir la infidelidad de su novia con uno de sus mejores amigos, regresa a ser el playboy que siempre fue... o al menos, hasta que conoce a Jaded.

Capítulo 1 Matrimonio de amor, el inicio de todo.

* * * * * * * * * * JADED * * * * * * * * * *

—¡Por dios, Jaded! —escucho la voz de mi mejor amiga, Amy—. ¿Puedes bajar un poco el volumen? —reclama un tanto divertida.

—No… —le digo al sonreír divertida—. Me encanta esa canción; la amo —le digo al referirme a “The book” de Alexandre Desplant.

—Pues yo amo poder escuchar —me responde al señalar sus oídos—; así que… —alarga al tiempo en que se dirige a mi estéreo y le baja bastante volumen— ¡listo! —exclama—. Así está mejor —sentencia.

—¡Oye! —le reclamo al mirarla fijamente al tiempo en que me levanto de mi sofá para poder volver a subirle todo el volumen al reproductor.

—Ni se te ocurra, Jaded —me amenaza al pararse frente a mí.

—Quiero mi música —le digo muy seria, pero ella seguía sin moverse.

—No —contesta tajante—. Te dañarás los tímpanos —indica severa—. Y vives de tus oídos —me recuerda; y… y tenía que reconocer que ella tenía mucha razón.

—Está bien —le digo nada contenta—, pero tampoco es para que le bajes esa cantidad de volumen —le indico; y ella sonríe.

—Pareces una niña, Jaded —precisa burlona.

—Lo sé —le sonrío—. Soy insoportable cuando me cortan la música —especifico; y ella sonríe.

—¿Alexandre Desplant? —pregunta de pronto; y yo inhalo y exhalo de manera pesada.

—Sí… —suspiro— Alexandre Desplant —confirmo; y ella sonríe, pero, esta vez, no tan animada.

—¿Qué pasó ahora? —cuestiona al mirarme; y yo no sabía si contarle o no lo que estaba sucediendo.

Siempre había sido una persona bastante hermética y casi nunca (por no decir nunca) solía expresar lo que me sucedía. Por otro lado, tampoco era de hablar demasiado con las personas, lo cual se convirtió en un problema en mi etapa de colegio. Recuerdo que, durante mi primaria (creo que tenía 9 años), una profesora citó a mis padres (en varias oportunidades) para hablar sobre el por qué no hablaba (hubieran visto mi reacción cuando mis padres me hablaron de eso). La profesora asoció, rápidamente, que el que no hablara mucho se debía a que era demasiado tímida o que algo más estaba ocurriendo en mi núcleo familiar. Y aquí debo aclarar algo muy importante y es que, si bien me sentí incómoda cuando me enteré de que mi profesora había citado a mis padres para hablar del asunto, ahora tenía que reconocer que era una gran maestra, ya que uno siempre tiene que estar alerta y atenta, si del futuro de la generación se trata.

Bueno, volviendo al tema principal. Tengo que decir que no era tímida; de hecho, me desenvuelvo bien en exposiciones y, cada vez que me tocaba actuar, recitar algún poema o brindar un discurso, lo hacía sin temor alguno. El asunto aquí es que prefiero mucho más escuchar que… hablar. En cuanto a lo que sucedía en mi escuela primaria, pues… creo que el problema era el ruido originado de los gritos de mis compañeros y compañeras de salón cada vez que teníamos un pequeño descanso en el salón (no me refiero el recreo). No me gustaba el ruido (los gritos); así que, cada vez que había esos recesos, sacaba una de las tantas obras (libros) de colección, que mi papá compraba, y me dedicaba a leer; y, cuando hacía ello, me abstraía del mundo que me rodeaba (solo éramos el libro y yo).

¡Ah!... Y también el niño que me gustaba.

Bueno, el asunto es que no soy tímida y tengo varios argumentos para sustentar aquella hipótesis, pero no los voy a aburrir con esas cosas.

SIN EMBARGO, sí tenía que admitir que solía ser bastante reservada con mis asuntos y conflictos personales.

