Y ahora, están atados por un contrato.
Un matrimonio forzado. Un año entero bajo el mismo techo. Una condición impuesta por sus familias para proteger reputaciones, asegurar fortunas... y sellar una alianza que ninguno de los dos desea.
Pero la verdadera batalla no es el matrimonio.
Es sobrevivirse.
Cada día se convierte en un campo de guerra: discusiones que arden, silencios que asfixian, provocaciones que rozan lo intolerable. Todo parece empujarlos al borde de la ruptura... y, sin embargo, hay algo más. Algo que se desliza entre el odio y la tensión. Algo peligroso. Algo que ninguno quiere nombrar.
Porque a veces, la línea entre el odio y el deseo es demasiado delgada.
Y vivir tan cerca... puede cambiarlo todo.
El día de la firma, frente al juez, ambos compartían el mismo pensamiento:
¿En qué momento sus vidas se torcieron hasta llegar ahí?
Porque si algo tenían claro, era esto: siempre se habían odiado.
Alexa aún recordaba al niño insoportable del preescolar. Henry Carrington, con esa sonrisa arrogante y esa manía de empujar, provocar y hacer llorar a cualquiera que se cruzara en su camino. Fue entonces cuando ella tomó una decisión que marcaría su vida: convertirlo en su enemigo.
Y lo cumplió.
A lo largo de los años, Henry no perdió oportunidad para atormentarla: bromas pesadas, comentarios hirientes, humillaciones públicas. Siempre con esa maldita sonrisa que la hacía hervir de furia. Alexa, por su parte, jamás se quedó atrás. Si él atacaba, ella contraatacaba con el doble de intensidad.
En la secundaria, su rivalidad se volvió legendaria.
Alexa, la brillante capitana de las porristas, era admirada por todos. A su lado, Jack Cooper, estrella del equipo de básquetbol, no dejaba de seguirla. Henry, en cambio, reinaba en el campo de fútbol: atractivo, popular y peligrosamente encantador, con una lista interminable de novias que cambiaban tan rápido como su humor.
Se evitaban... pero cuando coincidían, todo estallaba.
La universidad trajo una tregua silenciosa. La distancia los mantuvo lejos, como si el destino finalmente hubiera decidido separarlos. Sin embargo, la calma nunca fue real... solo estaba esperando.
Cinco años después, cuando ambos regresaron convertidos en adultos, el golpe llegó sin advertencia.
Un anuncio. Una decisión. Una imposición.
Sus familias, en medio de crisis empresariales y acuerdos estratégicos, habían decidido unirlos de la única forma posible:
En matrimonio.
Sin opción. Sin escapatoria.
Y con una sola condición: permanecer casados durante un año.
El impacto fue inmediato. Brutal.
Alexa sintió cómo el mundo se le venía encima en el instante en que escuchó la decisión.
¿Casarse con Henry?
No. No podía ser real.
Henry Carrington. El mismo que la había hecho sentirse pequeña, insuficiente, invisible. El hombre que había convertido su infancia y adolescencia en una guerra constante. El hombre al que había jurado odiar... siempre.
La sola idea de compartir su vida con él le resultaba insoportable.
Pero la realidad no pedía permiso.
Sentada frente a una pila de documentos legales, Alexa repasó cada cláusula con una atención casi obsesiva, buscando una salida, una grieta, cualquier escapatoria. No encontró nada.
El contrato era claro.
Un año de matrimonio... o lo perderían todo.
Las empresas. El legado. El esfuerzo de generaciones.
Aunque los números nunca fueron lo suyo y su mundo siempre había girado en torno a la danza, Alexa entendía perfectamente lo que estaba en juego. La empresa Kingsley se tambaleaba al borde del colapso, y ese matrimonio no era una opción... era un sacrificio necesario.
Casarse con Henry era la única forma de salvarlo todo.
Y eso lo hacía aún peor.
