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Cuando se cierra el directo
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Capítulo 1 : Tras Cuarenta y ocho horas
Palabras:1345    |    Actualizado en:30/04/2022

¡Al fin! Solo faltaban cinco minutos para las diez de la noche, y Alicia no podía estar más feliz. No importaba lo mucho que amara hacer streamings, daba igual lo mucho que apreciara a la gente de su chat, cuarenta y ocho horas continuas habían logrado reventar su espíritu. Los ojos le ardían, la cabeza le daba vueltas, sus hombros estaban entumecidos y al menos las últimas tres horas había fingido su sonrisa mientras erraba todos los disparos en Valorant. Ella solo podía pensar en una cosa a esas alturas «Quiero acabar el directo y echarme a dormir un mes».

La alarma sonó, finalmente había completado aquel reto tan complicado, y tras una breve celebración donde agradeció de todo corazón a sus seguidores por el cariño que le habían demostrado, cerró la transmisión más larga que había hecho en los tres años que llevaba siendo streamer de videojuegos.

Se levantó con dificultad de su silla rosada, que por ergonómica que fuese no logró evitarle el dolor de espalda que resultó de estar tantas horas tras la PC. Tomó el celular de su escritorio y se encaminó hacia la cocina mientras redactaba un rápido tweet «¡Gracias por un directo maravilloso! Ya voy a descansar ¡Nos vemos mañana hermosos!». Una vez enviado, guardó el móvil en el bolsillo de su suéter y tomó un sandwich a medio comer que había guardado en el microondas. Lo terminó de cuatro mordidas y antes de darse cuenta ya estaba de vuelta en su habitación, echada en la cama. Intentó poner una serie en Netflix para entretenerse, pero su consciencia no dio más de sí. A penas tuvo tiempo de cubrirse con la cobija y ver los primeros dos minutos del capítulo antes quedar totalmente dormida.

Alicia no era especialmente supersticiosa, y aunque si reaccionaba con fuerza a los screamers y otros sonidos fuertes, los fantasmas y apariciones no eran algo que la perturbaran. Por eso cuando esa noche soñó, de forma difusa, que una sombra espectral rondaba en la habitación, no se asustó. A penas espabiló por un instante y echó una rápida ojeada a la habitación antes de darle la vuelta a su almohada para seguir durmiendo. El sueño se repitió una vez más, con la sombra acercándose a ella y acariciándole la frente de forma cariñosa, pero ella ni se inmutó ante aquel tonto sueño.

Lo que en cambio sí logró despertarla, pasadas las horas, fue la insistente vibración de su teléfono recibiendo mensajes. La mañana apenas había llegado; una luz pálida y tenue se filtraba con dificultad a través de la gruesa cortina y sus gatos jugueteaban por la habitación. Ella estiró su mano, frustrada, y rebuscó en su bolsillo hasta encontrar el móvil. No importaba que tanto quisiera ignorarlo para seguir durmiendo, podían ser cuestiones de trabajo. Tenía que afrontar la vida adulta como buenamente pudiese.

El brillo de la pantalla la encandiló los primeros segundos, aunque poco a poco sus ojos se adaptaron. En su mayoría todo era mensajes de felicitaciones por haber alcanzado el millón de seguidores y haber terminado su stream extensible, pero entre aquel festival de emojis, corazones y confeti se escondían los mensajes de una marca con la que estaba trabajando y un podcast que iba a entrevistarla.

Rápidamente entró en su agenda; esa simple aplicación que la ayudaba a organizarse. Solo tenía dos compromisos para ese día «pero vaya compromisos» se dijo con desdén al ver que la próxima reunión era en poco menos de dos horas. El suspiró que dejo salir, con los hombros caídos, fue muy prolongado.

—Qué mala idea hacer un especial tan largo —susurró mientras se estiraba y contorsionaba en la cama.

«Aunque me siento más fresca de lo que pensé. La verdad me sorprende lo bien que dormí… ¿soñé algo anoche? Si, que sueñito más raro» pensó mientras se colocaba en la orilla de la cama.