—¿Jaded? —escucho a lo lejos— ¡Hey, Jaded! —escucho el exagerado tono de voz de “Amy” a la vez que veo cómo se acerca a mí y me mira con su ceño fruncido.

—¿Qué? ¿Qué pasa? —le pregunto al haberme sobresaltado por la fuerza con la que me nombró.

—Pero… ¿a dónde te fuiste? —cuestiona curiosa.

—Lo siento… —le digo al regresar a mi sofá y al tomar los pentagramas, que había sobre aquel, para poder seguir estudiándolos y, finalmente, sentarme otra vez...

—¿Otra vez él, cierto? —me pregunta desde su lugar.

—Todo está bien —le digo; y regreso mi atención a las hojas que tenía en mis manos.

—Jaded…

—Estoy bien, Amy —pronuncio; y sonrío.

—Me gustaría que me tuvieses más confianza —señala ella al caminar hacia mí y sentarse al otro extremo del sofá.

—Confío en ti, Amy —expreso al dejar de observar mis hojas para levantar mi mirada hacia ella—. Y, en serio, aún no ha pasado nada.

—¿Aún? —cuestiona extrañada; y yo sonrío para después inhalar y exhalar suavemente.

—Está bien… voy a contarte —le preciso; y ella sonríe.

—Gracias por la confianza —expresa sincera.

—Gracias por preocuparte —le respondo.

—Eres mi mejor amiga, Jaded —puntualiza segura al acercarse a mí para abrazarme.

Aquel era otro asunto. No me gustaban mucho las muestras de afecto; así que, hasta cierto punto, me resultaban incómodas.

—Al parecer, nunca cambiarás, Jaded —manifiesta Amy de forma divertida al poner distancia entre ambas.

—Lo siento —es lo único que se me ocurre decirle.

—No te preocupes; ya te conozco —sentencia al guiñarme uno de sus ojos—. Ahora dime, ¿qué pasó?

—Pues no lo sé —respondo al mirarla—. ¿Recuerdas a la mujer de la que te hablé?

—Sí —afirma ella—. La estudiante de la otra clase.

—Exacto —le digo.

—¿Qué pasa con ella? —cuestiona interesada.

—Creo que, a él, realmente, le interesa ella —le digo un tanto desanimada; y mi amiga comienza a negar con la cabeza.

—Sabes lo que pienso de eso —menciona muy seria—. Deberías decírselo ya —insiste otra vez con ello.

—No puedo hacer eso —le respondo de inmediato; y aquella me ve muy seria.

—Jaded… —suspira—, no puedes seguir así —señala—. Llevas enamorada de él varios años; ya debiste habérselo dicho hace mucho —concreta.

—Arruinaría la amistad, Amy —refuto al instante—. Y Evan es mi mejor amigo —le recuerdo.

—Pero ¿en dónde quedas tú, Jaded? —interroga frontal—. Estás enamorada de él y, aunque no lo quieras admitir, sé que te duele cuando alguien más aparece en su vida —señala con mucha seguridad—, así como la mujer de la otra clase —añade.

—Amy…

—¿Qué? ¿Lo vas a negar? —me cuestiona seria sin quitarme la vista de encima.

—No —le respondo y… decido abrirme un poco con ella—. Es cierto que me puedo llegar a asentir algo… triste, pero —sonrío— también soy feliz por él —concreto.

—Jaded.

—Lo digo en serio, Amy —expreso muy sincera—. Y más ahora —agrego; y, cuando digo ello, mi amiga me mira un tanto curiosa.

—¿Por qué más ahora?

—Ay… qué hermosa canción —añado, de manera inesperada, al escuchar “There you’ll be” de Faith Hill.

—¿Me estás cambiando de tema? —indaga mi amiga; y yo le sonrío.

—No, claro que no —contesto con honestidad.

—Qué rara eres —indica sonriente.

—Pero así me amas —le digo; y aquella sonríe mucho más para después asentir con su cabeza.

—Es cierto —confiesa—; así te amo —completa—. Pero ahora no te confesaré mi amor —comenta divertida—. Primero, dime “¿por qué más ahora?” —repite su pregunta.

—Porque esta mujer es… distinta —le informo.

—¿Cómo distinta?