Cuando alzó la mirada hacia él, algo en su interior se desestabilizó.
Henry ya no era el chico insoportable que recordaba.
Era... peligroso.
Seis años lo habían transformado. Su cuerpo, firme y definido, se marcaba bajo el esmoquin como si hubiera sido hecho a medida para él. Su mandíbula era más dura, más masculina. Su cabello castaño caía con una perfección descuidada. Incluso esa nariz que antes había sido motivo de burla... ahora encajaba con una armonía irritante.
Era absurdamente atractivo.
Y Alexa odiaba que su mente siquiera lo notara.
La voz del juez resonaba en la sala, lejana, casi irrelevante.
¿En qué momento su vida había tomado ese rumbo?
Tres meses atrás, su mundo ya se había derrumbado una vez. Jack. La traición. Esa imagen imposible de borrar: él, enredado entre sábanas con otra mujer.
Alexa aún no sanaba.
Aún dolía.
Y ahora... esto.
Casarse con su enemigo.
Aunque sabía que era lo correcto, que era lo necesario, la repulsión seguía ahí, clavada en el pecho. Ella no sabía nada de negocios, ni de estrategias, ni de imperios familiares. Ese siempre había sido el terreno de hombres como Henry.
El acuerdo era simple.
Él manejaría todo.
Ella... solo existiría dentro del contrato.
Un año después, se divorciarían. Socios. Nada más.
Sin emociones. Sin lazos.
Sin consecuencias.
Henry, en cambio, parecía peligrosamente tranquilo.
Demasiado.
Se mantenía serio, pero por dentro, la satisfacción era innegable.
El destino tenía un retorcido sentido del humor... y él pensaba disfrutarlo.
Casarse con Alexa Kingsley era, sin duda, el mejor giro a su favor.
Siempre había sido insoportable: caprichosa, altiva, viviendo en su propio mundo de fantasías. Una niña mimada que jamás entendió cómo funcionaba el mundo real.
Y, sin embargo...
El tiempo también había jugado a su favor.
Alexa ya no era la chica desgarbada de antes. Su rostro se había afinado, su piel era impecable, su cabello rubio caía con elegancia sobre sus hombros. Los lentes habían desaparecido, reemplazados por unos ojos azul celeste que ahora resultaban... inquietantes.
Hermosa.
Peligrosamente hermosa.
El vestido blanco con detalles rojos rompía toda tradición, y Henry no tuvo dudas: lo había elegido solo para provocarlo.
Y, maldita sea... lo estaba logrando.
-Y con el poder que me confiere la ley... los declaro esposos. Pueden besarse.
La frase cayó como un disparo.
Ambos reaccionaron al mismo tiempo, como si despertaran de un trance.
El beso.
Se habían olvidado del beso.
Por un instante, todo se desvaneció: las miradas, los susurros, el peso del momento. Solo quedaron ellos dos... y la distancia que estaba a punto de desaparecer.
Se giraron lentamente.
Frente a frente.
La tensión era insoportable.
A su alrededor, los murmullos crecían. Nadie respiraba con normalidad. La unión de los Carrington y los Kingsley ya era un escándalo... pero esto, esto era algo más.
Todos sabían la verdad.
Se odiaban.
Y aun así, ahí estaban... a punto de besarse.
Esto va a ser un espectáculo, pensó Henry, clavando los ojos en ella.
Alexa sintió ese peso sobre su piel, como si la observaran desde todos los ángulos. Como si fuera un objeto en exhibición.
Sus labios se entreabrieron apenas cuando él se inclinó.
No había escapatoria.
No puede ser...
El pensamiento la golpeó con fuerza.
No puedo besar a Henry. No frente a todos. No a él.
Su estómago se contrajo, un nudo apretándose en su interior.
Porque Henry no era solo un hombre.
Era su enemigo.
Su pasado.
Su herida.
Y ahora... estaba a un suspiro de distancia.