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Dejé Que El Mejor Amigo De Mi Padre Me Probara

Dejé Que El Mejor Amigo De Mi Padre Me Probara

5.0
11 Capítulo
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Harlow Vance ha pasado veinticuatro años sintiéndose invisible. Su hermano menor es el orgullo de la familia, aquel de quien su padre presume constantemente, el que parece no poder hacer nada mal. Desesperada por sentir algo, por sentirse deseada, decide perder la virginidad. No con un chico de su edad que no sabrá qué hacer y que la olvidará a la mañana siguiente, sino con un hombre. Un dominante con el que lleva semanas chateando por internet, alguien que la llama caprichosa y consigue acelerar su pulso con cada mensaje. Acepta encontrarse con él en Radiant, un exclusivo club BDSM de Pittsburgh. Utiliza un nombre falso. Solo planea pasar una noche allí, nada más. Pero cuando la puerta se abre, el hombre que la mira desde arriba no es ningún desconocido. Es Kael Hawthorne. El mejor amigo de su padre. El socio comercial de su padre. El hombre por el que ha estado suspirando en secreto desde que tuvo edad suficiente para darse cuenta de que su mirada se detenía en ella un poco más de lo debido. Kael debería rechazarla. Debería llamar a Julian y decirle que su hija está en un lugar al que no pertenece. En cambio, la hace entrar en la habitación y cierra la puerta. Pero los secretos siempre encuentran la manera de salir a la luz. Y cuando Julian entra en Radiant y encuentra a su hija de rodillas ante su mejor amigo, todo lo que Harlow ha construido con Kael amenaza con hacerse añicos. ¿Qué crees que sucederá? ¡Lee para descubrirlo!

Contenido

Dejé Que El Mejor Amigo De Mi Padre Me Probara Capítulo 1 Perdí mi virginidad con el hombre equivocado.

Punto de vista de Harlow

El olor a vainilla y cuero me golpeó la nariz en cuanto crucé las puertas de cristal negro de Ember. El club BDSM más exclusivo de Pittsburgh vibraba a mi alrededor, todo terciopelo rojo, luz tenue y cuerpos pegados de maneras que me hicieron arder las mejillas. Mujeres semidesnudas se enroscaban en barras plateadas al fondo. Una pareja en un sofá de ante negro se comía a besos como si se acabara el mundo.

Me bajé la falda y seguí caminando.

No venían muchas novatas como yo. Salvo mi mejor amiga Sage, que probablemente ya estaba arriba con su profesor. Pero yo solo había venido por una cosa esta noche.

Para perder la virginidad.

-¿Puedo ayudarte? -Un camarero de ojos color miel apareció a mi lado-. Pareces perdida.

Se me encendió la cara. -Soy nueva aquí.

Se rio. -Ya lo veo. ¿Buscas algo en particular?

-Al dueño.

Abrió los ojos de par en par. -¿Al dueño?

-Sí. -Recorrí la multitud con la mirada, con el corazón desbocado-. Tengo un acuerdo con él esta noche.

-¿Es usted la señorita Raquelle Chambers?

-Sí.

No. Ese era solo el nombre falso que llevaba semanas usando con el hombre al otro lado de aquellos mensajes. El que me llamaba malcriada y me hacía apretar los muslos a las tres de la mañana. No le había dicho mi nombre real. Él no lo había preguntado. Esto era cosa de una sola vez.

Perder la virginidad. Darle las gracias por su tiempo. Largarme de allí.

-Por aquí. -El camarero dejó su bandeja y me guio más allá de la barra, más allá de las zonas VIP, donde hombres de traje me miraban con ojos hambrientos. Volví a bajarme la falda. Subimos unas escaleras, pasamos por habitaciones privadas con números dorados, hasta que nos detuvimos frente a una gran puerta negra con el número cuatro en el centro.

El camarero llamó dos veces.

-Adelante -dijo una voz desde dentro.

Me dedicó una pequeña sonrisa y me dio la llave, y luego desapareció por el pasillo. Me mordisqueé la mejilla por dentro y me acerqué a la puerta. Un grupo de mujeres con lencería de encaje salió tambaleándose de la habitación de al lado, entre risitas.

-Vamos, Harlow -susurré-. Una noche.

Metí la llave en la cerradura.

La puerta se abrió antes de que pudiera girarla.

Kael Hawthorne me miraba desde arriba con los ojos muy abiertos. Kael Hawthorne era muchas cosas. El dueño del club BDSM más popular de la ciudad. El hombre de cincuenta y seis años más sexy que había visto jamás. Un playboy dominante que hacía suplicar a las mujeres. Y lo peor de todo: el mejor amigo de mi padre.

Esta noche se suponía que iba a perder la virginidad con él.

-Harlow. -Su voz era grave, áspera. Su mirada bajó por mi cuerpo. De mis labios a mi pecho, a mis caderas. Se quedó ahí un momento de más y luego arrastró los ojos de vuelta a mi cara-. ¿Qué haces aquí?

