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El heredero de la Luna

El heredero de la Luna

5.0
16 Capítulo
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Elena sabía que enamorarse de Julian Vane era jugar con fuego, pero nunca imaginó que terminaría quemando su mundo entero. Tras una noche de entrega absoluta, el Alfa la abandona para cumplir con un matrimonio de sangre y poder, dejándola con un regalo que desafía la naturaleza: un embarazo prohibido. Durante tres años, el sonido de las olas en un pueblo costero fue su único refugio. Allí, Elena crió a un niño que posee una fuerza que no debería existir. Pero el destino de un lobo es rastrear lo que le pertenece. Cuando Julian reaparece, no busca redención ni amor; busca a la "ladrona" que, según una profecía ancestral, ha robado el legado de su jauría. Lo que Julian no sabe es que la esencia que busca tiene los ojos de su hijo y el corazón de la mujer que nunca pudo olvidar.

Contenido

Capítulo 1 El Instinto del Cristal

La oficina de Julian Vane no era un lugar de trabajo; era un santuario de acero y sombras situado a cincuenta pisos por encima de la moralidad humana. Para Elena, cruzar el umbral de ese despacho cada mañana se sentía como entrar en la jaula de un depredador que, por alguna razón incomprensible, había decidido no devorarla todavía.

Esa tarde, el ambiente estaba cargado. Una tormenta eléctrica se gestaba sobre Manhattan, pero la verdadera presión venía del hombre sentado tras el escritorio de obsidiana.

-Señor Vane, ha cancelado su última reunión tres veces. Los socios están empezando a hacer preguntas -dijo Elena, manteniendo la voz firme mientras sostenía su tableta contra el pecho como un escudo.

Julian no respondió de inmediato. Estaba de pie frente al ventanal, de espaldas a ella. Su figura recortada contra el cielo gris era imponente; sus hombros eran demasiado anchos para un ejecutivo común, y la forma en que su traje a medida se tensaba sugería una musculatura que ningún gimnasio de la ciudad podría esculpir.

-Que pregunten -gruñó él. Su voz era una vibración baja que Elena sintió en la boca del estómago-. El ruido de los hombres me irrita hoy, Elena.

Ella frunció el ceño. ¿El ruido de los hombres? A veces, Julian hablaba como si no perteneciera a la misma especie que el resto de los mortales.

-He traído los documentos de la propiedad costera que quería revisar -continuó ella, acercándose unos pasos. El aire cerca de él siempre estaba unos grados más caliente-. Y también... su prometida, la señorita Selene, ha enviado las muestras para las invitaciones de boda. Quiere que elija el color del lacre.

Julian se giró con una rapidez que el ojo humano apenas pudo seguir. En un parpadeo, estaba a escasos centímetros de ella. Elena retrocedió, pero su espalda chocó contra la fría superficie de la puerta cerrada.

Él no se detuvo. Apoyó una mano sobre la madera, justo al lado de la cabeza de Elena, atrapándola.

-¿Lacre? -preguntó él, con un tono peligrosamente sedoso-. ¿De verdad crees que me importa el color de un contrato de sangre, Elena?

-Es su boda, señor. Es... lo que se supone que debe importar -respondió ella, obligándose a sostenerle la mirada.

Fue entonces cuando lo vio. Los ojos de Julian, usualmente de un gris acerado, destellaron con un matiz ámbar, una chispa eléctrica que desapareció tan rápido que ella pensó que era un reflejo de los rayos en el exterior. Él se inclinó, enterrando su nariz en la curva de su cuello, justo donde pulsaba su carótida.

Elena dejó de respirar. El corazón le martilleaba contra las costillas. Podía sentir el calor que emanaba de él, un olor a bosque antiguo y lluvia que la mareaba.

-Hueles a miedo -susurró Julian contra su piel. Sus labios apenas rozaron su lóbulo-. Y a algo más. Algo que me está quitando la razón.

-No... no entiendo -alcanzó a decir ella, con las manos temblando.

-No tienes que entenderlo -dijo él, y por un segundo, Elena sintió que él apretaba los dientes contra su cuello, no con un beso, sino con una presión posesiva, casi violenta-. Solo tienes que saber que hoy no es un buen día para estar cerca de mí. Vete a casa, Elena. Cierra la puerta con llave. No dejes que nadie entre.

-Pero aún tengo trabajo...

-¡Vete! -el rugido de Julian hizo vibrar los cristales del despacho.

Elena no esperó una segunda orden. Salió de la oficina casi corriendo, con el corazón en la garganta. Mientras esperaba el ascensor, se tocó el cuello. La piel le quemaba donde él había respirado.

No sabía que, tras la puerta, Julian Vane estaba luchando por no transformarse, con las uñas clavadas en el escritorio de madera hasta astillarlo, tratando de contener al lobo que reclamaba a gritos que esa humana no era una empleada, sino su única y verdadera compañera.

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