—Ella es muy distinta a todas las otra novias y salientes que Evan ha tenido —le preciso.

—¿Por qué dices eso? —inquiere muy interesada.

—Pues… —suspiro; y luego, sonrío— porque creo que… ahora sí, él está enamorado realmente —articulo; y ella se queda observándome fijamente—. Y, desde que conozco a Evan, pues no lo había visto así por alguien —añado.

—Entonces…

—Entonces significa que no tendría sentido que yo le confesase que estoy enamorada de él —concluyo con mucha seguridad—. Solo tornaría la situación muy incómoda y sé que arruinaría nuestra amistad.

—Yo creo que, de todas maneras, deberías decírselo —puntualiza—. Además, ¿no entiendo por qué dices que se arruinaría la amistad que tienen?

—Porque lo conozco —respondo en el acto; y aquella exhala de manera pesada.

—Aun así, creo que deberías decírselo —señala muy seria—. Ya son muchos años —añade.

—Lo pensaré —es lo único que le digo al tiempo en que decido alejarme un poco de ella para poder recostarme en el sofá y así, seguir estudiando mis pentagramas.

—¿Lo dices en serio? —cuestiona.

—Sí, lo pensaré —le repito.

—Bueno, eso ya es un gran avance —precisa ella—. Tanto, que se me hace mentira que lo hayas dicho —agrega; y aquello me hace sonreír.

—Seguiré estudiando —es lo único que le digo.

—Bueno, como quieras —responde ella—. Yo solo venía a recoger un vinilo que dejé en tu habitación —señala.

—Entra, la puerta está abierta —le indico; y aquella asiente para después levantarse del sofá y dirigirse a mi habitación.

Mientras tanto, yo me quedo pensando en el “¿qué pasaría, realmente, si yo le confesara a Evan que estoy enamorada de él?”.

«Y desde hace varios años», añado en mi mente.

—Listo —vuelvo a oír la voz de mi amiga—. Ya me voy —precisa al tiempo en que se acerca a mí y me da un beso en la frente.

Luego, Amy se gira de inmediato y empieza a caminar hacia la puerta para salir de mi departamento.

—Amy —la llamo; y ella voltea para poder verme.

—¿Qué paso? —cuestiona relajada.

—Estás olvidando tu llave de emergencia —le digo al señalarle la llave que le di de mi departamento (la cual estaba en el sofá).

—¡Ay! ¡Cierto! —exclama ella; y se acerca a recogerla—. Bueno, ahora sí me voy —precisa y, en menos de 10 segundos, ya desapareció de mi sala.

Cuando mi amiga sale, ya puedo respirar un poco más tranquila. Esto debido a que, si bien Amy deseaba darme un buen consejo, la sola idea de imaginarme frente a Evan contándole todo lo que sentía por él, me aterraba. Nunca había hecho eso y, sinceramente, me daba un poco de temor.

Paso las horas sentada en mi sofá, caminando por mi sala, echada en mi cama o recostada en el piso con mis piernas apoyadas en la pared mientras continúo revisando cada pentagrama que tenía en mi mano, ya que, en pocos días, tenía evaluación en piano. Quería que todo saliese bien; sin embargo, el pentagrama que había mandado a revisar el profesor no me convencía del todo; así que estaba aventurándome a hacerle unos pequeños arreglos.

—Ah… —suelto un suspiro al estar echada sobre mi piso con mis piernas elevada a la pared— solo espero que no me desaprueben por esto —manifiesto con deseo al hacer unos apuntes con mi lápiz y corregir una que otra nota o tempo.

Estoy muy concentrada en aquella tarea hasta que escucho cómo mi celular empieza a sonar.

—Ahora no —digo en forma de queja, ya que estaba trabajando; así que no me gustaba que me molesten—. ¿Por qué no apagué el celular? —me reclamo al tiempo en que empiezo a ponerme de pie para dirigirme a mi habitación (lugar de donde provenía el sonido y donde recordaba haber dejado mi móvil).

Cuando llego a mi habitación, voy hacia mi tocador y tomo mi celular (el cual estaba encima de aquel).

