as de flores lunares, que solo florecen bajo la luz plateada y se marchitan al amanecer. Las cabañas de los omegas fueron li
ena a todo aquel movimiento. Para los omegas, la vida continuaba igual. Ellos no decoraban
ciana omega, arreglando su cabello canoso con dedos tembloro
es po
ogió los
que los vínculos están débiles, que la manada necesita
do en que asistiera, con una urgencia que no encajaba con su ca
o. Nadia se vistió con su túnica más limpia, una prenda de lino gris que había lavado tres veces
dea. Pasar d
stido con su uniforme de guardia. Su rostro estab
lista? -
go otra
ra circular, sin techo, abierto al cielo para que la luz de la luna pudiera bañar el altar de Aelynne. Las paredes estaban c
os al altar, protegidos por su linaje y su posición. Los betas se situaban en círculos in
xguerrero, podía ocupar un lugar entre los betas.
a verte -le dijo Da
o entendía por qué él
ñida llena de agua de luna, recolectada durante noches de plenilunio. Alrededor del altar, las runa
absoluto. Ellos eran la élite de Umbra, y lo sabían. Sus esposas, llamadas Lunas,
para ella. Nun
icen que el ritual va a revelar vínculos nuevos. Que los
historias -respondió N
lfa en un ritual. Fue un amor prohibi
dos. Creía en la supervivencia. En la independencia. En la posibilidad de abando
rra misma. Los ancianos de la manada, aquellos que recordaban las ceremonias de antañ
orría el cuerpo de todos los presentes. Las runas brillaron con más intensidad, el a
lor extraño en la
de ser
Trató de ignorarlo, de concentrarse en la ceremonia, pero el dolor era cada vez
ar nada. Las runas brillaban, el canto continuaba, y la
es, todo
e golpe. Un silencio absoluto, tan denso que ca
Bloodfa
ba las rodillas de los más débiles. Su bestia interior, ese susurro insignificante que siempre
de él era abrumadora, una fuerza que no necesitaba demostraciones de poder para imponerse. Los alfas
a capa negra que ondeaba con el viento, y su cabello oscuro caía sobre sus hombros como una cascada
nce el rit
cuerpo no le obedecía. La marca en su clavícula ardía cada vez más, y su loba inter
se susurró
no
No se detuvo en ella. No había razón para que lo hiciera. Era
asaron por su ubicación, Nadia
gundo. Un
n tanta intensida
os ojos dorados del Alfa parpadearon, su mandíbula se tensó,
és, s
ada hubie
podía oír el canto de los ancianos. Darian la observaba desde su p
tendía la intensidad de aquella sensac
nterior habí
berlo, acababa de notar su
observaba la escena con sus ojos verdes,
e nadie la escuchara-. La cur
tando su furia bajo un
go com

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