odado en el sofá del salón con una manta sobre las piernas y una película puesta en la televisión que no estaba viend
r
rían encontrarse en el pueblo. Así que hizo lo que llevaba toda la noche resistiéndose a hacer: cogió el teléfono y empezó a buscarlo e
día, se llamaban, se prometían que la distancia no podría con ellos. Pero la distancia es paciente, y va desgastando las cosas poco a poco, sin que una se dé cuenta. Las llamadas se espaciaron. Los mensajes se v
a: por su amabilidad, por su forma de tratar a la gente, por no mirar a nadie por encima del hombro. Los p
e adolescentes, el de la botella: la hacías girar y, según a quién señalara, tenías que responder con la verdad, cumplir un reto o dar un beso. Tenían quince años. Cuando la botella
osquillas en el estómago, y volvió a sonrojarse, sola, con
pueblo, a ver si alguien lo tenía agregado y así podía saber más. Pero no encontró a nadie. Ninguno de sus conocidos parecía tener a Erik en sus redes. Era extraño. Un
a televisión, dobló la manta y subió las escaleras
eble. Una llamada. Se giró deprisa para cogerlo, pero cuando llegó, la llamada ya se había cortado. Miró
r
, un mensaje r
princesa. Espero
taba haciendo y bajar la guardia. ¿Cuánto tiempo hacía que nadie le daba las buenas noches? Jack no lo hacía. Jack se metía en la cama, le daba la espalda y se dormía. En dos años de matr
o, y siguió con el teléfono entre las manos, releyendo el mensaje una y otra vez. Pensó en contestar. Borró
os cuando eran unos críos y creían que el futuro les pertenecía. Se preguntaba cómo habría cambiado Erik físicamente, si seguiría teniendo esa sonrisa, si lo reconocería al verlo. Se pregun
beza llena de Erik. A su lado, Jack dormía profundamente, sin enterarse de nada
jor amiga. Necesitaba contárselo a alguien o iba a estallar. Tecleó
ik.
si así pudiera obligarse a dormir. Pero por dentro sonreía. Y por dentro, también, tenía un poco de miedo

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