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Libertinaje

Libertinaje

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42 Capítulo
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Alessandra Addison creció en un entorno conservador, creyente y sumamente religioso. Dedicó toda su niñez y adolescencia a la iglesia, asegurando que a su mayoría de edad sería monja. A los dieciocho años recibió una carta de admisión a uno de los monasterios más importantes de Canadá. A su llegada se encuentra en un mundo totalmente opuesto a lo que ella se imaginó, situaciones que la llevan al límite: sangre, mafia y sexo es algo que no esperas encontrar en un lugar sagrado. Jayden Glass es el causante de todo esto. Él le enseñó el mundo oscuro que se ocultaba tras esas paredes. Y ahora solo queda dos cosas, huir o hundirse con él.

Capítulo 1 Primer día

Alessandra

Horas después de haber entrado al monasterio, supe que no era uno

convencional, no solo se trataba de un convento para postulantes a monja, si no

también que la enorme instalación se dividía en tres: un grupo de estudiantes

menores entre 12 y 17 años en su totalidad huérfanos en su mayoría niñas. Y un

área en donde también se instruía monaguillos.

Todas las zonas estaban muy bien distribuidas. Primera regla: todas teníamos

prohibido la entrada a la zona “B”, (donde se encontraban los monaguillos), y a

la zona “C”, (orfanato), solo podíamos entrar con algunas de las hermanas

autorizadas.

Me sentía totalmente perdida con tan solo mirar lo enorme que era el

convento. Todos estábamos aquí por una razón: entregar nuestras vidas a Dios,

no estaba bien codiciar lo material, pero era inevitable no apreciar el lujo

que nos rodeaba, todo estaba inspirado en los años 30, sin embargo, se mantenía

en perfectas condiciones, era un castillo en toda la extensión de la palabra, o

quizás una mansión.

La hermana Dolores nos entregó una bolsa blanca con la ropa que deberíamos

vestir, una biblia y un rosario. Todas íbamos ordenadamente detrás de ella

mientras nos enseñaba las instalaciones, a qué lugares podíamos ir y a cuáles

teníamos estrictamente prohibido la entrada.

Súbitamente nos detuvimos.

Todas las postulantes nos acomodamos en bancos vestidas con una sotana azul

marino. Mirábamos concentradas a la hermana Dolores: una de las encargadas más

antigua en la institución, con raíces latinas y un respeto admirable por todos

los miembros de la institución. Después de casi 6 meses al fin estaba

aquí en el monasterio de Santa Clara. Alrededor de 150 jóvenes tan ilusionadas

como yo esperábamos entregarnos por completo a Dios. Después de hacer la señal

de la cruz y esperar unos minutos, nos encaminamos hacia nuestros aposentos.

—Aquí termina el recorrido, como os he mencionado las reglas son muy

específicas y meticulosas. Por ende y por obediencia a nuestro señor

respectadla —comentó la hermana Dolores—. Ahora os entregaran una celda e irán

al comedor, pronto caerá la noche, y recuerden que a la 20:00 en punto todas

deben encerrarse en sus celdas y sumirse en oración con el señor.

Nos incorporamos y nos dividieron en dos grupos las más jóvenes nos iríamos

con la hermana Carmen y el resto con la hermana Dolores. Cada una con un

rosario en la mano y con la cabeza gacha seguimos a pasos lentos a la hermana

Carmen, una mujer de unos 39 años, vestía una sotana negra con blanco y un

rosario colgando en su cuello.

Entramos por un pasillo largo y ancho, las paredes eran de ladrillos

antiguos muy bien conservados. Mientras caminábamos noté que el pasillo estaba

lleno de puertas de maderas. La hermana Carmen tomó un llavero y procedió abrir

las puertas asignando una habitación para dos chicas. Todas tenían un número

sobre la puerta y cada número una cruz a su lado.

—Esta será su celda, recuerden rezar y leer la biblia, mantener la comunión

con Dios como les explicó la hermana Dolores —recordó la hermana Carmen, a mí y

a la que sería mi compañera de celda.

—Amén —susurré. La chica que estaba a mi lado se limitó asistir con la

cabeza, manteniendo los ojos en la nada y apretaba contra su pecho el rosario.

La hermana Dolores se retiró con el resto del grupo de chicas. Y mi

compañera y yo entramos. Habían dos camas individuales, ambas cubiertas con una

manta marrón a juego con la almohada. A mi derecha estaba un crucifijo y al

lado de una mesa una biblia como centro de ella. Solo teníamos un pequeño

armario para nuestras cosas y no había mucha privacidad.

Me arrodillé frente a mi cama y tomé el rosario.

—No quiero estar aquí —murmuró la voz de mi compañera.

La miré.

