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Historia

Capítulo 4 cuatro

Palabras:2742    |    Actualizado en: 15/10/2026

de aquella última escena desa

able, y la convertí en mi excusa para todo. Si no p

as interminables. Los decoradores llamaban a horas intempestivas para consultarme sobre colores y flores. Los organizad

staba. No. Solo quería recordarme lo que Carmela dese

taladraba el cráneo mientras avanzaba a duras penas hacia el lugar de la fiesta. Las piernas me pesaban como si cargara sacos de arena y tenía el pecho

de Calhoun. Cuando todo termine, me

cadas doradas y la música flotaba suavemente por el salón

estado aguardando el momen

omo si se lo hubieran vertido directamente sobre el cuerpo. El corpiño estaba bordado con cristales q

illa en alto y esa arrogancia tan ensayada. No se limitó a entrar: desfiló, contoneándose, mientras

dos no tardaron en rodea

nte -susurró alg

haber costado decenas de m

esto... Se suponía que iba a ser una simple fiesta de

alhoun no permitía que ningún chico la mirara dos veces. Le dio una

ar. Calhoun llenaba a Carmela de cosas que d

suspiró alguien-. Y

e me clavaba c

Sujetaba una copa de champán con tanta fuerza que temí que el crista

hacerlo

tranquilidad que m

en el aire. Recorrió el salón con sus ojos afilados hasta encontrars

romesa de

ontrado a

erpo se tensaba un poco más. Respiraba de forma entrecortada. Quería moverme, esca

lo

a dulzura fingida. Los labios se le curvaron, no

retenidos. Pero ¿yo? -Inclinó la cabeza y uno de sus pendientes

Su perfume resu

vistas de una forma tan sencilla? Sobre todo esos zapatos. Baratos, sin brillo. Indignos de una ocasión como esta. Así que harás lo siguiente

do se

ue se

ejano, ahogado por los latidos que me retumbaban en los oídos. D

m

as. La vergüenza me reptaba bajo la piel. Me ardía el pecho mient

es. Cuando hablé, mi voz sonó serena,

poco. -Cerré con más fuerza los dedos alrededor de la copa-. Pero, si esos zapatos le hacen mucho

ue siguió fue

iones, como si fuera incapaz de asimilar lo que acababa de oír. Era como si el mundo se

ios. Por un instante pareció una niña mim

usión d

e segundos, la furia encendió su hermoso rostro. Inspir

e no? -gruñó, rompiend

llas, pero me obligué a no encogerme. Aferrada aún a la copa de champán,

agacharme. Ya le expliqué que todavía me es

ción no podía ser más profunda, e

se abrieron

entró en

. Recorrió la sala con la mirada y entrecerró los ojos en cuanto percibió la tensión. Le b

jo el sol. Para mi sorpresa, sus ojos se llenaron de lágrima

la se tambaleó hacia Calhoun y cayó entre sus br

pecho. Los diamantes centelleaban mientras todo su cuerpo temblaba- fue que me ayudara a ajustar la correa del zapato para no tropezar y avergonzarte delante de todos est

l corazón se me hundió ha

era pura, asesina, y casi me congeló la sangre. Rodeó a Ca

No debería sufrir la menor tensión. ¿Qué tiene de difícil ayudarla con una correa? ¿Qué? -Apretó la mandíbula. La furia impregnaba cada sílaba-. Mientras

palabras hizo pedazos el p

s murmullos comenzaron

é derecho tiene a recha

da ahí plantada como si pe

obligar a Carmela a

do de Carmela. ¿Y

un esté furioso. ¡Imaginen que alg

sgarraba la poca fuerza a la que todavía me aferraba. Me ardía el pecho.

ridad de los brazos de Calhoun. Una sonrisa

uería

ía pla

aba g

salón y acalló hasta el último susurr

ner que repet

olpe def

gritaba de vergüenza y derrota. Los labios

, a

ejaron un sabor a

intura ardió en protesta y lanzó ol

la pequeña hebilla de la correa del tacón de Carmela. Inte

in

me recorrieron las meji

dí la

el dolor m

it

ontra el piso. Una oleada de jadeos recorrió el salón. Mi alarido rebotó co

ma, apretando contra el pecho lo

arma cruzó el ro

a volvió a desplomarse entre sus brazos. Sus lágrimas falsas brotaro

tención... De verdad, fue un accidente. Se me resbaló el tacón. Si Elodie se

s me robaro

r retorcía cada nervio y un frío profundo se apoderaba de mi cuerpo,

oun no me

eció el rostro y acarici

ido un error. Estoy seguro

bras me vacia

pensar. Algo en mi interio

una persona cu

había hecho. Las lágrimas me nublaron la vista. Desde el refugio de su p

mbaleándo

deslicé por los azulejos fríos, me apreté e

no vibró

ensaje d

s? Ven aquí

e responderle: «Me fui

s fuerza que el cuello de la camisa. ¿Y si

atascado en el pech

orrió la espalda. La multitud se abrió y dejó a Carmela a la vista. Estaba all

ló con

ó-. ¡Me lo dio mi abuela antes de morir!

ión me de

mis venas. Cuando hablé, lo hice con cautela

o tom

te agachaste para atarme las correas!

La humillación y la rabia chocaron en mi interior, pero,

sonó

aberse caído. Ordenaré a l

bruscamente hacia él. T

a registras, ¡se acabó lo nuestro! ¡La estás poniendo a ella

tó la res

ujetó del brazo y la atrajo con suavidad. Su mirada pasó por encima

a la seño

inclinó ba

Qu

ome, pero tres guardias se acercaron. Sus enormes manos me

-. Alfa Calhoun, se lo juro... ¡No tomé

agudos por el dolor, cuando me t

rtó la

a era capa

ambio, sonreí

. Unos dedos ásperos me manosearon, rebuscaron y tira

ra el pecho la tela rasgada mientras el sostén

nada -murmuró un

ó los labios

en la ropa interi

e me heló e

avanzó hacia mi cintura, dispue

esonó por todo el salón. El p

orden terminara de imponers

enc

se vol

to a una mesa, sosteniendo

esta mesa! ¡A varia

maciones ahogadas. Mis sol

me soltaron y

se suavizó enseguida y corrió hacia Calho

etí un error. Elodie... no se

nté la

mi vestido rasgado. Los hombros se me

mela y comenzó a conducirla hacia la salid

a humillación no va a arru

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