oyorquinos, el eclipse era un evento astronómico digno de fotos en redes sociales; para Elena, er
darse en casa, pero el destino -o quizás algo más oscuro- t
Ahora. No envíe
mo su asistente, su deber pesaba más que su miedo. Tomó un taxi, sintiend
an, Elena se encontró en una oscuridad casi total. El lujo minimalista del l
-llamó ella, s
o en el suelo, sin camisa, con la espalda encorvada. Sus músculos se movían bajo la piel como si algo vivo intentara escapar
no era humana. Era un sonido gutural, una vibr
ropia seguridad y acercándose a él-. Jul
él la atrapara, derribándola contra el diván de cuero de la estancia. Julian la inm
jos ya no eran grises. Eran dos ascuas de
racción magnética, casi química. El aroma de Julian -ese bosque hú
, estirando una mano tembl
frente contra la de ella, y Elena pudo sentir el calor abrasador que emanaba de su piel
e hombre en mí -suplicó él, aunque sus manos se
abía que poseía. Su cuerpo parecía reconocer el suyo, reclamando es
ltó un grito ahogado y, por un instante, Elena creyó ver una sombra enorme, la sil
Elena se arqueó hacia él, entregándose a esa locura, sin saber que en ese preciso momento, bajo la influencia de la luna roja, la biología de Juli
re. Y Elena, perdida en los brazos del hombre que creía conocer, no tenía idea de q

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