—¿Entonces por qué estas aquí?

Ella se abalanzaba de adelante hacia atrás abrazada a su rodillas en una

esquina de la cama en posición fetal. Sus ojos apretados mientras tarareaba una

alabanza en otro idioma.

Me incorporé sentándome a su lado, y puse una mano en su rodilla para que se

tranquilizara.

—Tranquila, los primeros días son difíciles pero todo se hará más llevadero

—la animé.

Ella me miró con los ojos llorosos, enseguida supe que aquella chica

arrastraba un pasado que la atormentaba.

—Gracias —agradeció limpiándose la nariz con el dorso de la sotana—. Estoy

aquí por que solo en la iglesia puedo encontrar un poco de paz.

—¿Quieres que recemos un padre nuestro? —propuse. Ella asintió, y ambas nos

arrodillamos frente a su cama.

Unos minutos después, podía escuchar como las puertas de las celdas de mis

compañeras eran abiertas, ya se disponían a ir al comedor. Hice la señal de la

cruz antes de incorporarme.

—¿Vienes? —pregunté. Ella negó con la cabeza, pero escuché su estómago

rugir.

—Prefiero quedarme a rezar un poco más —aseguró apretando sus ojos y

juntando sus manos en plegarias.

—¿Cómo te llamas? —pregunté.

—Sofía.

—Yo Alessandra —susurré. Volví a escuchar su estómago y miré hacia la

puerta—. Voy a ir al comedor también trataré de traerte algo de cenar, ¿de

acuerdo?

Ella asintió y yo procedí a salir.

El pasillo estaba casi desierto. Apenas veía rastros de algunas chicas a la

salida y apresuré mis pasos para unirme al grupo.

Llegando al comedor todas tomaban una bandeja y ordenadas desfilaban por un

buffet donde solo te servían lo que ellos consideraban. Me uní al grupo y

cuando tocó mi turno me senté en una de las mesas.

Una de las hermanas presente bendijo los alimentos y el resto comenzó a

comer en silencio. Yo pensaba en Sofía, de seguro no podía sacar una bandeja de

aquí y me daba vergüenza preguntar, todo parecía tan solemne que opté por

llevarle un poco de mi plato y evitar una llamada de atención.

Guardé mi pan, y un poco de jamón en una servilleta. Instantáneamente sentí

que estaba menos observada, me escabullí a pasos rápidos hacia la puerta. El

motivo principal de todo era que teníamos prohibido salir del comedor antes de

las 20:00 y a esa hora iríamos directo a los aposentos.

Caminé con prisa sintiéndome un poco perdida entre los pasillos, giré en la

primera esquina, chocándome de bruces con un chico. Iba vestido de negro, sus

rasgos eran fuertes y un tamaño considerable entre la media.

—¿Quién eres? —balbuceé—. ¿Qué haces aquí?, está prohibido estar en esta

zona son reglas es un pecado —dije sobresaltada.

Él me miró con una amplia sonrisa y tiró de mi mano haciendo que mi espalda

quedara contra su torso y cubrió mi boca con sus manos.

—Shhh… —susurró cerca de mi oído. Intenté moverme, ¿qué estaba haciendo?

Pero en seguida noté el sonido de unos pasos, algunas de las monjas pasaban

cerca de donde estábamos, hablaban entre ellas y reían.

Cuando los pasos se alejaron, el chico me soltó y se dispuso a irse. Lo

seguí.

—No has respondido a mi pregunta, no puedes estar en la zona “A" esta

prohibido para ti.

El chico me ignoraba y parecía tener prisa. Yo miré hacia atrás mientras lo

seguía, me estaba alejando demasiado de mi habitación y corría el riesgo de

perderme, que una de las hermana superioras me encontrara y me pusieran en

penitencia por desobedecer el primer día. De repente el chico se detuvo

clavando dos pares de ojos marrones claros en mí.

—A partir de aquí ya no puedes acompañarme, y deberías de volver a tus

aposentos antes de que te metas en problemas —aseguró, poniendo la mano sobre

el pomo de una puerta negra.

—¿Qué hay detrás de la puerta y por qué no puedo pasar? —interrogué.

Demasiada curiosa—. ¿Quién eres?

Él sonrió de lado.

—Jayden. Se perfectamente en donde estoy metido, pero estoy seguro que tu

no. Este no es un lugar para ti, me refiero a donde voy a entrar, deberías

volver con las demás.

—¿Por qué? —insté ignorando sus últimas palabras—. ¿Qué hay detrás de la

puerta?

Jayden torció el gesto nada contento con mi interrogatorio.

—Libertinaje.

—¿Qué? —balbuceé.

