vista d
Marshall. Sentada a la enorme mesa de comedor de ébano, me sentía como una impostora en la corte de un rey. Las luces de la ciudad de Nueva Yor
ica, su rostro una máscara de indiferencia. A
La agarró del brazo como si fuera de su propiedad. ¡En medio de una tienda pública! No puedes s
boca. Una fría punzada de terror me atraves
rla a
ra escapándose antes de
plato de porcelana con un suave tintineo. Levantó la mira
i regazo, apretando la servilleta de lino. "Por f
ntó Azalea, frunciendo el ceñ
lias que trabajaban nuestras tierras. Los ancianos, los que no tenían lobo, los demasiado débiles para defenderse. Todavía están allí, viviendo en
diendo a un monstruo que mostrara piedad, a un hombre
, haciendo girar el líquido rojo oscuro, obse
della?", su voz era baja, un retumbar atercio
o lo sé"
e de los Hyde, no con la tierra que pisan ni con la gente que subyugan". Tomó un sorbo, sin apartar la mirada de mi rostro.
de una manada caída mejor que yo. Una extraña calidez floreció en mi pecho, confundiéndo
r, un zumbido agudo del panel
un crujido. "Alfa Marshall. Tenem
iera miró el p
sa. "Exige entrar. Afirma que la señorita Everett está bajo la t
rostro. El tenedor cayó co
á a
e sintió demasiado escaso. Podía oler la colonia barata de Braydon en mi memoria, sentir su aliento
nico apoderándose de mi garga
pero la pura autoridad en su voz hizo que mi cuerpo
Caminó hacia el panel del intercomunicador en la pared, sus mo
n línea",
l altavoz pero inconfundible en su arrogancia. "¡Marshall! Envíala abajo. No t
lo de los brazos. Era la Orden del Alfa: dominación pura y destilada. "Escucha con atención, muchacho
uceó Braydon, aunque su voz fl
"lo consideraré un acto de guerra. Haré que te arresten por invasión de territorio entre manadas y por
endió en la línea.
pies arrastrándose.
ros. La oscuridad letal en sus ojos se desvan
regreso a su silla como si no acabara de
leando contra mis costillas. "Él... él t
personas en este mundo tienen autorización para acceder a este piso. Yo, Azalea y tú". Me miró, su expresión s
. Había temido su poder, su temperamento. Pero mientras el aroma a cedro y
n mi vida, me sentía a salvo. Y eso
GOOGLE PLAY