Al ver quién era, no puedo evitar sonreír…

«Evan», repaso su nombre en mi mente y, sin perder más el tiempo, llevo mi móvil a mi oído.

—Hola —contesto su llamada a la vez que me dirijo a mi cama (la cual estaba apegada a la pared en la que había una pequeña ventana) y me acuesto en ella para después elevar mis piernas y posar mis pies en la pared (mi típica costumbre).

—Jaded —me saluda animado.

—Evan…

—¿Qué tal? ¿Qué haces? —me pregunta.

—Pues… —alargo al tiempo en que veo mis pentagramas— aquí, estudiando —completo—. ¿Y tú? ¿Qué haces?

—Estoy en la facultad —me comenta—. ¿Vienes? —me pregunta— Para estudiar juntos —me propone; y yo sonrío.

—Estoy en mi departamento —le digo (el cual estaba un poco alejado de mi universidad).

—Creí que estabas por aquí —me menciona—. ¿No la haces venir? —interroga.

—Pues… no estoy segura —le digo sincera—… aunque

—¿Aunque?

—Aunque, ahora que lo recuerdo —hablo a la vez que me levanto de mi cama para dirigirme a mi escritorio— Sí —digo de pronto—. Tengo que ir a la universidad.

—¿Qué pasó?

—Olvidé que tenía que devolver un libro —le comunico—; así que tengo que regresar.

—Bien, ¿entonces te espero en cafetería?

—¿Para repasar las notas? —le pregunto.

—¿Qué notas? —cuestiona él de forma interesada.

—¿Qué notas? —repito su pregunta de forma divertida.

—Nooo… —articula— Dime de qué me estoy olvidando ahora —me pide preocupado; y yo me río a la vez que camino hacia mi pequeño armario para tomar un polo y un jogger.

—Este fin de semana tenemos evaluación en piano, Evan —le recuerdo sonriente mientras pongo el celular en alta voz y lo coloco sobre mi tocador.

—Estoy muy distraído —precisa divertido.

—Siempre has sido así; no sé de qué te sorprendes —le respondo burlona al empezar a cambiarme de ropa; y solo escucho cómo él se ríe.

—¿Entonces nos vemos en cafetería? —cuestiona nuevamente.

—Mejor veámonos en la sala de música —le propongo—. Y, de paso, aprovechamos para practicar un poco —añado.

—Entonces en la sala de música será—sentencia.

—Bien… —suspiro— estoy ahí en una hora entonces.

—Ya, te espero entonces —me dice—. Tengo que contarte algo también.

—Bien —sonrío—, no demoro entonces…

—Nos vemos entonces…

—Nos vemos —respondo; y luego de ello, cuelgo para terminar de vestirme.

Luego de casi una hora, llego a la universidad y me dirijo con rapidez a biblioteca. En aquel lugar, devuelvo el libro que pedí prestado y, sin perder más segundos, voy rumbo a la sala de música. Al llegar a aquella, camino hacia una sala de piano en especial (la siete, ya que esa es la que habíamos elegido Evan y yo para ser nuestro punto de encuentro cada vez que necesitábamos hablar o estudiar).

Cuando llego a mi destino, puedo ver que él ya se encontraba sentado frente al piano…

—Hola —lo saludo; y él voltea y me sonríe.

—Llegas tarde —me dice; y yo sonrío.

—Solo… —observo mi reloj— tres minutos —le señalo al regresar mi mirada a él.

—No deja de ser tarde —responde con naturalidad; y yo solo me limito a rodar mis ojos.

—Mejor empecemos —le formulo a la vez que me siento a su lado (compartíamos el banquillo).

—¿Con qué quieres empezar? —me cuestiona al mirarme fijamente; y, en eso, aprovecho para repasar su rostro.

—No sé… —me encojo de hombros— se supone que debemos practicar los pentagramas que Brown nos dejó para la evaluación de este viernes.

—Sí, tienes razón —indica al tiempo en que se pone pensativo—, pero, tal vez, podemos aprovechar para tocar otras cosas.

—¿Qué propones? —le pregunto al mirarlo.

—No sé… sorpréndeme —menciona con una sonrisa en su rostro.

