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Historia
Clarita: La niña que esperó en el puente

Clarita: La niña que esperó en el puente

Autor: Mara Mort
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Capítulo 1 DEL TÉRMINO "COSA"(1)

Palabras:1178    |    Actualizado en: 18/09/2021

as veces escondida en un pilar. A través de la espesa niebla que flotaba sobre el río, intentaba distinguir su silueta en el valle verde y empedrado. Me preguntaba si vendría. Aún ahora,

to y constante como la vida misma. Y en la orilla, mi reflejo. El reflejo de una niña de 12 años que mira vívidamente el agua y remueve renacuajo

se a los renacuajos y se agachó en la

cuando se conviertan en ranas seg

ninguna se parece tanto a un renacuajo como usted, Clarita -dij

un brinco demencial y burlón se plantó muy cerca de noso

n. Si acaso había visto en mi vida a dos personas similares a mí, con la piel, los ojos y el cabello de distintas tonalidades doradas. Mi cabello, el más oscuro, la piel de un dorado claro y los ojos brillantes de co

lavándole una mirada a Dennis y balanceando la cabeza de un

e su... "cosa" por encima del pantalón-. ¡Venga y dígame si esto le parece asqueroso! -insistió, pavone

ijo de perra! -

selas! -vociferó Alex, corrien

dar de esto, m

arroyo. Nuestras sandalias desgastadas se llenaron de tierra y barro mientras corríamos agitadas y despavoridas. Los vestidos remendados pasaron a toda velocidad entre las matas de naranja y limón, los cabellos de alam

iños de mi aldea. Yo era una niña absolutamente tímida e insegura y los niños sabían muy bien cómo aprovecharse de ello. Casi siempre andaban haciendo insinuaciones y atemorizando a las niñas con eso que ten

algún tipo de convención liderada por un grupo de mujeres altamente recatadas y juiciosas, derivando en el término "cosa", término eufemístico con el cual podíamos referirnos al pene sin ningún tipo de vergüenza o c

as costumbres y la moral. El sermón dominical debía tener la fuerza suficiente para durar toda la semana, y evitar que los habitantes de la aldea cayeran en la tentación de atentar contra la palabra de Dios. Sí, todos salían puros de la iglesia, pero después, durante la semana –y me atrevo a decir que ese mismo día– se volvían a transformar en los seres terribles y salvajes que siempre ha

ería a escribirlo. Por ejemplo, mis primos, quienes después del colegio, cuando los papás trabajaban en el campo o las madres contaban historias vergonzosas sobre los tíos o sobrinos; se encerraban en una habitación mientras otros cuidaban la puerta y sucedían, quien sabe qué cosas allí. A veces, me sentía atraída por aquel mund

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