-¿Tú eres el dueño? -El corazón me latía tan fuerte que pensé que podría oírlo.

-Uno de ellos. -Miró hacia el pasillo. Las mujeres de antes lo saludaron con la mano. Fulminé con la mirada sus espaldas, que se alejaban, con los celos ardiéndome en el pecho como una niña tonta.

Volvió a mirarme. -No has respondido a mi pregunta.

Era el momento. Había que confesar. Decirle que yo era la que había estado hablando con él por internet. La que había mantenido esa fachada de malcriada durante tres semanas. La que había mentido diciendo que sabía algo de BDSM.

-Nada -dije en cambio.

La confusión le cruzó el rostro. Luego sus ojos se oscurecieron. -No me digas que eres la mujer con la que he estado hablando en línea.

Apreté los labios y cambié el peso de un pie a otro.

Dio un paso hacia mí. Rodeó mi garganta por delante con una de sus enormes manos. No apretaba, solo estaba ahí. Una advertencia. -Me vas a responder, Harlow.

-¿Y si no lo hago?

No sabía en qué me estaba metiendo. Pero había venido por una razón. No iba a retroceder. Mis amigas siempre hablaban de lo bien que se sentía. Mi vibrador ya no me bastaba.

Kael soltó una risa oscura y negó con la cabeza. -Joder. Me voy a meter en un lío enorme por tu culpa.

En lugar de apartarme, me metió en la habitación, cerró la puerta y pegó mi pecho contra ella. Inhalé bruscamente. Su cuerpo se apretó contra mi espalda. La hebilla de su cinturón se me clavó en la parte baja de la columna.

-No deberías estar en un club como este -dijo.

-Tú no deberías mirarme cada vez que puedes.

Se tensó a mi espalda. Sus dedos tamborilearon sobre mi garganta.

Era verdad. Las últimas semanas lo había pillado mirándome durante las cenas con mi padre. Y no eran miradas inocentes. Era el tipo de mirada que decía que sabía exactamente lo que quería hacerme.

-Tu padre nunca puede enterarse -gruñó junto a mi oído.

Se me cortó la respiración. -¿Qué pasa si se lo cuento?

En lugar de responder, me separó de la puerta y me lanzó sobre la enorme cama negra en el centro de la habitación. Caí de espaldas, con los pezones marcándose duros contra el sujetador de encaje. Avanzó hacia mí, quitándose el cinturón.

-Quítate la ropa.

Apreté los muslos. Era el momento. Esta noche perdería la virginidad con el mejor amigo de mi padre.

-Quítatela -dijo, con la voz más dura-. Ya.

---

**Kael**

La vi apresurarse a obedecer.

Harlow se quitó la blusa, se deslizó fuera de la falda, hasta quedarse sentada solo con un conjunto de lencería diminuto. Sus curvas desbordaban el encaje. Su piel clara parecía casi translúcida bajo la luz tenue. Las pecas se esparcían por su pecho como si alguien las hubiera pintado ahí a propósito.

La había deseado durante años.

Cada fiesta de Navidad. Cada cena familiar. Cada vez que entraba en una habitación con algo puesto que me hacía la boca agua. Había mirado. Había imaginado. Me había follado a otras mujeres fingiendo que eran ella.

Y ahora estaba aquí. En mi club. En mi cama. Mirándome con esos ojos grandes que decían que no tenía ni idea de en qué se había metido.

Dejé caer la camisa de mis hombros. Luego los pantalones. Los calzoncillos. Mi polla dura colgaba entre mis piernas, y vi cómo ella abría los ojos de par en par. Bien. Debía estar nerviosa. Debía estar aterrada.

Porque no pensaba dejarla marchar.

-No tienes ni idea de lo que has hecho -dije, subiéndome a la cama y empujándola contra el colchón-. Venir aquí. Mentirme. Fingir ser alguien que no eres.

Abrió la boca para hablar. Le metí dos dedos entre los labios.

-Cállate. -Los empujé más hondo, viendo cómo la saliva le resbalaba por la barbilla-. Quisiste jugar conmigo. Bien. Jugaremos.

Ya estaba mojada. Podía olerlo. Podía sentirlo a través de la tanga fina. Saqué los dedos de su boca y los metí entre sus piernas, frotándola sobre el encaje.

Ella gimoteó.

-Vas a arrepentirte de cada mensaje de malcriada que me enviaste -dije, apartando su ropa interior a un lado y hundiendo un dedo dentro de ella. Estaba apretada. Muy apretada-. Para cuando termine contigo, estarás suplicándome que pare. Y no lo haré.

-Yo no suplico -jadeó.

Metí otro dedo. -Ya veremos.

Sus piernas se abrieron más. Sus caderas se alzaron de la cama. Ya estaba cerca, ya temblaba, ya se deshacía sobre mis dedos. Virgen. Lo noté en cómo su cuerpo se cerraba a mi alrededor, incierto y desesperado a la vez.

Todavía no lo sabía. Pero lo sabría.

Y cuando lo supiera, todo cambiaría.

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