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Historia

Capítulo 4 Consejos al Borde del Destino.

Palabras:1077    |    Actualizado en: 21/04/2026

como si evaluara cada costura del vestido. No hubo tiempo para respirar; ant

ra en la pista. Qui

par se desmoronaba, atrapado en esa red de expectativas familiares

nca había mostrado su pecho de manera tan evidente, bajó la mirada con timidez, avergonzada de la atención que despertaba. Él exte

la mano, se adentraron en la pista. Ella, con el vestido que no había elegido, con la vida que no

el centro, mientras Darío, con paso seguro, extendía la mano hacia Amelia. Ella la aceptó c

, inclinándose apenas hacia ell

inceridad o como parte de la puesta en escena. Sus labios se entrea

arío parecía decidido a no dejarle espacio para retrocede

en voz baja, tan solo para que ella lo escuchara-.

responder. Lo que no pudo evitar fue notar el aroma que lo envolvía: un perfume cálido, especiado, que despertó en ella sensaciones que prefe

ibir su tensión, ace

nerviosa -susurró-. D

os no eran lo que él creía, pero se contuv

oy acos

vez en toda la noche, Amelia sintió que el tiempo se ralentizaba; el murmullo de los invitados parecía lejan

el hechizo, y Amelia apartó la mirada al instante, volviendo a

rlo. Rieron, conversaron animadamente, brindaron con él. Darío, corté

migos, Amelia deslizó la servilleta sobre la mesa, fingiendo que iba al baño. Se levant

pasillo lateral del salón. El murmullo de los invitados quedaba atrás, la música sonaba lejana.

peraba. Un hombre mayor, de cabello plateado y porte digno, la

cálida, firme, con

la, sintiendo cómo toda

dejó envolver en ese abrazo que olía a hogar, a infan

-preguntó con suavidad, apartándose sol

vivido demasiado, tomó sus manos y, con un gesto que evocaba los tiempos en que bailaban en el

para seguir el ritmo -rió apenas, con ternura-. Sie

ó los labios

ora, abuelo.

gó de

pedimos, pero nos da lo que necesitamos. No cierres tu corazón antes de tiemp

ojos enrojecidos, int

uiero enamo

ió con me

eces simplemente sucede. Dale una oportunidad, mi

se clavaron como un peso dulce y doloroso. Sintió que, una vez más, su intento de huir se había

rició su meji

no te vean como una fug

do entre la ternura y la desesperación, volvió sobre sus pasos, sabien

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