—Una especie de club donde todo está permitido. Yo no debería de contarte

esto es una asociación secreta que costa de 67 habitaciones, por los 66 libros

de la biblia cada uno está destinado a una habitación diferente dependiendo

como sea el nombre de la biblia que lleve, viven bajo sus normas, sus reglas

por ejemplo: en Génesis, todos van desnudos y se permite lo básico beso y sexo.

Conforme va pasando los nombres bíblicos cada uno tiene cosas únicas que te

llevan a la frenesí.

—¿Lo básico? —Pestañeé varias veces—. ¿Y el último?, la biblia tiene 66

libros y has dicho que habían 67 habitaciones —pregunté con una voz ausente. No

creía lo que estaba escuchando. Es algo que no se cuenta algo que debes ver con

tus propios ojos.

—Nunca he llegado a ese pero dicen que es el más fuerte de todos. No todos

resultan interesantes, pero algunos son el completo infierno, locura y

libertinaje sin control.

Mis pierna estaban temblando y mi corazón latía más despacio casi ausente.

—No puedo creer lo que me cuentas es…

—¡Viene alguien!, vete —ordenó, y visualicé que miraba detrás de mi con

preocupación.

Con la cabeza gacha me encaminé en dirección contraria a donde se escuchaban

los pasos. Escuché una voz una de las monjas me gritaba que me detuviera. Doblé

por unos de los pasillos, corrí hasta conseguir perderla, iba de espaldas así

que dudo que me haya visto. Terminé saliendo al centro del jardín principal es

el centro que conecta todas las zonas, un especie de jardín enorme donde suelen

pasear las monjas, todo plano a excepción de una fuente central.

Entré a la zona “A" escuchando un grupo de murmullos, las chicas

volvían a las habitaciones. Los pasillos estaban muy oscuros a pesar de que

habían algunos focos en la zonas. Corrí para unirme al grupo. Entramos en

nuestros aposentos, minutos después escuché como ponían llaves a las puertas.

Trastornada me encaminé hacia mi cama y me persigné varias veces. «Padre

santo que es este lugar».

—¿Estás bien? —quiso saber mi compañera de celda.

Asentí con la cabeza y le entregué el pan que había traído para ella, estaba

tan tensa que el pobre pan estaba machacado. Ella lo tomó agradecida se refugió

en su espacio y luego volvió a rezar. Yo intenté hacer lo mismo pero no podía,

no podía rezar tranquilamente sabiendo lo que sucedía bajo mis pies.

Sofía dormía un poco inquieta pero al menos lo hacía a diferencia de mí, las

2 de la mañana y no había logrado pegar un solo ojo, no dejaba de pensar en el

pecado y todo lo que se estaba desatando bajo mis pies, y lo que más me

preocupaba era que una parte de mí necesitaba comprobar con mis propios ojos lo

que me había contado Jayden. Tenía muchas preguntas sin respuesta y solo Jayden

podía contestar a todas, necesitaba encontrarlo, volver hablar con él.

Un quejido en forma de clamor resonó del otro lado de la puerta. Me acerqué

temblorosa con el rosario en las manos buscando protección. Todo esto era una

abominación, siempre dediqué toda mi vida a la iglesia y tengo más que claro

que fuera o dentro de ella todo esto está mal.

Pegué mi oreja a la puerta escuchando voces, parecían de jovencitas.

Parecían negarse a ser llevadas a donde sea que estaban siendo trasladadas. Más

de unas, eran varias voces, Dios padre, las niñas del orfanato. Mis labios

apretados, una garras afiladas aruñando mi garganta. No podía creer que

llevaran niñas a ese lugar. Cubrí mi boca para no sollozar. Las voces se fueron

alejando hasta no escucharse.

Después de dar vueltas por un largo rato terminé arrodillada frente a mi

cama, rezando con los ojos muy apretados buscando desaparecer todas las

suposiciones que se habían creado en mi cabeza, comenzando a rezar con

desesperación.

***

Sentí una mano en mi hombro sacudirme con delicadeza, instantáneamente me di

cuenta de que había amanecido.

—Ya es hora de ir a misa —comentó Sofía—. Te has perdido el desayuno,

no te molesté por que pensé que quizás querías ayunar.

Asentí incorporándome. Me había quedado dormida y ya eran las 9:00.

—Gracias, tuve una noche difícil.

—Yo también, tuve unas cuantas pesadillas —confesó.

Asentí y mientras ella se iba hacia la puerta yo me dispuse arreglarme para

ir a misa. Nada de esto tenía lógica y si solo fue una pesadilla. Como podían

actuar así sabiendo lo que pasaba por las noches.

Después de cambiarme la sotana azul marino por

una marrón oscuro me uní al grupo de chicas que salían ordenadas hacia la

parroquia. Un edificio grande con una forma un poco diferente a lo tradicional,

tenía dos puertas grandes de caoba, al entrar todo era tan inmenso y una

decoración tan extravagante que me recordaba al vaticano.