—Está bien —suspiro; y me coloco en el centro del banquillo. Mientras tanto, él se acomoda un poco más al extremo de aquel—. Ahí voy —añado al cerrar mis ojos; y, casi de inmediato, empiezo a reproducir las notas de “Historia de amor” bajo la interpretación de Richard Clayderman (uno de mis pianistas favoritos).

—Una de tus favoritas —escucho que comenta Evan; y sonrío mientras continúo tocando el piano.

Amaba este tema; y sí… era uno de mis favoritos. Cada bendita nota era perfecta para mí y amaba reproducirla cuantas veces podía y más… frente a Evan.

—Debo confesarte algo —me dice mientras yo sigo disfrutando de las melodías que trataba que fueran perfectas—. Hoy… —susurra, a la vez que yo sigo moviendo mis manos sin decir palabra alguna.

—Hablé con Carrie —me dice; y el solo escuchar su nombre… me hace sentir un tanto extraña

«Carrie», repaso en mi mente.

—No sé qué hacer —reconoce ante mí—. Creo que está saliendo con alguien y… —se queda callado.

Mientras tanto, yo seguía en lo mío, pero el que solo mencionara su nombre, casi provoca que me distraiga.

—Yo la quiero —manifiesta de forma sorpresiva; y, cuando dice ello, no puedo evitar quebrarme un poco por dentro (pero no lo demuestro). Luego, me pongo a pensar y recordar en que él nunca, en todos los años que lo conozco, había dicho querer a alguien; y eso… eso era una señal más de que, realmente, Evan, esta vez, sí estaba muy enamorado.

«Enamorado… Evan… enamorado», me digo en silencio; y sonrío de forma discreta sin dejar de tocar el piano.

—Pero creo que ya está con alguien —añade; y aquello me toma por sorpresa también—. Y ahora… —suspira— ahora tengo miedo de decirle que la quiero—confiesa; y puedo sentir algo de tristeza en él; y eso, al fin y al cabo, no me gustaba.

—Así que ya no se lo diré —sentencia; y, en ese momento, dejo de tocar de forma intempestiva.

Continúo con mis ojos cerrados y aprovechando el momento para meditar bien lo que le iba a decir.

—¿Jaded? —me nombra extrañado— Jaded…

—No hagas eso —le digo firme.

—¿Qué? —susurra él; y, en ese momento, decido abrir mis ojos para poder girarme y verlo.

Cuando lo hago, puedo observar que aquel me mira de forma curiosa y tenía su entrecejo levemente fruncido.

—No hagas eso —repito al mirarlo a sus ojos (los cuales amaba).

—Jad…

—Evan… —lo interrumpo al tiempo en que poso mi mano sobre la que él mantenía en una de sus piernas— díselo —le digo firme—; no te calles —preciso muy seria.

—Pero Jad…

—Tú me comentaste, hace un tiempo, que ella estaba enamorada de ti —le recuerdo; y él asiente—. Y también recuerdo que, hace unos días, me dijiste que, probablemente, ella seguía interesada en ti.

—Sí —responde él en un susurro.

—Díselo, Evan —le digo una vez más.

—¿Por qué?... —interroga en un siseo— creo que ella

—Yo también creo que aún le interesas —le digo muy sincera—. He visto cómo te mira las veces en las que hemos estudiado juntos —le doy a conocer al seguir viéndolo fijamente—. Le gustas, Evan —le digo—. Estoy… completamente segura de eso —le señalo con firmeza.

—Pero…

—No lo pienses tanto; arriésgate —le pido—. Creo que tienes todas las de ganar y; además, la ayudas a ella —le digo; y luego, sonrío.

—¿Por qué dices eso?

—Porque si el otro hombre en el que ella dice estar interesado es Blake, pues no es cierto —manifiesto tajante; y aquel sonríe.

—¿Cómo supiste que era él?

—¿En serio me estás preguntando eso? —interrogo al arquear una de mis cejas; y él sonríe.

—Se me olvidaba con quién estaba hablando… —susurra él al mirarme.

—Díselo, Evan —le pido una vez más; y él me sonríe para, finalmente, asentir.

