Fuera, la Manada Umbra se extendía entre los árboles centenarios del Bosque de la Sombra. Las cabañas de los omegas ocupaban la periferia, mientras que, en la colina más alta, la fortaleza del Alfa se alzaba imponente y severa como el propio Kaelan Bloodfang. Nadia nunca había estado allí. Sabía que no pertenecía.
-¿Ya estás despierta? -La voz de Tana, una omega anciana que compartía la cabaña, sonó desde la penumbra-. Siempre eres la primera.
-Las heridas no esperan -respondió Nadia, atándose el cabello en una trenza rápida-. El guerrero de la guardia norteña llegó anoche con una mordedura de ciervo sombrío.
Tana se incorporó con esfuerzo. Nadia siempre se preguntaba cómo había llegado a la vejez siendo omega. La mayoría no sobrevivía tanto tiempo.
El camino hacia la zona de curación estaba lleno de vida incipiente. Los guerreros betas entrenaban en los claros abiertos, transformándose entre formas humanas y lobunas con una fluidez que Nadia observaba con envidia contenida. Alfas jóvenes paseaban con la seguridad de quienes saben que el mundo fue construido para ellos. Los omegas, en cambio, cargaban leña, limpiaban, servían.
Ella era parte de ese engranaje. La curandera omega. La que podía detener sangrados pero no podía luchar. Su loba interior era débil, casi inexistente. Apenas un susurro en su pecho.
La cabaña de curación estaba pegada al templo lunar. Nadia encendió las lámparas de aceite, colocó las vendas limpias y preparó las infusiones. Su práctica era meticulosa, casi obsesiva. Un error en las proporciones podía costar una vida.
El primer paciente llegó al amanecer. Un beta llamado Rohan, con el brazo abierto desde el hombro hasta el codo. Nadia trabajó en silencio, aplicando hojas de consuelda y vendando la herida. Su magia lunar, esa pequeña chispa que todos los lobos poseían, se extendió desde sus manos como un hilo plateado apenas visible. La piel comenzó a unirse lentamente.
El siguiente paciente fue más complicado. Un joven cazador llegó sosteniendo su costado ensangrentado. Una mordedura de ciervo sombrío en el abdomen, profunda y sucia.
-No puedo curar esto -dijo el joven, con voz temblorosa-. Solo quiero que me ayudes a morir sin dolor.
Nadia sintió un nudo en el estómago. Las mordeduras de ciervo sombrío eran mortales para quienes no tenían linaje suficiente. Pero algo en su interior, esa pequeña chispa que siempre había despreciado, le susurró que lo intentara.
-Acuéstate -ordenó-. No vas a morir hoy.
Colocó sus manos sobre la herida. La magia lunar brotó, más intensa que antes. Sintió el veneno del ciervo sombrío, negro y viscoso, extendiéndose como una mancha de tinta. Su magia lo persiguió, arrancándolo de la sangre del cazador.
Pero no fue la luna lo que sanó aquella herida. Fue algo más. Un calor que no reconoció, una fuerza que no entendió. La piel del joven comenzó a cerrarse a una velocidad que Nadia nunca había conseguido. La infección se retiró como una marea que huye de la orilla.
Cuando terminó, la herida estaba completamente cerrada. Solo quedaba una cicatriz pálida, apenas visible.
-¿Cómo...? -susurró el joven.
-Fue suerte -dijo Nadia, forzando una sonrisa-. Quizás la luna está de tu lado hoy.
El joven se fue agradecido, pero Nadia no podía quitarse de la cabeza la sensación de que algo había cambiado. Algo en su interior se había movido. Algo que no era lunar.
Un anciano curandero llamado Brenn la observó desde la entrada durante todo el día. Cuando el sol comenzó a ponerse, se acercó a ella.
-Esa herida no debería haberse cerrado -dijo, sin preámbulos.
-Lo sé -admitió Nadia-. No entiendo qué pasó.
Brenn la miró largamente. Sus ojos grises parecían ver más allá de su piel.
-Las omegas no pueden sanar mordeduras de ciervo sombrío. Tienen poca magia. Su linaje no lo permite. Sin embargo, tú lo hiciste.
-¿Cree que fue un error?
-No. Fue algo que no debería ser posible.
Y entonces se fue, dejando a Nadia con más preguntas que respuestas.
Cuando el sol desapareció tras las copas de los árboles, Darian llegó a buscarla. Su hermano mayor era la única persona en el mundo que la miraba sin ver a una omega.
-Te vi desde lejos -dijo, entrando a la cabaña-. Sanaste a un cazador con mordedura de ciervo.
-No debería haber sido posible.
-Yo tampoco lo creía -confesó Darian-. Pero aquí estás, demostrando que las reglas no siempre son ciertas.
-¿Sabes algo que yo no sé? -Nadia lo miró directamente a los ojos.
Darian sostuvo su mirada, pero fue él quien desvió la mirada primero.
-Solo sé que eres más fuerte de lo que crees. Eso siempre lo supe.
La respuesta no la satisfizo. Darian llevaba años diciéndole cosas así, frases que siempre terminaban en nada.
-¿Qué significa esa marca? -preguntó, señalando su clavícula.
Darian se tensó. Era una reacción apenas visible, pero Nadia lo conocía demasiado bien.
-¿Qué marca?
-La media luna. La que llevo desde que nací. Siempre ha estado ahí, pero hoy parecía más clara.
Darian se levantó. Su movimiento fue brusco.
-No es nada -dijo-. Es solo un lunar. Muchos lobos tienen marcas de nacimiento.
-Darian.
-Nadia -repitió él, con severidad-. No es nada. No le des importancia.
Ella sabía que mentía. Pero no presionó. Darian era lo único estable que tenía en Umbra.
-Esta noche hay preparativos para el Ritual de la Luna -cambió de tema Darian-. Los alfas quieren que todos los adultos participen.
-¿Todos? Los omegas nunca participamos.
-Esta vez sí. Es un ritual importante.
Nadia pensó en los rituales lunares. Ceremonias antiguas donde los vínculos predestinados podían revelarse. Nunca había participado.
-Vas a ir -dijo Darian-. Y vas a hacer lo que te digan. ¿Entendido?
Nadia asintió, confundida pero obediente.
Después de que Darian se fue, Nadia se quedó a solas. La luna llena comenzaba a elevarse entre las ramas de los árboles. Se desvistió lentamente y se acercó al espejo de metal pulido. Su reflejo era el de siempre: cabello oscuro, ojos grisáceos, piel pálida. Una omega normal.
Pero la marca había cambiado. La media luna tenía un brillo plateado que palpitaba con cada latido de su corazón. Debajo, apenas visible, una segunda forma.
-¿Qué eres? -se preguntó en voz baja.
La luna no respondió.
En la colina más alta, en la fortaleza de piedra oscura, un Alfa sintió un dolor agudo en el pecho. Kaelan Bloodfang se despertó de golpe, jadeando. Sus manos temblaban, y sus ojos se habían teñido de un dorado intenso. La transformación lo había alcanzado mientras dormía.
-Maldición -murmuró, levantándose.
Sintió el impulso de rugir, de liberar la bestia. Pero se dominó. Era el Alfa de Umbra. No podía permitirse debilidades.
El ritual se aproximaba. Y algo en su interior le decía que lo cambiaría todo.