Habían tres hileras de bancos largos una al lado de la otra dejando un

pequeño pasillo de por medio, y la nave central que sería por donde pasaría el

sacerdote. La hermana Dolores nos indicó colocarnos en la hilera que marcaba la

letra “A", y entendí que cada hilera pertenecía a cada grupo de la zona.

Los monaguillos entraban a la hilera “B”, y los niños a la “C”.

Una vez todos acomodados el padre comenzó con la misa, pero yo estaba más

pendiente a encontrar a Jayden.

—En el desayuno se rumoreaba que alguna de la postulante a monja se escapó

del comedor a noche —confesó Sofía a mi lado, y terminó realizando la señal de

la cruz en varias repeticiones.

—¿Saben quien es? —pregunté nerviosa.

—No, la hermana Carmen no logró ver de quien se trataba. Pero dicen que si

descubren quien es podría ser expulsada.

Asentí mirando hacia la puerta hasta que vi entrar a Jayden. Lo seguí con la

vista hasta que se sentó en el antepenúltimo banco.

—Iré a rezar en la parte de atrás —comenté incorporándome. Me moví

sigilosamente tratando de no llamar la atención. Al llegar a la parte de atrás

me senté en la esquina que se aproximaba a su lado. Con la cabeza gacha y el

rosario en la mano susurré:

—Jayden…

—¿Qué estas haciendo?, no podemos hablar podrían vernos y meternos en

problema —susurró serio.

—Lo sé, pero necesito que hablemos —pedí apurada—. Anoche escuché ruidos,

eran niñas…, pedían ayuda ¿A dónde las llevan y por qué?

Alcé la cabeza mirándolo de reojo.

—No es el mejor lugar para hablar de esto —aseguró mirándome de soslayo y el

ceño fruncido.

—Quiero entrar… —balbuceé sin pensar.

Jayden me miró de súbito, tan sorprendido como yo, y señaló a la salida.

—Ven…

Él salió primero. Y yo comenzaba arrepentirme de lo que le acababa de

proponer. Asegurándome de que nadie me vería, salí. Él estaba en una esquina,

dentro del la zona B.

Llegando a su altura me encaminó hacia una zona un poco más desierta, y

cerró la puerta.

—No puedes entrar, no te conviene y de saber que eras tu la que merodeaba

los pasillos anoche podrían matarte.

Tragué saliva.

—Sé que está mal, pero quiero unirme al club de ser así no podrían

matarme, ¿no? —pregunté temblorosa.

—No es tan fácil entrar. Si no te ganas el sello no puedes ser parte del

club.

—¿Cuál sello?

Él remangó la manga negra de su sotana. Una serpiente negra muy bien

dibujada estaba tatuada en el lado interno de su muñeca. Lo miré sobresaltada.

—Es el código para poder entrar, la mayoría de las monjas y los sacerdotes

incluidos monaguillos que llevan tiempo aquí los llevan —explicó como si nada—.

Este sello se gana.

—¿Cómo?

Jayden frunció el ceño y negó con la cabeza.

—Esa información no te la puedo proporcionar, es confidencial solo para

miembros, pero sí puedes entrar conmigo. Te llevaría a la puerta 1. Eso si,

debes participar.

Torcí el gesto sin dejar de mirar sus ojos marrones claros, en esta posición

brillaban un poco más incluso su pelo castaño parecía resplandecer por la luz

que nos enfocaba.

—¿Participar?

—Ir desnuda, besos y sexo… Lo básico —aclaró con un brillo lujurioso.

—¿Puedo pensármelo? —siseé. Él frunció el ceño desencantado—. Yo nunca he

estado con un hombre, siempre me guardé para Dios, no es tan fácil, sería mi primera

vez, y no es normal que me pidas una orgía —protesté.

—No te pido una orgía, dentro solo pueden hacer lo que quieran los miembros

lo que poseen el tatuaje. Como mi invitada solo estarías conmigo, yo sería tu

primera vez —matizó en un tono perverso y un brillo morboso en las pupilas.

—Quieres acostarte conmigo y ni siquiera sabes mi nombre —recalqué,

indignada.

—¿Cuál es? —Pronunció sin mucho interés.

Fruncí más el ceño, yo no vine a nada de esto, pero si quiero saber qué es

todo lo que se esconde ahí abajo, esta es una oportunidad.

—Alessandra —respondí, alejándome yendo hacia la puerta—. Me lo pensaré.

—No —dijo. Me detuve y lo miré—. Ya no puedes echarte atrás sabes demasiado

de la organización y eso es un peligro.

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