Su habitación no era especialmente grande, pero si lo suficiente. Su cama matrimonial estaba ubicada al fondo de la habitación, con los pies apuntando hacia su closet y con la ventana al lado izquierdo. Junto a la ventana se encontraba una estantería ancha con varias figurillas colocadas con meticulosidad, y tres metros adelante estaba su escritorio con la PC, las dos pantallas y su cámara.

Se le hizo difícil levantarse, pues hacía mucho frío y la cobija era tan cálida que era como tener un ancla sujetándola al borde del colchón, quitándole la fuerza para ponerse de pie. Lo único que hacía desde ahí era ver hacia su dormitorio, analizándolo entre dormida y despierta. El piso de madera clara combinaba con el color de las paredes, todas violeta salvó la que tenía a sus espaldas, que conservaba desde su infancia un estampado de flores y mariposas rosadas.

Mientras tanto sus dos gatitos, Nora y Kiryl, andaban en lo suyo, y a veces se paseaban entre sus piernas antes de desaparecer bajo la cama o montarse en el escritorio blanco donde tenía su ordenador.

De pronto, como si le hubiesen clavado una aguja en la espalda, se levantó de un salto y se quitó toda la ropa, tirándola torpemente en los alrededores de un cesto junto al closet. Toda su piel era blanca y aterciopelada. Su estatura apenas superaba el metro sesenta y su cuerpo, un punto medio que durante años había oscilado entre ser a penas delgada y ser un poco voluptuosa.

Caminó hacia su baño y se dio una ducha rápida. Luego se maquilló con cuidado, delineando sus ojos verdes, sus cejas curvadas y pintando sus labios de un rojo intenso que combinaba con su cabellera castaña rojiza. Luego se sentó frente al espejo para peinar su cabello ondulado y se hizo un flequillo de lado como de costumbre.

A penas había salido del baño y aun no se había puesto ni la ropa interior cuando alguien tocó a la puerta tres veces. Fueron golpes fuertes y firmes, sin miramientos por si aún dormía o no.

—Me voy al trabajo —habló una mujer tras la puerta.

—Bien, adiós mamá, cuídate, que te vaya bien hoy.

Silencio fue la única respuesta que recibió y luego una puerta que se azotaba en la distancia. Aquella joven de veintiséis años, de pie en su habitación, hizo un leve sonido con sus labios y dientes, difícil de describir, pero que toda persona que ha estado triste o decepcionada ha hecho alguna vez.

—Seguirá molesta… —su mente empezó a divagar, recordando con amargura lo que había sucedido algunos días atrás, pero el ronroneo de Nora la hizo volver a la realidad con una sonrisa.

Comenzó a vestirse, y a diferencia de otros días, no se demoró demasiado. Una blusa blanca con un escote en V, una chaqueta de cuero beige, unos pantalones negros ceñidos y unas zapatillas del mismo color que la blusa.

Salió de su habitación, y cruzó rápidamente aquel apartamento de dos habitaciones hasta llegar a la cocina. En el fregadero había un plato sucio y algunos trastes; rebuscó por si había algo extra, pero quien cocino no había pensado en ella. Un pensamiento fugaz pasó entonces por su cabeza «tal vez hacerme el desayuno», y sin embargo, tan pronto como surgió la idea, ella misma la descartó.

—Voy muy justita de tiempo y ya debería llamar al Uber… luego veré que puedo desayunar —se contestó en voz baja mientras tomaba sus llaves, una pequeña mochila negra y salía del apartamento.

Vivía en un tercer piso de Barcelona, España. En un complejo de apartamentos en la avenida Mare de Déu de Bellvitge. El pasillo del edificio daba vista a la calle y más importante aún, al cielo. Las nubes gris oscuro comenzaban a arremolinarse, mientras una brisa fría le rasguñaba la nariz.

—Justo hoy tenía que estar haciendo frío, ni coña el domingo ¿verdad? —refunfuñó mientras le pasaba llave a la puerta. Luego se recostó de la varadilla y espero, y espero, y espero, pero pasaron quince minutos y el Uber aún no había llegado—. Esto no me está gustando.

—¿Qué cosa no te gusta? ––respondió repentinamente alguien a sus espaldas.

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