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por nosotros. En su lugar, posó la mano sobre el vientre e
a para él, un fantasma en un ve
mante, Caridad, empezó a tener una hemorragia más tarde esa noche,
grave. Sabía que una transfusión de esa mag
e -dijo, con los ojos desprov
s lo que
Él mintió y aceptó, solo para
a mujer que estaba destruyendo mi vida, sentí una opresión en el p
Está colapsando!
quiera se di
tomar la mano de Caridad,
nnelise Montes mu
ría siendo su esposa obediente y silenciosa.
quiv
se una última vez.
la habitaci
de que yo no estaba entre las cen
un sobre, junto con los expedient
guerra? Le
ítu
vista d
il pesos, viendo a mi esposo posar su mano sobre el vientre embarazado de otra m
no se hizo añicos. No grité. N
otella que costaba más que la vida de mi padre-
hombres antes de cumplir veinticinco años y había duplicado el territorio de la familia en los últimos tres. Era
esta noche era
había traíd
raba a la curva de su estómago, un crudo contraste con mi pálido
entre la multitud de sicarios y sus esposas silenciosas. Todas las miradas e
no era solo un código para los hombres. Era una j
el doble de resbaladizos, se encontraron con los míos. No ha
que antes me hacía estremecer. Ahora solo me
que yo no podía darle. Sonrió con su
mente sobre su vientre-. Damián pensó que sería más seguro si me qued
a D
ra firme. Había practicado esa firmeza en el espejo dura
un sorbo d
moda. Se quedará en la recámara principal. Tú puede
esfumó de l
lecho matrimonial frente a toda la organización. Me estaba despo
í una
esees,
iso de mármol. Necesitaba llegar a la habitación antes que ellos. Necesitaba la
mino hacia el pasill
por un enorme arreglo floral de a
do de Damián-. Te apuesto cien mil pesos a que p
legó hasta mí, car
Callada. Obediente. Y la deuda de su padre está saldada m
Era lo único que me quedaba de mi madre.
la pequeña maleta de lona del conducto. Efectivo. Un teléfono desechable
irme, pero la manij
idad aferrada a su br
tó Damián. Sus ojos se posaro
cuarto de huéspedes
idad se clavaro
. Esa pulsera. Combinaría perfecto con mi vestido. Y como yo ll
a -dije, apretando más fuert
mportaba el poder. Y en ese momento, darle a su a
Annelis
N
Ni cuando se casó conmigo. Ni cuando me obligó a cortar lazos con mi
ra de la habitación se desplomó. Me agarr
ostro a centímetros del mío-. Todo lo que tienes es
dedos rudos y se l
go, mirándome directamente, tensó la del
! -d
rom
cieron por el piso d
arrándose el dedo. Una diminuta gota de sanncogiéndose contra Damián-. ¡
un niño se daría cuenta. Pero Damián
a atrás, golpeándome co
lpate
bía pasado nueve años tratando de
-d
se contrajo de rab
se me olvide que no l
elo. Salí del penthouse, bajé por el elevador
eraba en la acera.
el asiento del conductor. S
Annelis
l edificio que había sido mi pr

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