su hermano le había concedido. Sobre la mesa de centro de cristal, tres teléfonos celulares vibraban casi en simultáneo, mostrando mensajes urgentes de prestamistas, corredores de bolsa clan
stal se hizo añicos y las llamas devoraron el alcohol con
-siseó, hundiéndose las man
no dudaría en entregarlo al FBI. Para Alex, la empresa y el legado familiar eran deidades sagradas; no dudaría en sacrificar a su propio gemelo en el altar de la justicia y la rectitud. Mañana a las nueve de la
itirlo. No ir
a germinar en su cerebro. Al principio, la idea le pareció una locura absurda, un delirio nacido d
x no solucionaba el problema principal: la junta directiva y Arthur Pendelton jamás aceptarían a Damian como el nuevo líder absoluto; lo obligarían a vender o lo s
converti
ran idénticos. Compartían el mismo mapa genético, la misma voz, las mismas huellas dactilares. Durante toda su vida, esa similitud absoluta había sido su mayor maldición, la razón por la cual el
aría la vida perfecta de la víctima. Nadie dudaría. Nadie haría preguntas. Elena lloraría la pérdida de su "cuñado de
ejo, y una sonrisa macabra, desprovista de cualquier rastro de hum
ansferencias bancarias y cabos sueltos que la policía o los investigadores de seguros podrían rastrear tarde o temprano. Si quer
encia los cristales de los rascacielos. Damian se vistió con ropa completamente negra: jeans oscuros, una chaqueta impermeable con capucha y guantes de cuero ajustados. Salió de su ed
o subterráneo, descendiendo hasta el nivel P4, el área VIP reservada exclusivamente para los altos ejecutivos.
ferretería de los suburbios. El estacionamiento era un laberinto de concreto ecoico, iluminado por luces de neón parpadeantes que pro
se trataba de viajes nocturnos o reuniones privadas fuera de la ciudad. Damian sabía que, según la agenda digital de la empresa, Alex tenía programado un viaje a primera hora de
rfecta. El esc
la adrenalina que corría por sus venas lo mantenía alerta, con los sentidos agudizados por una mezcla de terror y e
de freno por completo; eso habría encendido una luz de advertencia en el tablero digital de Alex en cuanto encendiera el motor. Damian era más retorcido. Utilizó una pin
biera a la carretera de la montaña y comenzara a aplicar presión constante y repetida en las bajadas pronunciadas, la fricción, el calor y la presión del fluido romperían la manguera deb
mientras apretaba el último tornillo suelto. Un sudor frío le perlaba la frente-. La junta directiva cu
amiento. Damian se congeló bajo el auto, apagando la linterna de inmediato. El
rascacielos. El hombre caminaba perezosamente, haciendo girar una linterna de mano, cumplien
agachaba, todo
, una fría resolución tomó forma: si el guardia lo descubría, tendría que matarlo allí
amanecer, bostezó y continuó su camino hacia el hueco del ascensor. En cuanto el eco de las puert
auto de su hermano una última vez. El trabajo estaba hecho.
ia, Damian sintonizó la radio del auto, escuchando los reportes del clima que predecían una visibilid
rde. Se vistió con un pijama de seda idéntico al que Alex solía usar y se sentó en su sillón, espera
cia el horizonte grisáceo de la
irada inyectada de pura locura y ambición-.

GOOGLE PLAY