De pronto le sonó el teléfono. Un mensaje.
"Espero verte estas fiestas, ¿estarás por el pueblo?"
Nancy frunció el ceño. El número no lo tenía guardado. Lo miró un momento, esperando que apareciera un nombre, una foto, algo que le dijera de quién se trataba. Pero no había nada. Solo una cadena de dígitos desconocidos y aquella frase, escrita con una confianza que no encajaba con un número que ella no reconocía.
Se habrán confundido, pensó. Pasaba a menudo: alguien teclea un número mal y le escribe a un extraño dándole los buenos días o invitándolo a una boda. Bloqueó la pantalla sin contestar y volvió a dejar el teléfono sobre el cojín, a su lado. Aquello no iba con ella.
Un olor muy agradable le llegó entonces desde la cocina, y la sacó de su modorra. Algo dulce, cálido, que se colaba por el pasillo y le hacía cosquillas en la memoria. Se levantó del sofá, se estiró el jersey y fue a ver qué le había preparado la asistenta. Según se acercaba, fue reconociéndolo poco a poco, y se le dibujó una sonrisa: bizcocho de manzana. El mismo que le hacía su abuela cuando era niña.
Qué buen olor se ha quedado en la casa dijo Nancy al entrar por la puerta de la cocina.
Holly, la asistenta, estaba sacando el molde del horno con dos paños en las manos. Al oírla, se giró, un poco azorada, como si la hubieran pillado en mitad de algo.
Señora Martín, ahora lo recojo todo, no se moleste dijo, dejando el bizcocho sobre la encimera y apresurándose a limpiar la harina que había quedado esparcida.
Pero Nancy ya se había arremangado y había empezado a recoger los cacharros ella misma. No le gustaba quedarse de brazos cruzados mientras otra persona trabajaba para ella. Nunca le había gustado. Era una chica ordenada y colaboradora, y por mucho que viviera en aquella mansión enorme con suelos de mármol y muebles que costaban más que el coche de sus padres, seguía sintiéndose incómoda cuando alguien la trataba como a una señora. Así que hizo oídos sordos a la protesta de Holly y siguió recogiendo, codo con codo con ella.
De verdad, señora, no hace falta insistió Holly, pero Nancy negó con la cabeza, sonriendo, y la asistenta no tuvo más remedio que dejarla.
Trabajaron un rato juntas, en un silencio cómodo, hasta que Holly miró el reloj de la pared y se puso seria.
Señora Martín, su marido está al llegar. Vaya a ponerse cómoda hasta que él vuelva. Esto lo termino yo.
Nancy levantó la vista hacia el reloj. Las ocho menos cinco de la tarde. Jack estaba a punto de regresar del trabajo. Sintió, como cada día a esa hora, una pequeña tensión instalándose en la boca del estómago: esa mezcla de obligación y costumbre que sustituía, en su matrimonio, a lo que debería haber sido la ilusión de ver llegar a su marido. Se secó las manos en un paño, asintió, y se retiró de la cocina.
Fue al salón, encendió la cadena de música y dejó sonar algo suave de fondo, más para llenar el silencio de la casa que por ganas de escucharlo. Y entonces, justo cuando se acomodaba de nuevo en el sofá, volvió a sonarle el móvil.
Otro mensaje. Del mismo número.
"Rubia, ¿estás bien? ¿O ya me has olvidado?"
Nancy se quedó mirando la pantalla. Rubia. El corazón le dio un vuelco extraño, sin saber por qué. Aquella palabra, aquel tono... había algo en la familiaridad del mensaje que la inquietaba y la atraía a partes iguales. Ya no parecía un número equivocado. Quienquiera que fuese, sabía algo de ella. Sabía que era rubia. Daba por hecho que se conocían.
Tecleó, dudó, borró. Volvió a teclear. ¿Quién eres?, escribió. Pero antes de darle a enviar, oyó el ruido de la llave en la cerradura de la entrada.
Jack.
Nancy bloqueó el teléfono a toda velocidad, como si la hubieran sorprendido haciendo algo malo, y lo dejó boca abajo sobre la mesita. Se levantó y fue a recibir a su marido con la sonrisa puesta, esa sonrisa que tan bien se le daba ya después de dos años de práctica.
Jack entró quitándose el abrigo, con el gesto cansado y la corbata aflojada. Tenía ojeras y la mandíbula tensa, como cada noche.
Hola, cariño dijo Nancy . ¿Qué tal el día?
Agotador respondió él, sin apenas mirarla, dejando el maletín junto a la entrada . Holly llamó hacia la cocina , prepárame la bañera, por favor. Con agua bien caliente, sales, y pon algo de música clásica. Necesito relajarme.
Holly apareció enseguida, asintió y subió las escaleras a cumplir el encargo. Jack se dejó caer en el sofá un momento, cerró los ojos y se masajeó las sienes. Nancy lo observó desde la puerta del salón, preguntándose, como tantas otras veces, qué pasaba de verdad por la cabeza de aquel hombre con el que compartía cama y apellido y, sin embargo, no compartía nada.
Jack era un hombre de negocios. Vivía para el trabajo: si no estaba de viaje, se pasaba el día encerrado en la oficina de casa, entre llamadas y pantallas. Todo lo que tenían lo había heredado de su familia los Martín eran de las más ricas de la ciudad , pero a él le molestaba profundamente que se lo recordaran. Quería trabajar para, algún día, mirar atrás y poder decir que todo aquello lo había levantado él, con sus propias manos. Como si la fortuna heredada le quemara y necesitara justificarla.
Mientras Jack subía a darse su baño, y la casa volvía a quedarse en silencio, Nancy regresó al sofá y cogió el teléfono. El número desconocido seguía ahí, esperando. Respiró hondo y, esta vez sí, contestó:
"Perdona... no sé quién eres, creo que te has equivocado."
No habían pasado ni dos minutos cuando la pantalla volvió a iluminarse. La respuesta fue inmediata, como si el otro hubiera estado esperando con el dedo sobre el teclado:
"No puedo creer que me hayas olvidado tan fácil, Nancy. Te doy una pista, a ver si te acuerdas de mí: noches contando estrellas bajo la luz de la luna."
Nancy se quedó sin aliento.
El teléfono casi se le resbala de las manos. Leyó la frase una vez, dos, tres. Noches contando estrellas bajo la luz de la luna. No hacía falta más. No hacía falta ni el nombre. Aquellas palabras eran una llave que abría de golpe una puerta que ella creía cerrada para siempre, y por esa puerta entraron a la vez, atropellándose, todos los recuerdos: las noches de verano tumbados en la colina, las risas, las promesas de adolescentes que se juran amor eterno sin saber lo que dicen, la sensación de que el mundo entero cabía en una sola mirada.
Empezó a sonrojarse, sola, en mitad del salón vacío, con la música sonando de fondo y su marido en la bañera del piso de arriba.
Solo había una persona en el mundo que pudiera haberle escrito eso. Una sola.
Y era el chico que había sido su primer amor.