—Eres la mejor amiga del mundo, Jaded —expresa con honestidad al estrechar la mano que yo había puesto sobre la suya—. Me encantaría abrazarte —me confiesa sonriente—, pero sé que no te gustan los abrazos —me dice; y yo asiento en modo de agradecimiento.

Y sí… no es que no me gustase recibir algún abrazo por parte de Evan, pero prefería evitarlos.

—¿Seguimos estudiando? —me pregunta.

—Creo que… —susurro— creo que deberías dejar de perder el tiempo e ir hablar con Carrie —pronuncio con seguridad; y aquel sonríe.

—Sí, eso haré —contesta sonriente—. Creo que ya va a salir de su clase —me informa—. Voy a buscarla ahora —sentencia; y se acerca para arme un beso; y luego, irse.

Cuando Evan se ha marchado, por fin, puedo soltar todo el aire contenido. No podía describir cómo me sentía; solo sabía que…

«Fue lo correcto», sentencio en mi mente; y, luego de ello, me levanto del banquillo y tomo mi pequeño morral para salir de la universidad e ir a caminar un poco, ya que sentía la necesidad de hacerlo, pues deseaba pensar.

Llevo más de dos horas caminando por la ciudad hasta que me detengo frente a un hermoso parque. Ahí, decido sentarme en una de sus bancas para poder escuchar música y seguir pensando.

Luego de haber elegido la banca, la cual estaba ubicada frente a una hermosa pileta, me coloco mis audífonos y elijo una canción para escuchar (en esta ocasión, “Stuck on you” de Lionel Richie es la elegida).

—Fue lo mejor —siseo al tiempo en que un suspiro abandona mis labios; y después, sonrío un tanto triste.

Luego, solo empiezo a observar el parque en el que me encontraba. Este era verdaderamente hermoso y, si bien había mucha gente en aquel y, por lo tanto, ruido, creo que tenía la posibilidad de convertirse en uno de mis favoritos. No acostumbraba a venir por este lugar, muy raramente lo hacía (incluso, creo que la última vez que pasé por aquí fue hace más de un año).

—Bueno… —exhalo con suavidad— pero ahora eres el elegido para ahogar mi pena —le digo al parque como si pudiera escucharme.

«Definitivamente, estás demente, Jaded», me digo en silencio; y sonrío.

Sigo observando el lugar con mucho detenimiento y atención hasta que, de pronto, mi celular suena.

«Ahora, ¿quién será?», pienso a la vez que abro mi morral para sacarlo de ahí.

Cuando lo tengo en mis manos, lo enciendo rápidamente y puedo ver que hay un mensaje de Evan, el cual reviso en el acto y…

* * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * *

Tenías razón, Jaded : )

Ella seguía enamorada de mí.

Ya somos novios.

* * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * *

Termino de leer y… me congelo.

Creí que vivir enamorada de Evan por muchos años y haberlo visto coquetear con varias mujeres; así como el hecho de que me contara cómo iba su relación con aquellas, fuera suficiente como para haber pensado en que, cuando este día llegara (que se enamorara de verdad de alguien; y que ese alguien no fuese yo), pues estaría como “anestesiada”, que no me afectaría mucho; sin embargo…

«Me equivoqué rotundamente», preciso en mi mente a la vez que empiezo a sentir algo en mi mejilla.

«¿Qué pasa?», me pregunto extrañada, en silencio, a la vez que llevo mi mano derecha hacia uno de mis pómulos y, con ello, me doy cuenta de que había empezado a llorar sin siquiera pensarlo.

Limpio suavemente mi mejilla y pómulo con mi mano; y luego, pongo esta frente a mí para empezar a observarla con detenimiento.

—Lágrimas —susurro al verlas con atención (Así como si nunca antes las hubiese visto).

—Debo regresar a mi departamento —sentencio, de pronto, e, inmediatamente, me levanto de la banca en la que estaba sentada y empiezo a caminar (a paso apresurado) rumbo a aquel.

Doy unos cuantos pasos hasta que, cuando estoy pasando por la pileta del parque, siento cómo alguien me golpea con mucha fuerza… tanta que…

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