ampoco el aullido limpio de un lobo. Era como el estruendo de algo rompiéndose: el teji
les, tallados en caoba y roble, parecían encogerse ante la violencia de su transformación. Alistair se arrodilló, sus manos -que hace un mome
de saliva y sangre-. ¡Señorita Vance... por el amor de Dios.
preciso como el bisturí que escondía. Se movió con la eficiencia de un general en co
splazaba hacia adelante, los tendones del cuello tensándose como cuerdas de piano a punto de estall
eforzadas con remaches de plata. Sabía que las cadenas de la pared no
n. Su cuerpo quiere convertirse en una bestia ciega, pero mi suero está forzando a su sistema nervioso a permanecer
una rama de invierno quebrándose. Su camisa de seda se rasgó de arriba abajo, revelando una musculatu
dos -replicó ella, aunque un destello de admiración cruzó sus ojos al
ímetros del rostro de Eleanor. Ella ni siquiera parpadeó. Con una rapidez asombrosa, aprovechó el impulso d
ofunda y gutural-. ¡Si me suelto... si este metal falla..
r ardiente que emanaba de la piel del Conde. Su temperatura corporal debía estar por encima de los cuaro, enfocó sus pupilas dilatadas en ella. Sus ojos eran dos pozos de ámbar
sangre que brotaba de sus poros-... veo un
-Se llama determinación. Y es lo único que nos separa
domo, cargada de un terror mal disimulado, llegó desde el pasillo-. ¡Los caballos! ¡Están rompiendo
an visibles, largos y curvados como dagas de marfil. -Dígale... dígale que se largue -logró articul
n pie en esta habitación antes del amanecer, no me haré responsable d
or volvió su atención al monstruo que tenía enfrente. Alistair ya no era un hombre, pero tampoc
frente del Conde-. Su mente está separada de su cuerpo. Es una disociación química. Dígam
l... el perfume de mi madre -susurró, con una voz que sonaba a rasguño de piedras-. Olía a jazmín y...
ga. No se
e la vena carótida latía con una regularidad tentadora-. Es como un vacío absoluto en el centro de mi ser
instinto de supervivencia. -Esa hambre no es suya. Es un parásito. Usted es el anf
te, y por un momento, la luz plateada que recorría sus venas brilló intensamente. Luego, con un suspiro q
ena reinaba en el cenit, bañando la ha
hipertrofiados y restos de humanidad. Sus ojos ámbar seguían abierto
ora un susurro animal-. ¿Por qué arriesgarse
in importarle que su vestido de seda se manchara de sudor y fluid
monio -respondió ella, mirándolo con una seriedad absoluta-. Yo creo que usted es un paciente con una patolo
huesos. -Es usted una mujer peligrosa, señorita Vance. M
rga guardia-. Mañana el sol volverá a salir, y necesitaremos cada gramo de su fuer
Pero dentro de la habitación, solo se escuchaba el tic-tac del reloj y la respiración acompas
ajo la luz de una vela agoniz
brevivió a la transición, sino que retuvo el habla. El vínculo entre el médico y el monstruo se ha sellado.

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