Cuando los rescatadores finalmente la liberaron, estaba empapada en su propia sangre, con el hombro tan destrozado que requirió tornillos metálicos para mantenerlo en su lugar. Incluso ahora, cada latido de su corazón le palpitaba de dolor en el hombro herido.
Lena se quedó mirando la pantalla oscura de su celular. Tenía el rostro pálido como un fantasma y los dedos le temblaban sin control por el trauma persistente.
Pero el dolor más profundo no provenía de sus heridas físicas, sino de la gélida verdad que le atravesaba el corazón.
Siempre que Lena necesitaba desesperadamente a Theo, él desaparecía.
Al ver el silencioso sufrimiento de Lena, Maia no pudo contener su frustración y soltó: "¿Qué le pasa a tu marido? Podrías haber muerto, ¿y ni siquiera es capaz de devolverte la llamada después de dos días? Ya te van a dar de alta y él aún no aparece. A este paso, es como si estuvieras soltera".
Con serena ironía, Lena murmuró: "Probablemente esté demasiado ocupado".
Theo siempre usaba el trabajo como escudo: demasiado ocupado, siempre ilocalizable.
Tres años casada con él, y todo lo que había ganado era un título vacío al que se aferraba como una necia.
El tono de Maia se agudizó. "¿Demasiado ocupado incluso para contestar el celular? Eso no es estar ocupado, es ser un desalmado".
Sus palabras hirieron profundamente a Lena, haciendo añicos los últimos restos de sus ilusiones.
Lena se tragó la amargura y forzó una sonrisa mucho más dolorosa que las lágrimas.
De repente, Maia soltó un grito ahogado, con los ojos muy abiertos al ver algo en su teléfono. "¡Cielos, Lena, mira! Parece que el escurridizo señor Haynes tomó un vuelo internacional solo para asistir a la exposición de arte de su novia. Lo dejó todo solo por ella".
Un escalofrío recorrió la espalda de Lena.
Maia le entregó el teléfono con una burla evidente. "Fíjate bien en este señor Haynes. Compáralo con tu marido. Casi te mueres y al tuyo ni siquiera le importó contestar una sola llamada. Lena, ¿por qué sigues aferrada a alguien como él?".
Lena se quedó mirando en silencio, paralizada por el resplandor de la pantalla.
Maia no tenía ni idea de que el señor Haynes del que hablaba era el desalmado marido de Lena.
En ese instante, las ilusiones que Lena había construido con tanto esmero se hicieron añicos. El supuesto viaje de trabajo de Theo era una total mentira. Había viajado al otro lado del mundo por su primer amor, Violeta Ford.
En aquel entonces, él y Violeta parecían destinados a casarse.
Pero un accidente automovilístico le robó la vista, y Violeta huyó al extranjero, dejándolo en su momento más vulnerable.
Durante sus días más oscuros, Lena permaneció fiel a su lado. Todos se burlaban de su lealtad, pero ella ignoraba sus burlas, creyendo que su devoción algún día le ganaría el afecto genuino de su marido.
Tras recuperar la vista, Theo no le había ofrecido más que un matrimonio por conveniencia.
Al ver ahora el cálido afecto en los ojos de su marido mientras saludaba a Violeta en el aeropuerto, a Lena se le retorció el estómago de dolor.
"¿Romance confirmado? El CEO del Grupo Haynes recibe a la artista Vee en el aeropuerto".
Leer el titular destruyó el último fragmento de esperanza de Lena.
La artista Vee, cuya exposición ella había organizado con tanto esmero, no era otra que la propia Violeta.
Todo este tiempo, había estado organizando un evento para el verdadero amor de su marido, y casi le costó la vida.
Mientras ella estaba atrapada y aterrorizada bajo los escombros, su marido se había reunido con Violeta, reavivando su antigua llama. Lena sintió como si el cuchillo que tenía clavado en el corazón se retorciera aún más.
Ajena al dolor de su amiga, Maia comentó sobre la foto: "Mira su expresión, tan amable y cálida. Escuché que fueron novios en la universidad. Quizá por fin volvieron a estar juntos. Realmente se ven perfectos".
Lena rio en voz baja, con amargura. "Tienes razón, son perfectos".
Sin decir nada más, le devolvió el teléfono a Maia y se marchó en silencio, rumbo a casa.
***
El hombre no regresó a casa hasta pasada la medianoche.
Tan pronto como entró, lo invadió una extraña irritación.
Normalmente, su esposa dejaba una luz encendida, sin importar lo tarde que él regresara. Pero ahora la oscuridad envolvía la casa, creando una sensación de vacío.
Molesto por el ambiente inusual, subió las escaleras y entró en el dormitorio principal.
A la tenue luz de la luna, el pequeño cuerpo de su esposa yacía acurrucado bajo las sábanas.
En el instante en que la puerta crujió, ella abrió los ojos, completamente despierta.
Un aroma desconocido llenó el ambiente, un perfume dulce y punzante que no reconoció. Supuso que era el de Violeta.
Un dolor ardiente le oprimió el pecho a Lena. Por suerte, la oscuridad ocultó su angustia.
El hombre se tumbó a su lado. En silencio, ella se acercó a él y deslizó una mano bajo su camisa.
Recorrió su cálido abdomen, bajando la mano cada vez más.
La respiración de Theo se entrecortó bruscamente. De repente, la agarró de la muñeca con voz tensa: "¿Qué intentas hacer, Lena?".