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oluntad, no guard
*
armacéutica Bertram, una mañana cu
cuándo contratamos monos?! -preguntaba Sheily Bloom, mirando hacia
minutos oyendo sus gritos y ella ni cansada se veía. Debía te
mitad de año! ¡Eso no se hace! Re
vos, le dio un codazo a L
susurró, con una sonrisa ladina.
ar, te mata -respondi
pie y dio sus razones para la decisión que la tenía echando es
le preguntaste si p
m
mperio farmacéutico Bertram, ocupaba el puesto de gerente general tras la muerte de su padre y compensaba su falta de experiencia con s
esora obvia, se acomodó el traje tras su pequeña demostración de
ectamente razonable y abierta al diálogo-, ¿por qué
n simpleza y una deslumbrante sonrisa, ll
rubro porque nunca fue una hijita de papá a la que todo le da
rró Jorge, incapaz de poder ocultar su sed de chismes-
jando codo a codo con Sheily no había sido en vano,
ioso corazón, ella guarda el sec
inó y Liliana siguió
manos en la cintura-. Anótalo, para restregárselo a todos en la puta cara cuando ocurra.
o eso
Sheily para sí-. ¡Dios! Harán que me salgan canas antes de tiempo -fue a mirars
. Ve el lado positivo, si termina mal, t
entó en su silla y observó su oficina, tan pequeña y asfixiante. Ella debía estar en la que ahora ocupa
as sienes. ¿Dónde metería ahora el escrit
sico en menos de un minuto, e
l alivio que tú encuentras, me tengo que conformar con salir de compras -miró con fascinación el hermoso anillo de
a mujer correcta, devota, creyente y respetuosa de los valores cristianos. Solía dejar las oraciones para el fin de semana,
razón. Iré a
iero perder mi trabajo -volvió a mirarse el anillo, tan brillante
TOS Y PECADORES», así rezaba la inscripción en l
ra acudir y hallar consuelo tras los muros de piedra de la iglesia románica. Bastaba llenar un breve formulario,
s celdas, los aposentos que antiguamente ocupaban los monjes. Muros y su
negro y se arrodilló frente a la gran cruz de madera, esper
s cuando la puerta a s
enido una semana muy dura-dijo ella, co
en el hombro una fusta. La deslizó con suma lentitud cuello arriba y le
aremos directo al castigo? -preguntó
uro que ni siquiera ella se atrevía a mirar, pero a veces
astigo -pidió
lusa y apoya las ma
hora, ese hombre desconocido sería su dueño y ella su esclava. Él la despojaría de cua
e ella llevaba a cuestas y su alma se
ros rocosos de la iglesia «Pacto divino», lugar de encuentro entre esclavos
sta el fondo, sin el estigma de los prejuicios impuestos por una sociedad que
no mismo, sin miedo, y disfrutar
de ir a rezar por la rede

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