o Mack
a el mismo de siempre; Me convertí en un maníaco empedernido, capaz de cometer locuras
cuenta no siempre debería funcionar-, me d
¿Por qué me rechazó? Su recuento era de cuatrocientos,
rcita? ¡Era preciosa! Si hubiera sabido que no te iba a aceptar, me habr
estoy soltero. Nunca me casaré; No voy a renunciar al placer que representa una mujer
ás llama
s marrones y cuerpo hermoso no desaparecía de mi mente. -Quizá me negué a aceptar su rechazo, pero ¿qué
otra copa. Me doy cuenta de que prácticamente soy el dueño de la ciudad: tengo una docena de empresas,
peó su vaso c
Para el próxim
gocio del mes siguiente. Todo era perfecto, pero ella, ¡maldita sea! Ariadna Thompson seguía ocupando mi mente. Nunca antes me había rechazado una muje
orden de que entrara. En ese momento, aparecen en mi despacho piernas largas y contorneadas, seguidas de un cue
e los labios. La pregunta siempre era superflua; La accionista millonaria no so
aroma delicioso. Se acerca y me da un beso en la mejilla que roza la comisura de mi
escritorio. Dejó su bolsa a un lado y cruzó las piernas, e
lo, dejándome al alcance de su prec
seductora me puso la piel de gallina. Le serví un vaso y se lo entregué. Empieza a beber, pasando la lengua por el
nto, la tomo. Me acerco a ella, y
usto cuando está a punto de acercarse, un golpe en la puerta
s?- Grité
aquí que te está buscando insiste
os pantalones y sonrí
pedir cita para verme,- me acerco a Alexandra, tomo su barbilla y le d
almo y salgo de mi despacho para encontrarme con la
ene al instante. ¿Qué hace esa mujer aquí? ¿Y en esa
dna Th
o, me alegré de verla, pero me confundí de inmediato, y no porque me pareciera fea; Ese día estaba borracho en
a hablar contigo, pero tu secretaria me ha dicho qu
do con irse y, en un intento dese
te minutos y te
ias-, murmur
o. Ahí está Alexandra, desnuda, tumbada en mi sofá de cuero
, vaya, ¿q
rando, tenemos p
recoger toda su ropa con disi
or. Debes marchar
confundida. Era la primera vez que la rechaz
ritorio y respiro hondo para no d
mí. Ignoro sus palabras y ajusto mi tiempo. Al final, sé que pue
?- Me lo dice, mientras se ajusta el ú
uedes salir, por favor? No me llam
le de mi despacho como un alma llevada por el diablo. Miro a mi al
señorita Ariadna
ien, d
zo a ponerme nervioso, pero c
riadna, p
rgonzada, entra con pasos
ñor Mackenzie. Gra
n, de tez blanca, aspecto triste, cuerpo impresionante y u
sobre de su bolso y lo extiende sobre mi escritorio. Lo recibo y me doy cuenta de que co
; Simplemente estaba borracho. -Estoy mintiendo, porque soy así todo el tiempo, siemp
Baja la mirada, y tengo la sensación de que no vino precisamente a p
s cuatrocientos; Llévatelos
me mira, sus mejillas se tiñen de
or Mackenzie, he venido porq
mano sobre el escritorio, moviendo
u propuesta para mí-, su
oso que me emocionó, y mi expresión cambió. La miré con deseo
on decisión. Si ella no and
y levant
una condic
na mujer puso condiciones, y m
- Pregunto, insi
ento, sujetándose la
iento, no deber
brazo. Me quedo tan cerca que siento que inhalo su propio
Dime cuál es
ían moverse por sí mismos. Sin embargo, respiro como
era conmigo, por favor, y que me pagu
ería? ¿Contrato? Dos palabras que no conocía, porque

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